CAPÍTULO 43
A rcher, sorprendido por la súbita exhibición de potencia de la monja, aunque atento a la situación, vio cumplida la oportunidad que había estado buscando.
Con la bolsa de plástico que hubo tomado de la mesa del vagón, a modo de manopla, recogió del pavimento gris, raudo y con decisión, el libro que hubo quedado huérfano en el suelo y, sin mirar a los lados, prosiguió su trayectoria hacia delante para evitar ser foco de sospechas.
El taxi en el que la monja y su acompañante se habían subido acababa de arrancar y, al alejarse, la religiosa asomó su rostro por la ventanilla con una mirada ensangrentada, perturbada por la tan intensa alteración que acababa de sacudir la paz del momento.
Archer no se dio cuenta de aquella mirada furibunda que emanaba del único ojo que le quedaba libre a la religiosa, ya que él se movía en una dirección distinta a la que el coche hubo tomado, aunque la monja había fijado su ojo sobre Tan. ¿Lo habría reconocido ?
Sin perder un instante, el periodista abrió la puerta de otro de los taxis que esperaba en la parada, pero, antes de subirse a él, una voz le gritó con urgencia por la espalda:
—¡Caballero!
—¿Sí? —respondió Tan con timidez, paralizado, a medio paso de enhebrarse por la puerta del vehículo.
¿Habrían cazado a Tan con las manos en la masa? ¿Acaso esa voz a las espaldas estaba a punto de impedir su huida?
—¡Creo que no se ha dado cuenta de algo! —le remarcó aquella voz seria en su retaguardia.
—¿A… a qué se refiere? —preguntó Tan mientras se giraba hacia el desconocido.
—¡Mire detrás de usted!
A Tan se le hubo cortado el aliento y, cuando vio a aquel individuo, no pudo reconocerlo, no sabía de quién se trataba. Era un hombre de mediana edad, con boina marrón y chaqueta afelpada.
—¿Le… le conozco? —preguntó un Tan titubeante.
—Supongo que no. Pero vaya con cuidado…
Después de aquella advertencia, el periodista sintió un escalofrío que lo recorrió desde los pies a la nuca… sin saber todavía a qué se refería.
—Eso creo que es suyo —dijo el hombre «boinado» señalando hacia el suelo, cerca de donde Tan había recogido el libro.
—Ah, gracias —respondió Tan aliviado y exhaló al ver un pequeño bolsillo, prácticamente del mismo color gris que el pavimento, echado en el suelo.
Sin pararse a dirimir si era suyo o no, Tan prefirió disimular como si aquel objeto fuese de su propiedad y lo hubiera perdido entre la agitación provocada por la explosión del petardo, ya que, al haber aparecido cerca de donde había recogido el libro de la monja, probablemente sería propiedad de ésta, así que, sin mediar palabra, se agachó, se lo llevó al bolsillo con naturalidad y se despidió de aquel desconocido con un gesto de agradecimiento.
«¿Qué contendría el interior de aquel bolsillo?
Parecía un simple monedero», se planteaba en silencio.
Se montó en el taxi en el que había quedado a medio paso antes de aquella inesperada interrupción, y el cual arrancó su marcha con las palabras «buenos días, a Sol, por favor» que Tan le espetó apresuradamente al conductor, un joven chispero y desaliñado que, por su aspecto, llevaría no mucho tiempo despierto aquella mañana.
Durante el trayecto en el tren, Tan había estado intercambiando algunos mensajes con Sarah, entre ellos el de encontrarse en el emblemático punto del «Km. 0», la baldosa de granito y latón desde donde nacen los lazos que conectan, de forma radial, el centro del país con cada uno de sus extremos.
El vehículo que transportaba a Tan, se había alejado unos metros del punto de recogida y, ya más calmado, éste percibió que hubo arrastrado consigo la fragancia de aquel lugar; todavía se sentía el inconfundible —e impertinente para la monja— aroma a pólvora que se hubo desplegado tras el estallido y, entre aquel agradable sahumerio, se dejaba entrever, con ligera timidez, una fragancia de tono dulce que Tan no sabía por qué, pero le ponía algo nervioso.
Era un olor que le era familiar… Un olor peligroso, tal vez.
A la salida de la enladrillada estación de Atocha, el vehículo en el que iba Tan encaró la rampa de acceso hacia la vía pública y, desde allí, se percató de que el taxi en el que la santiguada monja y su acompañante viajaban había maniobrado para recular al punto de partida.
El movimiento fue bastante brusco, se habrían dado cuenta de la pérdida del libro porque, repentinamente, se vio cómo la acompañante bajó del coche con rapidez y se puso a escanear todo el pavimento de forma nada apaciguada, donde habían sido recogidas de inicio.
No cabía la menor duda de que así era, la pérdida del libro había cobrado en ese momento un gran protagonismo. Tal vez tendría algún mensaje de gran importancia en su interior…