CAPÍTULO 51
E n aquel momento de incertidumbre y desconfianza, Tan estaba ansioso por llamar a Taylor y acordar un careo para presionarlo hasta exhumar la verdad, aunque el carácter tan esquivo del taxista y su arrogancia imperante harían complicada tan compleja tarea.
De haberle engañado a Tan, habría cometido una doble traición, habría estado jugando con todo el mundo como crupier que reparte las cartas en una partida y, entre mano y mano, hacer alguna trampa para que ganase la banca.
Cierto era que, si Taylor fuera quien estuviera al mando, hasta cierto punto, estaría interesado en tener a su socio Sayers fuera de prisión, sobre todo si de éste necesitase su firma para alguna operación.
No sería descabellado pensar que, a cambio de obtener no sé qué, se le pudiera haber concedido aquella Gracia Real, ya no por sus contactos sino por los de Taylor.
Era tan retorcido todo… El argumento de la historia cambiaba radicalmente de ser así.
¿Qué sentido, si no, tendría que Taylor llevase preparadas las túnicas y ca lcomanías debajo del asiento de camino a Saint Paul’s Cathedral?
Las casualidades eran demasiadas, podría haber estado monitoreándolos para llevarlos hasta donde él quería, y usar a Tan, Michelle y Thomas a su antojo.
Al fin y al cabo, una vez abandonado aquel trío a su suerte, «él desapareció» recordó Tan.
Pero «¿cómo poder sonsacarle a Taylor algún dato sin levantar la más mínima sospecha?» pensó el periodista cuando, sin esperarlo, de nuevo volvió a sentir, empujada por una sutil corriente de aire, la misma fragancia familiar que había notado a la salida de la estación.
—Mmm… qué bien huele —dijo Sarah.
—Sí. —Archer giró la cabeza hacia la dirección de donde provino aquella ráfaga.
—Si no me equivoco la lleva aquella chica… Y me encanta. —Se incorporó— Creo que voy a preguntarle cómo se llama el perfume.
Sarah se apartó un segundo para acercarse a la chica que estaba de espaldas, conforme se aproximaba a ella el perfume se iba definiendo con mayor perfección, lo cual confirmaba su sospecha, aquel aroma provenía de aquella desconocida.
Ya casi junto a ella, justo antes de tocarle la espalda para consultarle el nombre de la fragancia, un joven se cruzó como una exhalación corriendo entre ambas apartándolas de un empujón. Tras él, otros dos hombres corriendo y uno de ellos gritando «¡Me ha robado la cartera!».
Se armó un bullicio entre todo el bulto de gente en el local.
Archer se dirigió rápido hacia Sarah para ayudarla a reponerse y, en cuanto recobró la posición, había perdido de vista a la chica a la que iba a preguntarle…
El único rastro que quedaba donde la desconocida había estado unos se gundos atrás era un juego de llaves en el suelo.
Sarah las agarró, oteó todo el local para entregárselas y ya no hubo manera de verla, ya que habría huido despavorida ante todo el jaleo que hubo estallado, así que Sarah quedó de pie, agarrada de la mano de Tan y, con la otra, con un juego de llaves que no era suyo.
—¿Y ahora qué hago yo con esto? —dijo Sarah mostrando las llaves a Tan.
—Yo qué sé, mi niña.
—Mi niña no, tendremos que hacer algo —dijo ella alterada—. Llevarlas a la policía o algún conserje que haya por aquí en el mercado.
—Oye, tampoco lo pagues conmigo, eh —recriminó el periodista.
—Disculpa, amor. Es que… —Suspiró y emitió un leve gemido— Entiéndeme, aún me duele algo el brazo por el empujón y la caída, no sé qué hacer con esto —mostraba las llaves— y, además, me he quedado sin saber la marca del perfume —refunfuñó.
—Trae las llaves, no te preocupes, ya se las doy yo a la chica que atiende en ese puesto, que seguro que cuando se dé cuenta de que no las tiene le vendrá en mente este lugar. Al menos, yo lo haría si fuera ella.
El periodista tomó las llaves de la mano de Sarah y se dirigió a dejárselas a la dependienta, pero, justo antes de entregárselas y clavarse sus ojos en la mirada desconfiada de la trabajadora, vio algo en ellas que le llamó la atención, la marca le era familiar.
En una llevaba inscrita la marca Tesa, y en la otra del juego: Lince.
Nada extraño, dos marcas bastante comunes en ese tipo de útiles.
Pero algo le empujó en última instancia a no depositarlas sobre el mostrador de aquella mujer de aspecto recio, por lo que cuando se acercó a ella, que aguardaba detrás de toda una exposición de jamones y quesos ibéricos, prefirió hacerle entrega de su número de teléfono alternativo para que, en caso de que volviese la propietaria de las llaves, le llamase a él directamente.
Parecía que Tan desconfiaba de algo. Y, nada más entregado el teléfono, se dirigió a Sarah.
—Deberíamos volver al hotel un momento, pequeña —sugirió Tan.
—¿Te has olvidado algo? —preguntó Sarah.
—No, para nada, prefiero ir y dejar el juego de llaves en recepción, por si la dueña me llama. Y con un poco de suerte… le preguntamos el nombre del perfume. —Le guiñó el ojo Tan a Sarah.
Iba a ser una vuelta rápida, ya que todavía no se habían alejado demasiado y les quedaba todo el día por delante, asimismo, Tan tenía una cosa pendiente por hacer todavía, y no podía posponerlo durante demasiado tiempo.
—Pasemos antes por un sitio, que quiero comprobar una cosa —apuntó Tan.
—¿Queda lejos? —preguntó Sarah.
—No, está justo aquí al lado, donde la plaza Mayor.
Apenas se desviaron unos metros para llegar hasta un punto que quedaba en uno de los laterales de aquella inmensa explanada interior.
Escondida tras una multitud de robustos pilares de piedra, y de una terraza de un restaurante castizo, resistía en pie una antigua tienda que todavía mantenía la magia de inicios del siglo XX, en la puerta de la cual Fortunata vendía huevos en la obra de Galdós.
Su aspecto exterior, de tono rojizo y recubierto de antigua madera tallada a mano, protegía al público de un alud variopinto de juguetes que se amontonaba tras los cristales del escaparate.
Pero no eran ese tipo de objetos que se podían encontrar en cualquier juguetería, la tienda número 16, Bazar Arribas, se convertía en un viaje al pasado en el que reencontrarse con infinidad de juguetes por muchos olvidados, pero no menos divertidos que los actuales.
Era un auténtico monumento al ocio analógico, al «de toda la vida» que dirían algunos románticos.
Incluso el suelo, que conducía al interior, evocaba tiempos pretéritos; un terrazo blanquinegro desgastado por el incesante paso de clientes y turistas.
Y, después del tímido chirriar de las bisagras de la castigada puerta de entrada, Tan y Sarah viajaron todavía más atrás en el tiempo, se postraron frente a los marcos de madera del mostrador que rezaban llenos de agujeros provocados por un centenario tratamiento contra la carcoma, a la que habrían resistido una y otra vez, con los vestigios que emulaban una intermitente ráfaga de perdigones disparada sobre el recibidor.