CAPÍTULO 46
A l margen de la fulgurante visión macroeconómica de Ignacio, Victoria estaba a algo relacionada con todo aquello, trataba de franquear el enmarañado sistema del que Sayers podría haberse presuntamente aprovechado para tejer su red de financiación.
—Mira, necesito un favor, Ignacio —dijo Victoria posando su mano sobre el brazo de su amigo informático.
—Lo… lo que necesites —respondió sumiso y excitado al sentir su suave mano tocándolo.
—Bueno, pues, necesito que se descubra si esta persona —le mostró los datos de Sayers— ha tenido movimientos con Bitcoins; cuándo y de dónde provendría todo ese dinero —rogó Victoria.
—Uf, no pides ca… casi nada —ironizó Ignacio.
—Pero puedes intentarlo, ¿cierto? —insistió mientras se le acercaba invadiendo su espacio personal .
—Va… vamos a probar —respondió el informático, nervioso, sin poder disimular un principio de erección que le había causado aquella aproximación.
Victoria hubo conseguido su primer objetivo gracias a sus armas de mujer, había sometido al instante a aquel «viejoven» descontrolado por un aluvión de feromonas que hubo estallado inesperadamente en aquel espacio cerrado, y ella lo percibió, situación que no le desagradó, sino más bien lo contrario, la hizo sentirse atractiva y atrayente, capaz de desatar en cualquier momento una reacción libertina e inmoral.
Por ello, para verter más presión sobre él, tras su aceptación, le dio un estrecho abrazo, agradecida, y así acabó de espolear el aguijón de Ignacio con un hormigueo que le subió desde el esfínter hasta la nuca.
Para disimular su excitación, Ignacio se sentó rápidamente en su puesto de trabajo, donde empezó a operar con su ordenador de sobremesa, a la vez que le explicaba a Victoria:
—Las personas, en general, desconocen que Bitcoin no guarda un anonimato absoluto.
—Pero ¿sabes cómo expugnar esa barrera? —preguntó ella.
—Hay un registro mundial con toda la contabilidad de esta moneda, con un registro de todas las operaciones desde su nacimiento y, si bien es cierto que no es nominado ni contiene el motivo de pago, aparecen ciertas huellas digitales como las direcciones de las propias bitcoins de origen y destino, fechas y cantidades.
Y todo ello sin necesidad de acceder, de momento, a la Deep web —internet profunda.
—Bueno, pues…, y ¿con una fecha y unas cantidades aproximadas podríamos acercarnos? —consultó Victoria mientras le señalaba los datos de la hoja en la que llevaba anotada la estimación que hizo Tan .
—A ver… Necesitaría conocer la cantidad de bitcoins adquiridos.
—Serían en torno a 80.000 bitcoins —informó Victoria.
Ignacio empezó a consultar las cantidades en el mes de octubre de 2013 cerca del día de la transferencia efectuada a la cuenta de Seychelles y confirmó:
—Justo el mismo día de esa transferencia que me apuntas coincide una operación de compra de 81.235 bitcoins. —Señaló la pantalla con su dedo y le dijo a Victoria—: ¿Ves ese «chorizo» alfanumérico?
Así rezaba el código:
« Aas67sa8A76ssa5aFg67qtq63b3gHs98q8w1b3hQas9a0»
—Sí —contestó ella achinando los ojos.
—Esa es la génesis de la operación, su información madre, el pseudónimo Bitcoin… Por difícil que parezca relacionar con alguien, detrás de ese código hay una persona —sentenció Ignacio.
—Y con eso ¿qué podemos hacer?
—Adentrarnos en las fauces de la Deep web , la internet profunda y oscura, a través del navegador TOR .
Ahí queda registrado casi todo, especialmente si la persona que efectuó esa operación lo hizo por medio de un «monedero ligero» —aplicación en la que guardar las monedas digitales— que, a priori, facilita las operaciones por su rapidez, pero…
también nos facilitaría otras cositas —explicó Ignacio.
—¿Qué «cositas»? —Puertos sonrió y posó sus manos sobre los hombros de él desde sus espaldas.
—Acceder a servidores web ocultos. Estas operaciones se hacen P2P , es decir, de dispositivo a dispositivo, quedando conectados ambos en el acto, por lo que es posible obtener las direcciones IP de los monederos virtuales donde se mandaron esas bitcoins y, por tanto, cazar también las direcciones e incluso teléfonos vinculados a los monederos, y…
—Tecleó durante unos minutos diferentes parámetros en el ordenador y exclamó—: ¡Tachán!
Aquí tenemos un número de teléfono asociado al monedero receptor de las 81. 235 bitcoins.
—¿Prefijo inglés? —preguntó ella.
—Código telefónico de Reino Unido: «+44» —matizó el informático.
—Anotó en un post-it el número de teléfono obtenido y continuó—: Ahora, a través de unos «nodos espía» que controlamos en TOR, lo que nos queda es acceder a la información del monedero donde se mandó la cantidad.
Voy a intentar sacar un archivo CSV que contendría los datos que buscamos y abrirlo con Excel aunque, de momento, con el teléfono ya podemos rastrear a su titular… ¡Bienvenidos al mundo del Big Data !
—Eso de los nodos espía no suena a ser demasiado legal —insinuó Victoria.
—Yo no sé nada, no he visto nada —bromeó Ignacio cual miembro de un cártel en un interrogatorio—. Y, ahora… vamos a ver quién es el titular del número de teléfono.
Ignacio marcó en un buscador de la internet oscura el número obtenido y… ¡zas! Aparecieron ciertos datos relacionados de gran importancia.
—Esto es una maravilla. A golpe de clic podemos hacer una radiografía a cualquiera.
Muchos piensan que eso de esconderte del Big Data sólo debe importarte si eres un delincuente, pero no, incluso en situaciones en las que uno no ha cometido ningún tipo de irregularidad deja comprometida mucha información que puede ser utilizada en contra del mismo que la ha generado —aseguró Ignacio .
—Lo mismo opino… — Victoria se acercó a la pantalla rozando mejilla con mejilla con el informático y le preguntó—: ¿Qué tenemos?
—Una empresa, su domicilio y… ¡sus titulares! —celebró él girando levemente su cara hacia la de ella, sus labios quedaron a una distancia inapreciable ante la disimulada y asombrada mirada de los demás compañeros.
—¿Titulares? ¿Hay más de uno? —preguntó ella ruborizada.
—Sí… Mira. No ha limpiado bien sus datos. Hay dos titulares; uno es justo «vuestro amigo» —ironizó—, George Christian Sayers.
—Y ¿el otro nombre?, ¿de quién se trata? —insistió Victoria.
Aquella fue una pregunta clave. ¿Qué pasaba con el segundo titular?, ¿quién iba a ser el socio de Sayers en aquella pretérita empresa?, ¿sería algún nombre inesperado?, ¿guardaría alguna relación con la investigación?