X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

E l viaje de Tan estaba siendo excitante; los números, la monja…

Aún quedaba un buen rato para llegar al destino final, pero el escollo de la prueba que relacionase la transferencia de Sayers con el abultado quantum de la empresa compradora requería de algo cercano a lo imposible: desvelar el anonimato de transferencias de bitcoins y sus propietarios.

Si por algo destacaba aquella criptomoneda era por ser el refugio de fortunas poco transparentes y de pagos provenientes de mafias dedicadas a las armas, drogas y prostitución, origen del dinero «negro» en el mundo.

Pero ¿cómo iba a conseguir poner al descubierto la trazabilidad de aquella fortuna tan opaca?

El sistema blockchain —cadena de bloques donde operan los Bitcoin— si por algo se caracterizaba era por la descentralización de información, por el reparto de ésta en nodos dispersos por la cadena de bloques virtuales asegurada criptográficamente con códigos innominados, por lo que su persecución sería poco esperanzadora.

Simplemente, un galimatías informático .

Pero, por muchas cábalas que pudiera hacer al respecto, el avance del ferrocarril no daba oportunidad a tregua alguna. La conversación entre Joe y Tan se había quedado en aquel punto, pendiente de cualquier otro avance, aunque nada apuntaba a poder atravesar aquella barrera de privacidad.

Tan seguía, asimismo, atento a los movimientos de la religiosa ubicada unos asientos más adelante, y en una de aquellas en que una azafata se acercó a la mujer, pudo escuchar de su boca, con un tono trémulo: «¿cuánto queda para llegar a Madrid?

». Aquella pregunta le proporcionó un balón de oxígeno de incalculable valor a Tan, le vino como anillo al dedo que pudieran bajar en la misma estación, lo cual facilitaba un seguimiento clandestino, pero sin confiarse, ya que, lo más probable, alguien estaría esperando a una persona de su edad para recogerla nada más abandonar aquel tren.

El balanceo de sus piernas empezaba a relajarse por momentos, aunque sabía que el ritmo cardíaco y la agitación se elevarían en el momento de la ejecución de lo que estaba pasando por su mente, y los minutos no paraban de avanzar mostrando, a través de las ventanas de aquel vagón, un paisaje disipado a ambos lados por la velocidad endiablada con la que se desplazaba sobre la rectitud de las férreas vías que marcaban un destino inexorable… Madrid.

El oso y el madroño se encontraban cada vez más cerca, pero antes de su bienvenida, Tan decidió hacer uso de la aplicación que se habían instalado sus compañeros de batalla —Gallardo, Xavier y Puertos— y, efectivamente, era para llamar a uno de ellos o, mejor dicho, a una.

Se puso en contacto con Victoria porque al estar tan informada e inmersa en materia de misterios y tecnología, había sentido la necesidad imperiosa de saber si le podía ilustrar acerca de las criptomonedas, sobre todo, en un momento en el que se hubo desviado hacia un callejón sin salida.

—¿Y no habría manera de saber si alguien es el propietario de bitcoins? o ¿saber si determinados bitcoins son propiedad de alguien en concreto? —preguntó Tan a Puertos.

—Bueno, pues, en mi canal traté de ello en un programa hace ya algún tiempo —respondió Puertos.

—¿Entonces?

—No es tarea sencilla, si no, no sería, digamos que, un caladero de inversores opacos.

Aquella respuesta decepcionó profundamente a Tan, pero siempre trataba de mantener la esperanza de encontrar una solución, incluso de la forma más remota.

—Pero algo debe poderse hacer en algún caso —insistió Tan.

—Ya sabes que si de algo sé es de enigmas y del mundo digital, y el Bitcoin es una criptomoneda tras la que hay mucho misterio escondido, de hecho, no se conoce ni la identidad real de su creador, cuyo pseudónimo, Satoshi Nakamoto se usó para el anuncio de la creación de la criptomoneda en metzdowd.com, y de quien se estima que su milmillonaria fortuna se habría perdido por la cadena de bloques.

—Ya —expresó Tan cabizbajo.

—Pero bueno, dicho lo cual, no significa que sea imposible…

Esa frase abría un resquicio capaz de dejar fluir la luz necesaria sobre la investigación en curso.

—Cuéntame —insistió Tan.

—A grandes trazos, al contrario de lo que la gran mayoría piensa, Bitcoin no es un sistema anónimamente hermético —afirmó Puertos de forma contundente.

—¡¿No?! —exclamó Tan sorprendido .

—Bueno, pues, hay maneras de poder romper ese anonimato, maneras muy complicadas, pero cabe la posibilidad. Lo único que necesito es conocer algunos datos para poder atinar en la investigación.

—¿Qué tipo de datos?

—Pues… Teniendo en cuenta que las direcciones de los bitcoins no son nominadas, al menos necesitaría saber de qué cantidades y en qué momento se produjeron los movimientos. ¿Sería posible disponer de esos datos?

—Si te sirven datos aproximados sí que te los podría pasar.

—Cuanto más ciertos sean mejor, pero… si son aproximados, pásamelos de todos modos, y a ver qué se puede hacer, pero hazte a la idea de que va a ser muy difícil, si no, imposible.

La aportación de Victoria podría ser trascendental a la hora de descubrir quién se encontraba detrás de la maniobra de control de Starweb 3000, y qué intereses se movían tras su adquisición.

Aunque era una posibilidad remota, parecía que la maquinaria se volvía a poner en marcha, aunque había que engrasarla con los datos que seguidamente Tan le mandó a través de aquella aplicación segura.

Las turbulencias no eran menos pese a las esperanzas que acababan de aterrizar, ya que, sin prácticamente darse cuenta, el tren en el que viajaba se adentraba en la estación de Atocha… «Fin de trayecto» anunciaba un luminoso.

El murmullo empezaba a aumentar sobremanera, se podía oír cómo los viajeros se desperezaban y se levantaban de sus asientos en busca de sus abultados equipajes.

Una legión de maletas estaba a punto de enfilarse hacia las puertas de salida del vagón, y entre tantas personas, muchas de ellas previsiblemente de viaje de negocios.