X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 44
53%

CAPÍTULO 44

A rcher se mantuvo callado, aunque expectante a través de la luna trasera, viendo aquella escena alejarse en su retaguardia.

No pudo esconder cierto grado de satisfacción, y en su cara se dibujó una discreta mueca de sonrisa al tiempo que contemplaba el libro del cual necesitaba sustraer las huellas de la encorvada «sierva de Dios».

Una hazaña que se había asentado en el inconsciente de Tan como una victoria que elevaba, más aún, su estado de ánimo, un estado de ánimo que iría en aumento conforme aterrizaban en su imaginación imágenes del anhelado encuentro que iba a tener ese día con Sarah.

El taxi enfiló la estirada y variopinta calle de Atocha, en la que la estética de sus edificios no guardaba sintonía alguna.

Entre el constante tráfico, ora se cruzaba un edificio de noble e historiada fachada, ora otro de aspecto más simple y reciente.

Un lugar, al fin y al cabo, que conjugaba la forma de ser tan abiertamente variada de las gentes de una gran ciudad como la capital de España, y que para nada se seguía un patrón más que la uniformidad del trayecto hacia el corazón de la ciudad que todos ellos adosados, aun de distinto aspecto, señalaban a coro.

Aquella arquitectura era, sin duda, una representación del orden oculto en el caos.

Según se informaba en la radio, aquel era el único robo conocido en la historia del museo hasta el momento.

El ladrón, Coba, fue un empleado que, aprovechando su libertad de movimiento en el lugar, consiguió acceder hasta la colección pese a estar asegurada en el interior de una vitrina con cerradura a prueba de copias, la cual habría superado haciendo uso de una llave de aluminio.

Curiosamente, y para dar la bienvenida a Tan a la ciudad, el documentado locutor recordó desde el otro lado del transistor que «de aquel misterioso robo se pudieron recuperar todas las piezas menos once de ellas». «Y dale con el once», pensó Tan.

Qué casualidad que, nada más llegado a Madrid, el primer misterio del que se hablase llevase aparejado consigo aquel número que perseguía a Archer desde hacía años, un número que no le dejaba descansar ni bajar la guardia, ya que cada vez que se tropezaba con él, naturalmente, su reacción más primitiva lo ponía a la defensiva.

Quizás el universo le estaba avisando de algo a base de mandarle señales .

«El edificio Villanueva está vigiladísimo en cada uno de sus 22.043 metros cuadrados. ¡¿Cómo es posible que se hayan colado impunemente en la sala 56 A y se hayan llevado la colección del Bosco?!» retoricó indignada aquella voz de la radio.

Fueron unas pocas palabras, pero que calaron en la atenta mente de Tan; tras aquellos datos, el periodista iba a volver a hacer nuevas cábalas que perturbarían su estado de ánimo, pero no en aquel momento, ya que, justo en aquel punto, Archer volvió a levantar su mirada al paso por una parroquia de color rojo intenso —la de la Santa Cruz—,  enfrente mismo del túnel en el que se adentraban, y rodeada por una arquitectura más conservada que la que le había recibido el inicio de aquella misma vía.

A ojos de Tan, el contraste artístico arquitectónico entre una ciudad y otra era muy llamativo, entre Valencia y Madrid, donde en esta última, a diferencia de la primera, percibía un mayor uso de tonalidades bermejas en los edificios aladrillados, «tal vez» pensó, «de ahí el apego al castizo y castellano color carmesí de su estrellada bandera regional».

El periodista sintió un profundo agobio al ver hundirse su taxi en aquel pretérito túnel que lo acercaría hasta el punto de encuentro acordado con Sarah.

Percibió una sensación claustrofóbica por la estrechez y poca ventilación de aquel agujero.

Y, para su mala suerte, el tráfico se colapsó justo en aquel lugar, cuando apenas habían cruzado la mitad de aquel subterráneo; quedaron bloqueados bajo aquel sofocante espacio entre luces que manchaban de un amarillo tenebroso las paredes mugrientas, «decoradas» con metros y metros de cableado eléctrico.

Atrás había quedado la encandiladora ciudad de la superficie para dar paso a otro aspecto importante y enigmático de la capital que no cabía olvidar, una villa asentada sobre una infinidad de kilómetros de túneles, canalizaciones y pasadizos secretos subterráneos que albergaban historias con la antaña realeza como protagonistas, que durante siglos los usaban para ir directamente desde palacio a unos y otros edificios a fin de no mezclarse con el populacho en la superficie.

Para sobrellevar aquella agobiante situación, Tan se echó mano al bolsillo del pantalón, en el que se hallaba escondido el bolsillo gris que hubo recogido del suelo de la estación.

Su peso era considerable para ser del tamaño de la palma de su mano y, al tacto, era sorprendentemente compacto.

Tenía una pequeña cremallera metálica que se atascaba en la parte inicial de su recorrido, por la pequeña curva que hacía en su inicio la costura.

Pero, a pesar de tener que hacer un pequeño forcejeo, pudo abrir aquello sin demasiada complicación.

En su interior había dos blísteres —tubos de plástico para monedas— y una moneda de dos euros suelta.

Aquellos blísteres contenían veinticinco monedas de dos euros cada uno y, según pudo comprobar Tan al manosearlos, eran iguales a la reluciente moneda que quedaba suelta dentro del bolsillo, simplemente, una moneda de dos euros del Vaticano, sin más.

Visto aquel hallazgo, Tan se dio cuenta de que acababa de tener un golpe de suerte, ya que, «muy a su pesar», no había ninguna identidad en el interior del bolsillo a la que pudiera hacerle llegar el dinero extraviado, el cual ascendía a una nada despreciable cifra de ciento dos euros —en monedas de dos euros—.

Aunque siendo del Vaticano… todo apuntaba a que podrían pertenecer con toda presunción a la seguro que más que iracunda religiosa.

Y, entre una leve mueca de satisfacción que sepultó la angustiosa sensación del agobiante pasaje a través de aquellas tragaderas urbanas, dio el tiempo suficiente para recibir una interesante llamada telefónica. Victoria se acababa de poner en contacto con Tan con nuevas noticias:

—Hay algo que te gustará saber.

—Sorpréndeme —sugirió Tan.

—Bueno, pues, he estado hablando con colegas y necesito que me mandes ya toda la «info» para empezar a rascar —exhortó Victoria.

—¿Así de fácil? —guaseó Tan—. Te lo mando ya.

Tras colgar echó mano de toda la información que había recabado y sobre lo que hubo calculado con Victoria la noche antes del viaje: fechas, cantidades y datos como nombre y apellido.