CAPÍTULO 52
A rcher iba en busca de algo que no encontraría así como así en cualquier tienda, un juguete de su infancia que le marcó hasta el punto de moldear su personalidad.
Allí dentro, una mujer de unos cincuenta años estaba atendiendo a otra de semejante edad que señalaba una de las muñecas que se amontonaban en cajas detrás del acopiado mostrador. Poco tiempo tardó en dispensarle a aquella clienta lo que le hubo pedido.
Mientras ésta acababa de sacar el monedero para pagar, Tan, todavía de la mano de Sarah, escudriñaba entusiasmado entre la plétora de recuerdos divertidos de aquel bazar y, después de una revisión exhaustiva de trescientos sesenta grados, su mirada se clavó sobre una caja que destacaba entre un bulto de pelotas menudas de goma.
¡Bingo! Acababa de encontrar lo que andaba buscando, una caja llena de objetos interesantes en su interior .
—Disculpe, ¿en qué puedo ayudarles? —preguntó la dependienta dirigiéndose a Tan y Sarah después de despachar a la anterior clienta.
—Sí, mire, quisiera esa caja de ahí. —Tan señaló lo que había encontrado en aquella juguetería.
—Por supuesto. Le atrae la investigación, eh —bromeó y salió del mostrador para hacerle entrega de la caja—. Tiene suerte, porque es el último que nos queda.
—¿Cuánto es?
—Treinta euros.
—Uf… Venga, me lo llevo —respondió Tan con cara de dolor al escuchar aquel precio.
Sarah no entendía nada de lo que estaba viendo; cómo Tan se agenciaba de una caja tan grande como la de un ordenador portátil. Aquel cachivache «debería de ser de utilidad» pensó ella, porque para cargar con un bulto así… En fin, no sabía el porqué de la compra, aunque pronto lo descubriría.
En cambio, Tan sí tenía las ideas claras al respecto de para qué lo quería, acababa de adquirir un antiguo juego llamado Detectinova que sus padres le regalaron unas navidades cuando tendría unos ocho años, y con el que pasaba los días de su niñez investigando con su microscopio y el resto de herramientas que en él se incluían, haciendo despertar su afán investigador desde que apenas empezó a tener uso de razón.
Aquel juego le iba a ayudar a conseguir un resultado ligeramente «más profesional» que el que alcanzó en la catedral cuando captó la huella dactilar. El interior de aquel set estaba compuesto por todo lo que necesitaba, especialmente, los polvos negros y las láminas de plástico y papel .
—Pero ¿para qué quieres esto, amor? —preguntó Sarah desconcertada a la salida de la tienda.
—Seguro que te sorprende, pero, ya que la tienda del espía nos queda bastante más lejos desde aquí, pensé que en esa juguetería podría encontrar algo parecido a lo que andaba buscando.
—Archer mostró una leve sonrisa y completó—: En este juego hay unas cuantas utilidades que son excelentes para lo que necesito, que es para tratar de sacar unas huellas dactilares de un libro. Ya verás, te va a sorprender.
Sarah no puso más interrogantes sobre la conversación, sabía que cuando su novio, chico, pareja o «relación complicada» pergeñaba algo era por un buen fin. Mientras tanto, llegaron de nuevo a la habitación del hotel para desplegar el contingente que el agraciado periodista llevaba en mente.
En aquella habitación había una mesa blanca que se iba a convertir en un laboratorio improvisado.
Archer posó sobre ella la abultada caja del juego que acababa de comprar y, con la mirada llena de ilusión al recordarle momentos de su infancia, abrió su tapa y le mostró a Sarah los botes de polvos negros y láminas que necesitaba para un trabajo impoluto.
Sacó con extremo cuidado la Biblia que se había «incautado», con extrema precaución la puso al lado del set de la caja.
Con toda aquella parafernalia equipada con probetas, polvos, microscopio, etc.
vino a repetir la gesta que, minuciosamente, hubo conseguido en la Sacristía Mayor con la huella dactilar del teléfono móvil del prelado, pero, esta vez, la cantidad de huellas iban a ser, seguro, mucho más numerosas.
Después de aplicar sobre el libro los ingredientes necesarios para la investigación, la portada amaneció completamente cubierta de pruebas biométricas que Tan se encargó de registrar fotográficamente con su teléfono para, acto seguido, mandárselo a Antón, a quien llamó de inmediato a través de la aplicación.
—¿Qué pasa, macho? —dijo Gallardo ante la llamada de Tan.
—Aquí andamos, de ruta.
—¿Novedades?
—Algo tenemos. Te acabo de mandar la fotografía de unas huellas. Sería interesante que las cotejaras —sugirió Tan.
—Como quieras, chaval. Voy a ello, aunque tardaré un buen rato aún —respondió Antón.
—Tranquilo, tú a tu marcha.
—A este paso vamos a examinar las huellas de todo dios. ¿Tienes alguna muestra de orina también? —ironizó el policía.
—Igual de heces te consigo alguna —bromeó Tan—. No te robo más tiempo, y a la faena —espetó con simpatía y brevedad.
Cada cual sabía qué tenía que hacer y, hasta el momento, Gallardo estaba aportando un gran valor a la investigación, mientras que Tan quedaba postrado ante aquel misterioso libro que le evocaba las palabras del sueño del señor Jackson.
«¿Qué tendrá la biblia para que soñase con que la nombrase el gordo?» aireó Tan al tiempo que la hojeaba fascinado. Trataba de encontrar el versículo que hubo sacado con Victoria entre los destellos de los bordes dorados de sus páginas.
Inesperadamente, de entre sus hojas se desprendió algo; «un marca libros» pensó Tan al momento mientras todavía planeaba en dirección hacia el suelo.
Lo pinzó al vuelo con las yemas de los dedos en un alarde de reflejos y, una vez asegurado, se dio cuenta de que no era aquello que en un principio hubo imaginado, era un trozo de papel amarillento.
Lo volteó un par de veces analizándolo con curiosidad, tan sólo tenía una breve inscripción en la que rezaba: « La clave está en la profecía y el secreto está en la Biblia ».
En aquella nota se replicaba en su final la frase que le venía rondando durante todo el viaje.
Demasiada casualidad para algo tan perseguido por él.
Su expresidente le habría empujado a volcar sobre aquella frase un grado de importancia prioritario que, de lo contrario, habría pasado sin más pena que gloria.
Pero ¿qué significarían aquellas palabras?
, ¿acaso el versículo que hacía mención a la corrupción no era lo único que se iba a sustraer de aquel pretendido libro?