X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

A rcher pudo llegar a analizar la tela de la chaqueta de un hombre que vestía dispuesto para cerrar alguna operación, con corbata y traje preparados para trayectos de larga distancia, era de color oscuro, casi negro, y confeccionado con uno de esos materiales que ni se arruga ni se mancha, algo que le inspiró a Tan a pensar en comprarse una americana de tanta utilidad como aquella, podría salvarle de algún apuro después de una noche alocada.

Pero aquel momento fashion victim no hizo más que desviar el foco que no debía perder por nada del mundo, debía prestar la mayor de las atenciones a los movimientos de la religiosa menuda que avanzaba entre la cola de viajeros a mayor velocidad, y que el hombre trajeado le había obstaculizado la visión sobre ella, a la que apenas podía otear desde un plano escorzado.

La gente la dejaba pasar adelante por su avanzada edad, y al cruzar la puerta del vagón, la religiosa se santiguó nada más pisar suelo firme, Tan estaba viendo perder la oportunidad de hacerse con ella, le llevaba bastante ventaja.

Sobre una de las mesas cercanas a la puerta de salida a la que se dirigía, había una bolsa de plástico que debía haber contenido algo de pan o rosquilletas en su interior, y en la cual todavía posaban unos pocos restos de migas que ni el más famélico de los gorriones se molestaría en picotear.

Antes de que la azafata del vagón recogiera aquel desecho, a Tan se le ocurrió que sería buena idea no dejar que la tirase a la basura, así que alargó el brazo, la tomó con su mano derecha y se la metió en el bolsillo, no sin antes vaciarla sobre la mesa con una leve sacudida.

¿Cuál iba a ser la intención de Tan al recoger restos de «basura»?

Todavía no había pisado el andén y ya había perdido de vista a la señora que hubo estado vigilando, pero a lo lejos, después de andar unos metros más, la vio cómo se subía a una de aquellas cintas transportadoras interminables que conducían hacia la salida.

Trató con disimulo de no quitarle el ojo de encima, pero no podía dejarla a una distancia excesivamente larga, porque seguro que alguien la estaría esperando en la misma puerta de la estación.

La ansiedad empezaba a apoderarse de Tan a ritmos acelerados conforme adelantaba cada una de las infinitas columnas, que despegaban desde el suelo hasta la nervada y alejada cubierta de la estación.

Se acercaban al hall de salida, la mujer proseguía su camino acompañada de una chica presumiblemente más joven por su figura, pero irreconocible, llevaba un sombrero marrón, de tales proporciones, que no dejaba espacio a reconocimiento facial .

La distancia que los separaba era de unos diez metros, Tan no podía hacer otra cosa más que incordiar a las personas que se interponían entre ellos.

Más de un viandante le dedicó un mal gesto después de sufrir algún empujón con el hombro, por las prisas que éste tenía para acortar distancias antes de dispersarse cada uno por sus respectivos caminos.

Llegaron a las puertas de salida después de unos ocho minutos de cintas trasportadoras, y la distancia se hubo recortado a la mitad.

Archer trataba de no levantar demasiado la cabeza para esconder su rostro y no mostrarlo en algún descuido.

Se fijó que todavía tenía aquella anciana el libro agarrado con recelo, apretado sobre su pecho.

Era el libro tras el que Tan iba. Algo le decía que podría encontrar alguna respuesta en él.

En una de aquellas, Archer se echó mano al bolsillo de la chaqueta para comprobar que llevaba consigo su cartera, y se dio cuenta de que dentro del compartimento de la americana llevaba un bulto extraño, algo que no le parecía usual.

Lo sacó para comprobar de qué se trataba y, mientras atravesaba la puerta de salida, se percató de que lo que llevaba en su mano era la caja de cerillas con el cohete en su interior que había recogido del suelo tras la huida de aquellos chicos en Valencia.

Aquello le dio una idea un tanto macabra, una idea que no iba a ejecutar lógicamente dentro de la estación por el pánico que se podría generar debido al fatídico recuerdo de los atentados de Atocha, y sin pasar por alto la cantidad de cámaras que supervisaban el interior de aquel lugar.

Mientras contemplaba la cajetilla, las manos le temblaban como si la temperatura bajase de los veinte grados bajo cero, aunque en realidad era más bien un día agradable.

Lo que lo atenazaba no era más que pensar qué consecuencias podría traer el hecho de urdir una acción de distracción de macabras magnitudes, pero, si quería hacerse con el libro de la monja, no le quedaba otra que envalentonarse.

Ya en la calle, en un día gris que amenazaba lluvia, la monja catacaldos y la joven que la acompañaba se dirigían hacia la cola de los taxis, y era entonces cuando no había más tiempo que perder, Tan miró a sus lados para comprobar que nadie lo estaba vigilando, y sigilosamente sacó aquel petardo que estaba dentro de la cajetilla.

Su tamaño imponía. No había vuelta atrás.

Lo encendió y, antes de que ellas dos escogiesen el taxi que se las llevaría lejos de las inmediaciones de la estación, lo lanzó sin contemplaciones cerca de donde estaban ellas.

Para evitar causar pánico, antes de que éste reventase, Tan gritó con la cabeza agachada y tapándose la boca «¡Va a explotar un petardo en el suelo!

», e inmediatamente tras su grito, las pocas personas que se acercaban a la fila de taxis se dieron cuenta de aquel cohete, que rabiaba fuego por su mecha, estalló con un estruendo ensordecedor.

Algunas de las personas que deambulaban por la zona se habían tapado los oídos con los dedos, y los que no tuvieron tiempo se sobresaltaron despavoridos por la explosión de aquel ítem fallero.

Mientras todos habían desviado su atención hacia el epicentro del estallido, Tan aprovechó y ejerció un movimiento diestro, se acercó hacia la monja que, del espanto que le había provocado aquel sonido, agitada, no se había dado cuenta de que, justo antes de poner pie dentro del taxi, le hubo caído al suelo el libro que hasta aquel momento venía custodiando con tanto recelo.

Del arrebato, se metió dentro del taxi con la celeridad de un conejo hacia su madriguera huyendo de su depredador, y con ella…

la chica que la había acompañado hasta ese punto, si n reparar a lo que hubo caído en el suelo.

La monja estiró su cuerpo y su brazo desde el interior del vehículo y cerró la puerta de un zarpazo, un movimiento de bíceps tan potente que contrastaba con su aspecto mortecino.

El sonido del portazo retumbó hasta el otro extremo de la parada, y la religiosa se volvió a santiguar.