X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 45
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CAPÍTULO 45

V ictoria estaba reunida en una habitación de corte clandestino, sin ventanas, con un extractor y aire acondicionado funcionando a toda máquina.

En aquella estancia había un sinfín de ordenadores instalados sobre una mesa central llena de cables y monitores.

Ante éstos trabajaba una legión de informáticos dedicándose, entre otras labores, a algo oscuro: a controlar cualquier metadato que les encomendase cualquier cliente especial.

Aquellos trabajadores vestían siguiendo el arquetipo del tímido e insociable empollón de manual.

Eran jóvenes con camisas de cuadros recogidas por dentro de los pantalones vaqueros, con bolígrafos en sus respectivos bolsillos del pecho, gafas de pasta, pelo desarreglado y deportivas cross de todos los colores posibles; los que acaban controlando el mundo, en fin…

Un auténtico centro de inteligencia con aroma a bebida energética y snacks de todo tipo, y sin dejar pasar por alto algunas cartas de un juego de rol llamado Magic: The Gathering dejadas por encima de las mesas .

A pesar de ser más de una veintena en la sala, lo único que se escuchaba era el sonido de los potentes ventiladores que le daban un impulso extra de aire fresco a los explotados procesadores de los equipos que estaban usando, aunque, de vez en cuando, alguno murmuraba alguna broma con un lenguaje extraño con frases como «necesito “maná”» antes de echar un sorbo de estimulante; aquel juego de rol se había apoderado de su léxico.

Entre los informáticos que se apelotonaban en torno a la mesa de trabajo, uno parecía ser el cabecilla, o al menos el que estaba recibiendo a Victoria.

—Ignacio, ¿qué se supone que estáis haciendo aquí con tanta parafernalia? —preguntó Victoria al entrar por la puerta de aquel local clandestino, en cuya puerta no había ningún letrero que indicase nada de a lo que allí se dedicaban.

—Nada, nada, nos encargamos de prestar servicios y hacer minería, aunque no «de cielo abierto» —guaseó aquel joven con una carcajada infantil que imitaron sus compañeros, aunque sin atreverse a mirarla directamente a los ojos.

—¿«De cielo abierto»? —preguntó Victoria con cara de no entender su lenguaje ni sus chistes.

—Una de nuestras bromas, Minería de cielo abierto es una carta de Magic —rio de nuevo el informático sin mirarla a los ojos.

Ignacio no estaba escondiendo nada a Puertos, simplemente no era una persona con habilidades sociales muy comunes, al igual que sus compañeros, que vivían en su mundo de fantasía y algoritmos, pero ambos sostenían una muy buena relación y, quizás, aquella timidez que le imposibilitaba mantener una conversación ensamblando sus miradas podría deberse a la atracción que el propio Ignacio sentía por Victoria, la presencia de la cual le imponía sobremanera .

—Bueno, pues, ¿y esto lo tenéis siempre en marcha? —preguntó ella mientras se paseaban por la sala.

—Sí, sí, claro. Veinticuatro horas, tres seis cinco.

—Pues, no quiero imaginar la factura de la luz —bromeó ella.

—No, no te creas, nuestro sistema es como un Procesador pirexiano —mencionó de nuevo en su extraño lenguaje—, tenemos fuerza y resistencia porque, por el día, usamos energía solar y, por la noche, tarifa de «discriminación horaria» con varios contadores de luz, para que ninguna inspección sospeche de un exceso de actividad.

—No está mal pensado.

—No hacemos nada malo pero, como hay mucho prejuicio en torno a las criptomonedas… mejor curarnos en salud y dividir la factura de la luz a pagar por diferentes titulares. Más que nada para no emitir una única factura con un importe de volumen industrial.

A pesar de su «frikismo», no quitaba que aquellos procesadores humanos se las supieran todas para eludir cualquier presunción del Estado encaminada a exigir explicaciones sobre una actividad de un embrionario mundo paralelo que se abría paso, y se rebelaba, frente a todo lo analógico.

Era un grupo de personas con una visión de futuro basada en que un mundo físico dominado por la hegemonía del «petrodólar» acabaría derrumbándose, tarde o temprano, por la fuerza de las incipientes energías renovables, la supresión del plástico y derivados del petróleo, y rindiendo pleitesía a aquel millones de veces ultrajado mundo de las criptodivisas, las cuales llegarían a ostentar, según su criterio, el reinado de las compras, ventas y cualesquiera otros productos financieros que se prestasen de forma virtual, sin controles de estamentos centralizados, sino un flujo económico digital a través del oceánico e intangible espectro de internet.

Sabían que era cuestión de tiempo que llegara ese punto, y los principales interesados en prolongar el dominio de una economía obsoleta ya habían empezado a ampliar sus respectivos modelos de negocio.

Los jeques del oro negro, que siempre se habían mostrado despreocupados por el infinito límite de sus fortunas amasadas gracias al envío de trillones y trillones de barriles por todo el planeta, arrancaban a construir ciudades focalizadas a albergar turismo y eventos internacionales —cuando antes simplemente derramaban su fortuna por allí donde pasaban, sin más ambición que la de disfrutar de su diversión—, lo cual, según esos «gafapastas» venía a ser el reflejo de los primeros síntomas provocados por el miedo al inevitable hundimiento de un imperio levantado sobre unos cimientos de carburante.

—Pero ¿en realidad pensáis que esto de las criptomonedas no es un bluf? Es algo que no se puede tocar. ¿Cómo puede tener tanto valor? —preguntó Victoria.

—¿Acaso el Dólar tiene algún valor? Hace décadas que el Dólar abandonó el patrón oro, por lo que su valor pasó a basarse en el uso del mismo en el comercio nacional e internacional, y no en la riqueza que su país pudiera tener acumulada en lingotes de oro. Un dólar vale un dólar.

—Sí, pero aun así…

—Te lo voy a explicar de forma muy sencilla.

Cuando un turista extranjero, digamos que alemán, venía a España cuando existía la peseta, todo para él parecía muy barato, porque su moneda tenía un valor superior debido al volumen de una economía, la alemana, más pujante que la española por su comercio interior y exterior, ¿verdad? —avanzó Ignacio.

—Hasta ahí, sí.

—Bien, internet es un país o un mundo…, usa la metáfora que más prefieras, donde su comercio, que es global, se ha venido desarrollando con las monedas de Europa, Estados Unidos, China, etc.

y eso le ha dado valor a esas monedas. ¿Qué sucedería si esas monedas ven reducido su uso porque unas criptodivisas digitales les usurpasen cuota de mercado en el comercio mundial?

—Bueno, pues, que el valor de las monedas fiat —Euro, Dólar, Yuan, etc.— bajarían de valor —respondió Puertos.

—Así es. Y las monedas digitales…

—Subirían —completó Victoria.

—Radicalmente cierto. Lo cual impulsaría el valor de esas «despreciadas» criptomonedas al ser las imperantes en las distintas plataformas de comercio electrónico.

—Unió las yemas de sus dedos y prosiguió—: Al igual que Europa tiene un mercado único con una moneda común, las grandes plataformas de pago del comercio electrónico usarán sus propios tokens a modo de valor refugio ante un mundo analógico tocado de muerte.

—Ignacio seguía sin mirarla a los ojos más que de vez en cuando y de forma furtiva sobre el marco de la montura de sus gafas, cuando sentenció—: Ay, Victoria mía, la capitalización de mercado de estas monedas digitales está creciendo sin parar aumentando su valor, porque el mundo digital será controlado por los informáticos, y no van a perder la oportunidad de moldearlo a gusto de los programadores que lo desarrollan.

—A ver si los Mayas acertaron en su calendario al predecir la llegada del fin del mundo a partir de 2012, y se referían al nacimiento de un nuevo mundo digital en todas sus dimensiones —bromeó Victoria.

—Pues, bromas aparte, las fechas en que todo esto arranca coinciden en proximidad, ya que está llegando un punto en el que los que tengan su fortuna en monedas digitales comprarán monedas fiat para hacer luego con los dólares o euros como los alemanes con las pesetas cuando venían a España a hacer turismo en los años 90, a precio de ganga, porque habrá un circulante de monedas digitales en uso tan amplio, comprando y vendiendo bienes y servicios, que no cabrá pánico que lo hunda como de lo contrario sucede en otros mercados.

Lo único que lo podría parar sería una frenada del consumo mundial, que arrastraría también al resto de monedas no digitales.

—Tomó aire y completó—: Los viejos dinosaurios, dueños de las fortunas mundiales se resisten al cambio porque vienen de otro mundo o modelo, pero sus hijos, que han nacido con un Smartphone conectado a Internet bajo el brazo, cuando hereden sus fortunas van a invertir a pasos forzados en aquello que conocen, que es Internet.

La exposición de aquel informático ponía los pelos como escarpias, hablaba de un plan mundial en marcha mucho más ambicioso de lo que nadie podría haber sospechado.

Paso a paso se iban cumpliendo, casi en silencio, los hitos que en esa dirección se iban alcanzando.

Un mundo digital rico frente a un mundo analógico empobrecido, del mismo modo que una zona Euro, en su momento pudiente, frente a cualquier país del tercer mundo.