CAPÍTULO 48
A Tan no le dio ni tiempo de agarrar el asa de su maleta cuando Sarah, de un zarpazo, la asió con decisión para no perder ni un segundo, y con su otra mano agarró la de Tan, de quien tiró imperiosamente, como caballo de cuadriga, por casi toda la plaza de Sol.
—¡Espera un segundo! Me hace ilusión tener una foto contigo —dijo Sarah.
—Claro, faltaría más —respondió Tan con la sonrisa dibujada en su rostro.
—Pon el pie aquí —ordenó ella.
—¿Cómo? —respondió Tan sin saber a qué se refería.
Archer pensaba que iban a hacerse una foto de pareja, pero lo que ella quería en realidad era tener capturada la imagen de sus pies sobre aquella baldosa. Una fotografía que no podía faltar en su álbum de Instagram .
Después de aquel simpático paréntesis, fueron pocos metros más los que tuvieron que andar, ya que, apenas en la esquina que tenían enfrente, era donde quedaba el hotel que ella había escogido.
Un hotel coqueto, con su fachada color crema decorada con un sinfín de agraciados balcones con barandas metálicas de color negro y molduras blancas y detalladas; un hospedaje que destilaba aires de nobleza, en cuyo interior —nada más ambos atravesaron su «continental» puerta de entrada—, percibieron la claridad de su vestíbulo marmóreo en el que se representaba una fastuosa y puntiaguda rosa de los vientos en el suelo.
Era un lugar que desprendía limpieza, claridad, tranquilidad…
No había detalles que agrediesen a la vista, sino una armonía que invitaba a subir a la habitación y, de hecho, no hizo falta ni acercarse a recepción, ella ya se conocía el camino.
Tuvieron que ascender hasta la tercera planta del hotel para llegar hasta la habitación, la cual, al abrir Sarah su puerta, detonó un paisaje y luz sin igual; sus ventanas arrojaban unas vistas de postal ante la propia plaza de la que acababan de venir.
Desde allí, desde uno de sus pequeños balcones, se quedaron abrazados mientras contemplaban el trajinado movimiento de personas que justo minutos antes se había interpuesto en el campo de visión de Tan, y que, ahora, por su perspectiva tomaba la forma de un poblado hormiguero.
Era tan romántica aquella escena que ni la intensidad de la luz del día podía atenuar el destellar que generaba en sus respectivas miradas.
Él la rodeaba con sus brazos desde la espalda mientras ella los acariciaba con ternura.
Era una situación que la hacía sentirse protegida y amada, y a Tan, poseedor del deseo más anhelado y batallado.
La cercanía de los dos cuerpos se tornaba más bien en una fusión, de ambos, irrigadora de un ardiente halo que los fundía con más intensidad cada vez que la robustez de sus brazos y las manos de ella elevaban su presión contra el otro.
Los susurros dieron inicio con las palabras de Tan al oído de Sarah: «Te he echado tanto de menos…» dijo él mientras el movimiento de sus labios rozaba la oreja de ella.
Aquellas palabras y el roce que las acompañaban no hacían más, si no, que despegar el grado de pasión en Sarah. Por su espalda subió un escalofrío hasta llegar a la nuca y expandirse por todo su pecho, lo que provocó que ahí sintiera una reacción que endureciera los dos apéndices de sus senos.
Sarah se estremeció cuando empezó a notar los besos de Tan recorriendo su cuello.
Los dedos de sus pies se contrajeron fruto de la pérdida de control hacia la que se estaba dirigiendo.
Él, suavemente, desplazó sus brazos hasta la altura del estómago de ella, y en ese movimiento introdujo sus manos por debajo de la camiseta de Sarah; quería sentir el tacto de su esbelta piel rozando las palmas de sus manos.
Cuando ella notó las yemas de los dedos de Tan acariciar su cintura, se le puso la piel de gallina en todo su cuerpo. Era un escalofrío tras otro.
Sarah no pudo evitar dejarse arrastrar por los primeros pasos que la conducirían hacia la abrasadora llama del desenfreno, y empezó a balancear su cuerpo de un lado a otro frisando su espalda y glúteos contra la delantera de Tan.
En cuanto ella empezó a notar la excitación de él al contacto con su cuerpo, se giró para amarrarse frente a frente hasta clavar sus uñas afiladas en su espalda, también por debajo de la camiseta de Tan .
Ella lo fue empujando, desde el balcón, hasta la cama que quedaba justo al lado e impecablemente preparada para la guerra que estaba a punto de estallar en la habitación.
Aquella joven sentía cómo empezaba a despertar el animal más salvaje que se escondía bajo su inocente apariencia, el viaje de sus uñas por el torso de Tan grababan todo un mapa que se coloreaba con la sangre que brotaba de las fogosas heridas que iban señalándose sobre su piel.
Y éstas no paraban de moverse hasta llegar a pelearse con la hebilla del cinturón de su víctima, la cual la destripó sin ninguna contemplación y, acto seguido, su furia se dirigió contra el último obstáculo, el botón que abrochaba la prenda que protegía la parte más íntima de Tan, cuya resistencia se disipó al primer movimiento de los finos pero impetuosos dedos de la chica, que no dudaron en cobrar vida propia y adentrarse en las fauces de los boxers que aguardaban debajo de los pantalones vaqueros.
En aquel punto, la temperatura se disparó, todo el flujo sanguíneo se concentraba en el «cuerpo» que palpitaba atrapado en sus manos, y esa pendiente, cada vez más rígida, la había tomado sin frenos que pudieran reducir la velocidad que allí mismo arrancaba a emprenderse.
Con tan elevado grado de excitación, sin soltarlo, ella empezó a dirigir el zarandeo de sus cuerpos y, después de unos pocos y cortos pasos, no dudo en empujarle con vehemencia hasta dejarlo caer en la cama. Sarah acababa de señalar quién llevaba el timón en ese viaje.
Le daba igual que el balcón estuviese abierto de par en par y toda aquella impudicia trascendiera más allá de la barandilla.
Ella actuaba como un felino con foco en su presa, nada alrededor importaba y, a la luz del día, clavó sus rodillas sobre la cama ponteando las piernas de Tan para no dejarle escapatoria.
Se quitó la camiseta ante la mirada clavada y libidinosa de éste.
Ella se inclinó sobre él, su larga y brillante melena pendía hasta que atrapó completamente los dos rostros enfrentados. Ahí arrancaron de nuevo los besos, húmedos, calientes, ansiosos…
Sin soltar sus labios le fue retirando la camiseta, y cuando él le trató de retirar el sujetador, ella volvió a señalar quién mandaba…
Le apartó la mano con agresividad, le dio un bofetón y se lo retiró ella misma.
Archer se hallaba totalmente en shock , superado por aquella inesperada avanzadilla y, con la expresión todavía ojiplática, ella lo dejó apartado un momento sobre el colchón, se levantó de la cama con el torso desnudo, cuyo contorno femenino se dibujaba con la luz que entraba por la ventana, abrió la nevera de la habitación y sacó una botella de cava.
«Toma, ábrelo» le ordenó Sarah a Tan al tiempo que le hacía entrega de la gélida botella. Cuando se escuchó el descorchar ella ya tenía dos copas en una mano y, en la otra, unas onzas de chocolate. «Rellénalas» le ordenó ella.
Una vez estaban las copas a rebosar del espumoso y dorado cava, Sarah le impuso a Tan la copa en los labios para hacerle beber de ésta sin contemplaciones.
Ella también se bebió la otra y, seguidamente, mordió una de aquellas onzas, la saboreó y se puso a besar a Tan, quien notó cómo subía la fogosidad en aquel acto, sus lenguas se deslizaban lubricadas en un piélago de burbujas y derretido cacao; un éxtasis que no sabía ni cuándo lo hubo sentido en su piel por última vez.
Tras aquella escena se hizo inevitable que la efervescencia alcanzase límites desconocidos y, ella, sentada sobre él, ya notaba lo rígidamente excitado hasta donde lo había empujado, y esa sensación bajo el arco de su pelvis se acentuaba con su femenino y fricativo contoneo.
Era un día especial, y la forma en que se besaban, se tocaban, se miraban… desvelaba el ansia con la que se habían estado esperando el uno al otro. Meses de sequía, de vagar por un desierto vacío de placeres. Sólo de esa forma se entendía la alta tensión que se había apoderado de la habitación.
Él seguía tumbado, cada vez que trataba de levantarse ella lo empujaba de nuevo a la cama, hasta que finalmente sacó un par de pañuelos rojos y, de un arrebato, le ató las manos a los barrotes del cabezal de la cama. Ahora sí que lo había sometido bajo su control absoluto.
Sin dar paso a ninguna reflexión le arrancó los pantalones a Tan e hizo lo mismo con los propios.
Jugueteó un poco con él, mordisco a mordisco, hasta llegar a los boxers , que poco tardaron en desaparecer de la escena.
Los únicos protagonistas en aquella habitación eran dos cuerpos completamente desnudos y sin complejos.
Sarah estaba tan húmeda que, cuando encajó en la montura del caballo que acababa de domar, el acceso carnal se produjo como ensamblaje de dos piezas recién lubricadas.
Archer se puso nervioso, no llevaba protección alguna…
—Cuidado, no llevo… —trató de decir Tan.
—Tss… Cállate. —Le puso el índice sobre los labios y confesó—: ya llevo yo. Me he puesto el DIU para esto.
Le acababa de desvelar algo que iba a suponer un antes y un después en sus relaciones, algo que iban a notar en el clímax de la mañana. Y así, conforme el sol se posaba en lo más alto y vertical, Tan regía la misma trayectoria, aunque ensacado en la parte más íntima de la joven que tenía sobre él .
Los movimientos encima de él eran de pura fricción, con sus manos posadas sobre el pecho de Tan y, de vez en cuando, se agarraba su propio cabello con sus garras de uñas afiladas.
Llegó un momento en el que no necesitó ni moverse, era capaz de dominar sus músculos pélvicos de tal forma que, quietos, ambos estaban sintiendo un placer cuasi tántrico, una vibración sin saltos, sin zarandeos, sólo una presión insuperable que estaba a punto de alcanzar su punto más álgido.
—Increíble —repetía Tan una y otra vez sin poder vocalizar.
—¡Sí! —jadeaba ella.
Ella estaba asistiendo a algo que jamás había sentido tampoco, estaba su hombre tan excitado que la dureza se hacía notar en cada rincón, en cada extremo que notaba presionado en su interior.
De repente ambos empezaron a alzar sus gemidos a una, conjugados y sincronizados de camino hacia un mismo destino que estaba a punto de alcanzarse en aquella inminente erupción volcánica, fruto de la presión de dos cuerpos perfectamente encajados en un palpitante vacío.
La aceleración de sus alaridos estaba adquiriendo un ritmo endiablado hasta que un temblor de placer, que sacudió violentamente los dos cuerpos, arrojó un grito final de ambos, acompañado de un calor interno provocado por el fluido que Tan hubo despedido en el interior de ella.
Aquel calor tan especial jamás lo habían experimentado hasta ese momento, y sus rostros se estaban tornando intensamente colorados por aquella experiencia inolvidable.
No pudieron siquiera levantarse en ese momento, Sarah se quedó abrazada sobre el cuerpo todavía maniatado de Archer, sin separarse de él en ninguno de los sentidos; quería seguir notando aquella cálida y placentera sensación que vino precedida de un delirio sexual.
Aunque, hablar de «sexual», era demasiado frívolo para todo lo que dieron aquellas dos almas en la contienda. Era más bien… verdadero amor.