CAPÍTULO 50
V ictoria continuó con insistencia. La mediática estrella de internet hacía tiempo que se dedicaba a la emisión de programas de investigación, y ese aspecto tan importante de su vida se encarnó en aquella conversación.
—Pues, bueno, entiendo que defiendas a Taylor, pero lo que está pasando no es normal. Parece ser que esconde algo, para bien o para mal, pero a mí no me da que pensar bien —dijo Victoria.
—Mira, si tan mala persona fuese… ¿por qué nos salvó la vida librándonos de dos matones frente al British Museum? Es una ciudad llena de cámaras y se la jugó por nosotros —defendió Tan.
—Ya, pero… ¿y si todo eso hubiera sido una maniobra de distracción?
—¿Para hacernos creer lo contrario? No tiene sentido.
Archer defendió a capa y espada a Taylor, pero el periodista era una persona que, a pesar de su primera defensa, cuando se enfriaba tendía a recapacitar sobre aquello que se le planteaba.
Le gustaba reflexionar en silencio y plantearse escenarios en los que hacer de abogado del diablo y, cómo no, esa conversación dio lo suficiente de sí como para poner en marcha la calculadora.
Obviamente, la posición del periodista era complicada. La conversación que estaba manteniendo con Victoria se hubo tensionado, aunque él sabía que cualquier comentario o indagación iba encaminado hacia un buen fin, a pesar de que se pusiera en duda la figura de una persona que se ganó su respeto.
La llamada no duró mucho más allá de aquella última frase que pronunció el periodista porque tampoco quería dejar a Sarah de lado en aquel paseo, por lo que prefirió retomar la llamada algo más tarde.
Mientras tanto, aun con los auriculares del teléfono a pleno rendimiento en conversación con Victoria, Tan agarraba la mano de Sarah para no perder el paseo que acababan de emprender.
A ella le apetecía visitar un lugar que no quedaba muy alejado de donde estaban hospedados, quería ir a tomarse uno de esos zumos naturales que se exponían en el mercado de San Miguel, un centenario edificio que pasó de ser un mercado de abastos a todo un icono mundial de gastronomía repartida de forma exquisita bajo un forjado, cubierta de todo un paseo de deliciosos recovecos entre los que aquellos dos tórtolos se habían finalmente adentrado.
Y así fue, zumo en mano, deambulaban por el interior del transcurrido mercado, entre sus pasillos con aroma gourmet , hasta que encontraron un rincón, en una de las esquinas de su interior, pegado a la cristalera que resguardaba de todo lo que transcurría afuera .
A pesar de que estaba siendo un placentero paseo, Sarah, conocedora en piel propia de lo que hubo acontecido en el pasado en Londres, no pudo evitar, preocupada, preguntarle a Tan acerca de la conversación que acababa de mantener con Victoria.
—¿Por qué cree que Taylor estaría detrás de algo? —preguntó Sarah con inocencia.
—No sé, tal vez tuvo algo que ver en el pasado con Sayers, y de ahí toda la relación que se pudo haber enmarañado con el paso del tiempo… —Tan suspiró y continuó—: Tanta corrupción y oscurantismo habría podido poner a Taylor fuera del tablero.
—Lo que es evidente es que os salvó la vida a ti y a Thomas enfrente del museo —reiteró Sarah.
Ya era la segunda ocasión que salía a la palestra la mención a aquella escena en la que Taylor arrolló con el coche y disparó a los matones que aparecieron en el British Museum, algo que, pese a la convicción que había mostrado unos minutos antes por teléfono, estaba a punto de voltear su opinión.
—Ya ves, amor, imagínate, con la de cámaras que hay en la ciudad y tenía que exponerse por vosotros —dijo Sarah.
—Ya…
—Pero es un poco extraño, ¿no? —sugirió ella.
—¿Extraño el qué? —preguntó Archer.
—Sí. ¿No te acuerdas que dominaba toda aquella organización también la red de cámaras de la ciudad? ¿Cómo es posible que Taylor, sabiéndolo, se exhibiera a plena luz y en plena vía pública salvándoos la vida? Si tanto dominio tenía aquella mafia…
—¡Espera! —interrumpió Tan .
Al parecer, el periodista estaba empezando a entender algo que estaba a punto de volverse desagradable.
—¿Quieres decir también, como Victoria, que podría haber sido una maniobra de distracción? ¿Para qué, pequeña? ¿Para meter a su socio en prisión? —Frunció el ceño.
—¿Por qué no, amor? ¿Sería lo más raro que habrías llegado a ver en tu vida?
—Para nada, pero ahora que lo pienso sí tendría sentido en esa pieza que la misión de Taylor hubiera sido hacernos creer que estaba de nuestra parte. —Perdió su mirada hacia el horizonte del pasillo e insistió ensimismado—: Pero no entiendo el porqué.
Archer empezaba a caer en estado de preocupación. Nuevamente había quedado en shock , y algo no le cuadraba. ¿Qué beneficio habría sacado Taylor, en caso de haber estado del lado de los Hijos de las Sombras, si fue parte de la solución?
—A ver, amor, en las organizaciones hay intereses, y muchas veces, sólo por ambición, se apuñalan entre compañeros aun persiguiendo un objetivo común —reflexionó Sarah.
—Está claro. Tan sólo hay que ver qué sucede en política.
Dentro de sus propios partidos políticos, a veces, aparecen compañeros que filtran información sensible para usarla en contra de otros del mismo equipo, en tal de arrebatarle el sitio o cortarle el camino de crecimiento —expuso Tan meditabundo.
—Por eso mismo…
¿Estaría en lo cierto Sarah? ¿Taylor habría tratado de traicionar a su socio Sayers?
Cierto era que, una vez Sayers quedaba controlado entre rejas, el «taxista inglés» podría campar a sus anchas sin ningún impedimento, en caso de que mantuviese el control de los hipotéticos restos de la organización que hubiesen quedado indemnes en libertad.
Y, cómo no, con el paso de los años la podría haber seguido rearmando…