X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 53
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CAPÍTULO 53

S arah se acercó a Tan y, aproximando su mano hacia el libro, le dijo:

—¿Me dejas, amor? No sé por qué estás armando todo este desastre, pero supongo que será por algo bueno.

—¿Cómo? Ah, sí. Claro —respondió Tan, todavía absorto por la nota.

—No sé si este libro será de esos…

—¿A qué te refieres?

—Recuerdo que cuando era pequeña solía visitar a menudo la casa de mis abuelos, donde había una biblioteca enorme que cubría las paredes de toda una habitación —decía mientras acariciaba los bordes dorados de las páginas de la biblia sin borrar las huellas de la cubierta—.

Pero, en un rincón cerca del techo, donde no podía llegar por ser todavía una niña en aquel momento, había una colección de libros antiguos que tendrían un valor incalculable.

Probablemente alguno de ellos tendría más de doscientos años —avanzó Sarah .

—Y ¿qué pasaría si fuera de ese tipo de libros? ¿Podría costar mucho dinero? —preguntó Tan interesado.

—No me refiero a eso. A ver —Sarah ojeó entre las primeras páginas—. Este no es tan antiguo, apenas tiene unos pocos años, pero podría haberse usado la misma técnica en su edición.

—¿Qué técnica?

—Si te fijas en estos bordes dorados —seguía acariciándolos—, parecen un adorno caro, pero desde el siglo XVII se utilizaba a veces por mera decoración, a veces para ocultar imágenes.

Aunque, según me contaba mi abuelo, las imágenes ya se dibujaban en el borde desde el siglo X, pero no fue hasta el XVII hasta cuando se perfeccionó la técnica de ocultación.

—¿De ocultación? ¿Crees que ocultarían una imagen ahí? —preguntó Tan estupefacto.

—Mi abuelo tenía una colección creada por Martin Frost que ocultaba en su borde exterior imágenes, aunque es un autor más reciente, pero hace siglos ocultaban hasta escenas eróticas, y lo hacían pintando los bordes de las páginas, ligeramente movidos en diagonal, sujetándolas con una abrazadera y, una vez la pintura o la fotografía estaba dibujada o impresa, lo soltaban para volverlo a su forma original para pintar por completo los bordes de dorado.

—Perdió su mirada rememorando y añadió—: Ah, y recuerdo otra de las colecciones de mi abuelo, unas ediciones de Robert Mudie de las estaciones del año.

Me encantaban, yo solía hacer lo mismo en mis libretas, escondía frases de amor en ellas —sonrió— para que no las viera más que la persona a quien iban dirigidas.

Era tan romántico y misterioso a la vez —suspiró—.

Pues bien, volviendo a la obra de Mudie cada una ocultaba en sus bordes pinturas relacionadas con la primavera, verano, otoño e invierno —recordó Sarah.

—¿Así ocultaban imágenes o mensajes en ellos? —preguntó Tan sorprendido.

—Así es, amor.

—Pero ¿cómo podrían descubrirlas?

—Una vez lo sabes es sencillo. Mira —reveló ella.

Entonces, Sarah, sin tocar la cubierta, agarró la biblia con las dos manos por los bordes mostrándole a Tan la parte lateral de color dorado y, en un ejercicio de torsión de muñecas y dedos, apretó con fuerza arrastrando los pulgares extendiendo las páginas como baraja de cartas sobre una mesa.

El borde de éstas había quedado pronunciadamente inclinado y, donde antes sólo brillaba aquel tono áureo, ahora, como por arte de magia, acababa de aparecer una imagen inesperada.

Efectivamente, Sarah estaba en lo cierto, ese era «uno de esos libros», pero ¿de qué imagen se trataba?

—¡Espectacular! —exclamó Tan al ver aquello.

—Es precioso. Ya te digo, me recuerda a los libros de mi abuelo —confesó ella—. Eso sí, no me preguntes de qué cuadro se trata —bromeó.

—Tiene a Jesucristo en el centro.

—Sí. Normalmente estos bordes suelen contener imágenes religiosas.

La pintura que quedaba escondida en el borde de las páginas tenía, como avanzó Tan, la imagen de Jesús en el centro y con el torso desnudo, pero con la parte inferior vestida con una prenda blanca, detrás de la cabeza se le intuía una prominente cruz dorada cuyos travesaño y cúspide sobresalían.

La imagen de Cristo protagonizaba el centro en un círculo que emulaba una pupila rodeada por un «iris» —de tono también dorado— que estaba asimismo envuelto por un círculo dividido en siete escenas y, ya en cada una de las esquinas de la pintura, un círculo con una imagen diferente cada uno; por el estilo de la obra, aquella representación «debería de tener varios siglos de antigüedad», opinó Tan, aunque la desconocía.

Antes de ponerse a descubrir el nombre de aquel fascinante cuadro y el de su autor, sacó el móvil y le hizo una fotografía, así como un vídeo detallado del efecto producido por el movimiento de las hojas que descubría la pintura escondida.

Archer se había quedado sin palabras al ver aquella obra de arte plasmada en un libro y con una manera tan original de ocultar aquello que, ¿quién sabe?

, quizás tendría algo que ver con el mensaje de la nota.

El periodista siguió echándole el ojo a aquella imagen, y lo que le llamó especialmente la atención fue el conjunto de inscripciones que en ella se ilustraban.

Parecía que estaban en latín, pero, entre la tipografía antigua y el movimiento de las páginas, le era casi imposible reconocer qué rezaba allí escrito, así que necesitaba de alguien que sí entendiera de arte para que le resolviera las dudas.

—Amor, si quieres, ya que estamos en Madrid, podemos ir a visitar el museo del Prado y preguntar a alguien de allí si conoce ese cuadro —propuso Sarah.

—Pues no es mala idea —respondió Tan—. Por cierto, casi se me olvida…

Archer sacó de su bolsillo las llaves que hubo perdido la mujer del perfume en el mercado de San Miguel.

Cierta inquietud invadía su curiosidad, pero no era más que una remota posibilidad advenida a sus pensamientos.

Quería comparar aquel juego de llaves perdido en Madrid con las de su apartamento de Valencia .

Metió entonces la mano en el bolsillo exterior de la maleta de viaje y, de allí, sacó las suyas.

Aún no las había enfrentado para compararlas cuando, de repente, algo sobresaltó a la pareja.

Sarah y Tan quedaron paralizados al escuchar el sonido seco de unos golpes que hicieron retumbar la puerta de la habitación.

—¿Sí? —titubeó Sarah.

—Servicio de habitaciones —dijo una voz masculina.

—¡Un segundo! —replicó Tan.

Antes de que Sarah accionase la manecilla de la puerta para abrirla, Tan la frenó del brazo y le hizo un gesto de pausa.

El periodista aprovechó esos segundos para recoger de forma intempestiva el desastre que hubo armado minutos antes al sacar las huellas dactilares del libro.

También se escondió las llaves en el bolsillo y el libro en su maleta.

No pretendía generar una imagen de dejadez ante el observador servicio del hotel.