CAPÍTULO 47
E l trayecto del taxi en el que viajaba Tan se había retomado después de aquel atasco imprevisto, que retuvo el vehículo dentro del túnel que acabaría lanzándolo a las inmediaciones de donde había concertado su cita, y así fue, al salir del subterráneo, el coche se dirigió hacia una calle estrecha por la que torció a la izquierda un par de veces para ya aparecer frente al lugar de destino.
Paró ante Sol, y el taxista concluyó que la carrera ascendía a doce euros.
Archer sacó un billete de diez y, gracias a la suerte de encontrarse con aquel monedero a rebosar de monedas de dos euros, tomó la que quedaba suelta fuera del blíster y se la entregó al taxista junto con el billete para que no le devolviese «chatarra».
Cuando el periodista abrió la puerta del taxi y puso un pie sobre el asfalto escuchó:
—Disculpe, señor —pronunció el conductor antes de que Tan se escapase.
—¿Sí? ¿Le falta algo ?
A Tan le vino en mente que el taxista se hubiese podido molestar al no haber dejado nada de propina.
—¿Es por no haberle dado propina? —preguntó Tan preocupado a punto de entregarle alguna moneda extra.
—No, para nada… —Le mostró la moneda de dos euros que Tan le hizo entrega y le dijo—: Aquí hay mucha más propina de la que me han entregado jamás en la vida.
—¿Cómo? —preguntó Tan perplejo.
—No sé si se ha dado cuenta, pero si de algo sabemos los taxistas es de cambio, y esta moneda es del Vaticano.
—Sí, ya lo sé, ¿y qué quiere decir con eso?
—Es una moneda que cuando se acuñó no se puso en circulación, sino que se mandó directamente a coleccionistas. Y su valor rondará los trecientos euros, señor —informó el taxista.
—¡¿Trescientos euros?! —exclamó Tan.
Archer se puso a calcular mentalmente el valor de aquel hallazgo: «51 monedas por 300 €…»; «¡quince mil trescientos euros!» exclamó después de la operación matemática mental.
—Veo que no lo sabía —concluyó el conductor—. Tome, creo que preferirá guardársela. —Le devolvió la moneda.
—Sinceramente, lo desconocía, muchas gracias de corazón por su honestidad. Tome, quédese el cambio.
Archer, profundamente agradecido por la información, le entregó otro billete de diez euros, así que al taxista le quedó una propina de ocho euros como premio, a pesar de ser una cantidad bastante alejada del valor en el mercado de colección de aquella moneda.
El taxista no se mostró demasiado eufórico en la despedida a la vista de la diferencia entre la propina y el valor de aquella moneda devuelta.
El periodista agarró su equipaje y se marchó con un definitivo «que tenga un buen día», mientras durante un buen rato no se iba a quitar de la cabeza el valor que supuestamente alcanzaba el hallazgo de las monedas.
Tal vez, la monja catacaldos lo llevaba consigo para algún trueque que el jaleo en Atocha armado por el periodista habría truncado.
Eso sí, Tan no se olvidó, tampoco, del otro objeto enajenado, de la Biblia de color negro y borde de las páginas dorado que guardaba en la bolsa de plástico. La sacó sosteniéndola sólo por los extremos y con gran cuidado, para no difuminar las posibles huellas dactilares que en ella se encontrasen.
En cuanto puso los pies sobre el pavimento un cañonazo de oxígeno abrió sus pulmones cuando se decidió a enfrentar la Puerta del Sol, un cosquilleo se apoderó de todo su pecho y estómago.
Estaba a punto de ver a la persona por quien tanto hubo luchado con insistencia y resistencia.
De pensar que la distancia se había interpuesto entre ellos durante meses y meses, y justo en ese punto iba a reencontrarse con ella, sus emociones se izaban hasta una altura inalcanzable a la vista.
Ataviado con todo lo que cargaba inició sus pasos hasta llegar a la apertura de la céntrica plaza.
Decenas de personas se cruzaban en su camino obstaculizando su campo de visión a lo lejos, donde se suponía que tenía que encontrarse con ella, a los pies de la prominente estatua ecuestre de Carlos III.
Aun así, mantuvo el paso firme hasta aquel punto.
Una vez llegó al lugar, miró a derecha e izquierda pero no vio a Sarah por ningún lado.
Sacó su móvil para llamarla y, después de marcar su número, le saltó de inmediato el buzón de voz.
Abrió el Whatsapp, le mandó un mensaje en el que le preguntaba «¿dónde estás?
», pero en la pantalla tan sólo señalaba un check en gris, lo que significaba que tenía el móvil inoperativo .
«¿Y si hubiera sufrido algún contratiempo?
» pensó Tan al instante. De nuevo algo extraño sucedía con Sarah, no había rastro de ella por ninguna parte entre la multitud de turistas que inundaban el lugar, y ahí quedaba él, como la imagen de un indigente desamparado y desahuciado en medio de una explanada con la única compañía de su maleta.
Su cara era un poema después de haber recorrido un trayecto de cientos de kilómetros para encontrarse únicamente con la soledad.
Después de unos minutos, Archer arrancó a dar unos pasos para buscar un sitio donde tomar algo y descargar la fatiga del viaje acumulada en sus pies, cualquier lugar donde esperar una llamada de vuelta y donde acabar de preparar las huellas que pudiera extraer del libro.
Pero, andados unos escasos metros, además de no haber visto a la mujer de sus sueños esperándolo, de repente sintió cómo alguien se le abalanzaba casi violentamente sobre su espalda, a traición, agarrándolo por el cuello y apretándolo con fuerza.
El periodista se sobresaltó, pero no pudo defenderse debido a tener las manos ocupadas.
Aunque, antes de lanzar un grito que alertase a los peatones, trató de voltear su cabeza para reconocer aquel sujeto que saltó sobre él…
Entre forcejeo y forcejeo consiguió ver su cara, por suerte no había sentido ningún navajazo en la espalda ni ningún disparo todavía, y ya sabía de quién se trataba, por lo que iba a actuar con cabeza porque ese alguien…
era ella, Sarah. Le había guardado una sorpresa y se lo estaba comiendo a besos por la espalda.
—¡Tonto! Pensabas que no estaba aquí, eh —dijo Sarah con una sonrisa que quitaba el sentido.
—¡Mi niña! Que ¡ya me iba! —confesó Tan.
Ambos, arrastrados por la euforia de aquel ansiado vis a vis, se fundieron en un pasional beso.
Las rodillas de Sarah y Tan no conseguían mantenerse erguidas, temblaban debido al sentimiento, al magnetismo que los acababa de reenganchar.
Todas las emociones que habían quedado dormidas en un prolongado letargo, de repente, emergieron como lava que erupciona desde un volcán, ardiendo y a presión.
A pesar de los obstáculos, valió la pena haber pasado todo aquel tiempo de celibato, respetándose mutuamente, aun con las penurias y tentaciones surgidas por el camino.
Obviamente, no estaba siendo un camino de flores la relación entre Sarah y Tan.
La desconexión que se interponía constantemente por la distancia debilitaba la intensidad de la llama de la pasión, sin mencionar las personas que pudieran cruzarse en momentos de debilidad, al fin y al cabo, la carne es débil y ellos no eran más que dos seres humanos con sus defectos y virtudes.
Pero lo importante radicaba en no pretender pasar factura a ningún tipo de situación que pudiera destrozar aquel beso, sino vivir el presente tan apasionado que habían acordado hacer realidad.
Atrás quedaban las imágenes subidas de tono intercambiadas por móvil, y frente a ellos se avizoraba una lujuriosa noche en Madrid, noche que debía esperar para disfrutar de un pequeño paseo por la zona, no sin antes dejar el equipaje en el hotel que ella hubo decidido.
—¿Y dónde se supone que puedo dejar todo lo que llevo, preciosa?
—¡Acompáñame! —exhortó Sarah sin borrar su sonrisa.