X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 49
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CAPÍTULO 49

A l cabo de unos minutos, y tras una respiración profunda de ambos sincronizada, Tan empezó a notar cierto hormigueo en las muñecas por el atrezo que lo seguía manteniendo inmovilizado.

—Mi niña, ¿me puedes ayudar a quitarme esto?

—No sé… —respondió Sarah de forma picarona—. Si me dices qué ese ese colgante tan feo que llevas puesto en el cuello.

—Nada, una especie de protección. —La miró fijamente e insistió—: ¿Me quieres así todo el tiempo? —preguntó Tan.

—Digamos que así me eres más útil. —Rio.

Después de aquellas bromas descaradas, Sarah le ayudó a reponerse, y ambos se marcharon a la ducha para deshacerse de los restos de fluidos corporales que todavía se paseaban por sus respectivos cuerpos.

Aquella ducha no tuvo el mismo final que la escena anterior, sino que aprovecharon para intercambiarse caricias y masajearse, aunque sin faltar, eso sí, un sinfín de besos que se deslizaban al igual que las palmas de las manos por sus suaves pieles lubricadas por el gel de ducha y la fina cascada de agua caliente que los recubría.

Fue tal la sensación de relajación que se acostaron de nuevo al salir del baño para seguir abrazados durante unos minutos más, y desde aquella posición empezaron a conversar.

—¿Hasta cuándo tienes previsto estar en Madrid? —preguntó Tan mientras la miraba a los ojos y le acariciaba el pelo.

—Un par de días más.

—Se hará corto —lamentó él.

—Sí —se resignó a responder Sarah.

—Pues tenemos que aprovechar el tiempo. ¿Nos vamos a dar una vuelta?

Sarah aceptó su proposición, con lo que ambos se levantaron rápidamente, se volvieron a vestir, y sin perder el brillo de sus ojos se marcharon a visitar la ciudad.

Aún no hubieron pisado la calle, Tan recibió una llamada de teléfono a través de la recurrente aplicación que se descargaron los cuatro.

—¿Puedes hablar? —preguntó la voz de aquella llamada.

—Sí, claro. Dime —respondió Tan.

—Bueno, pues, que tenemos los titulares de la sociedad tras la que hemos estado investigando.

Aquella forma de hablar tan peculiar hubo revelado de quién se trataba la llamada recibida. Era Victoria, quien paralelamente al viaje de Tan, estuvo investigando codo con codo con Ignacio la identidad de las personas que se encontraban en el inicio de toda la operación satelital.

—¿Y entonces? —preguntó Tan.

—Pues, George Christian Sayers es uno de los socios —confesó la youtuber .

—¡¿Sayers?! —exclamó Tan perplejo.

Esa información provocó que empezaran a temblarle las manos ante la presencia de Sarah, quien le preguntó «¿qué sucede?», a lo que Tan se encogió de hombros como respuesta.

No había peor personaje que pudiera salir a la palestra que el de aquel siniestro inversor, lo cual avanzaba a Tan que la amarga experiencia, aunque con final relativamente positivo, que vivió en la parte interior del peristilo romano que rodeaba la cúpula de Saint Paul’s Cathedral en Londres, no fue la victoria de una guerra librada contra los Hijos de las Sombras, sino una batalla más de la propia guerra que estaba abierta todavía.

Y si en aquel primer momento su intención fue la de controlar la libertad de expresión a través de la censura, ¿cuál iba a ser el siguiente plan? Fuera el que fuera era una situación muy alejada del alcance de Archer.

Pero algo no había llegado todavía a los oídos del periodista, y era el segundo nombre titular de aquella sociedad.

—Ese indeseable de nuevo… Lo han sacado de prisión por algún compadreo, seguro. —Apretó el puño— ¡Menudos sinvergüenzas! —exclamó Tan con enfado.

—Bueno, pues, aún queda un nombre… —avanzó Victoria.

—¿Otro más? —preguntó Tan con desconfianza.

—Sí. Y tiene un apellido que me parece habértelo escuchado en casa.

—Que… ¿te lo he mencionado yo antes?

Archer se acababa de quedar a cuadros a la espera de aquel nombre pendiente de revelar, la intriga se apoderó de la conversación en aquel punto hasta que llegó la desconcertante respuesta de Victoria :

—Sí, pero vamos, quizás sea una coincidencia, debe ser un apellido bastante común en Reino Unido.

—¿De quién se trata? —preguntó Tan nervioso.

—Un tal Ronald Taylor.

Con aquella revelación se produjo un silencio sepulcral, nada halagüeño, que cortó de repente aquella conversación. Archer se había quedado de piedra, y su rostro pálido y frío como una lápida de mármol.

—¿Tan? ¿Estás ahí? —preguntó Victoria.

—Sí, sí. Perdona —respondió Archer.

—¿Qué sucede? ¿Se trata de la persona que mencionaste?

—Sí, y no sé qué decir. Estoy en shock , disculpa.

—¿En shock por qué? —preguntó ella.

—Es una persona que me ayudó no imaginas cuánto. No entiendo el porqué de que su nombre aparezca junto al de Sayers como titulares de una misma sociedad. —Se encogió de hombros y completó—: Arriesgó su integridad por nosotros.

—¿Hasta qué límites?

—Uf. Es complicado de explicar, pero para que llegues a imaginar hasta qué punto…, desde la organización criminal para la que trabajaba nos filtró información y nos llegó incluso a salvar el pellejo.

Entonces, Tan se puso a detallarle algunos de los acontecimientos que vivió en Londres en relación con Taylor. La nota de la casa de sir Andrew Spencer que ayudó a enlazar el camino hacia la resolución, el cómo los recogió de camino a St. Paul’s Cathedral…

—Bueno, pues, yo qué quieres que te diga… Cuando os recogió llevaba las túnicas preparadas debajo del asiento. ¿Eso no es demasiado sospechoso? A mí me haría pensar qu e vosotros no habríais sido más que unas piezas puestas por él en el camino —insinuó Victoria.

—Pero… ¿cómo? Nadie nos obligó a tomar aquella dirección —replicó Tan.

—Nadie os obligó a tomar la dirección, pero sí que os hicieron llegar la nota que os encaramaba hacia donde él querría que os dirigieseis.

—No sé, prefiero pensar que lo hizo por la memoria de su hermano.

—Ay, la familia… Bueno, pues, ya me dirás qué respeto le guardó el hijo de Taylor a su padre cuando se puso la túnica para el ritual del Urushdaur —insistió la youtuber.

—Siempre puede salir algún díscolo —excusó Tan.

—No digo que no, pero…

Aunque Tan se había puesto ligeramente a la defensiva, no era más que por su justa manera de ser, por la defensa suprema de la presunción de inocencia a la que se aferraba.

Al fin y al cabo, lo que él vio con sus ojos no fue más que una colaboración evidente de Taylor en la resolución del caso.

¿Cómo iba a pasar ahora, sin más, de héroe a villano por meras conjeturas derivadas de su esquiva actitud y un dato del pasado?

Probablemente estaría protegiendo a Tan de algo, y no sabía de qué.