CAPÍTULO 40
J oe y Michelle pospusieron su conversación unos minutos ante la imperiosa necesidad de saber qué estaba ocurriendo con el periódico digital, se puso de inmediato a llamar por teléfono al máster web, quien le informó que no sabía qué podía estar sucediendo, al parecer estaban sufriendo un ataque informático derivado de miles de IP’s de distintas partes del mundo que habrían saturado la capacidad del ancho de banda de su medio, el cual no debería sufrir ningún problema de tal envergadura, ya que la capacidad de asunción de visitantes simultáneos de su sitio web se traducía en cientos de miles y, obviamente, en un mismo minuto no era posible tener tantos visitantes de forma natural.
Había sido, sin lugar a duda, una incursión de un pico de cientos de miles de bots para dejar bloqueado el periódico, lo que vendría siendo un ataque cibernético para saturarles la página del periódico, probablemente hasta correr la noticia .
Algo había sucedido tan misteriosamente en aquellas últimas horas para que se desencadenasen esos dos hechos, y Joe no era para nada un ingenuo, así que se puso a echar de contactos, entre ellos su hermano —el que trabajaba en el banco—, para recibir información sobre las transferencias de Asag I.B.C.
, ya que tiempo atrás ya le hubo ayudado de forma anónima con las cuentas de Sayers cuando destaparon la trama de los Hijos de las Sombras.
Le pidió de nuevo que investigase al respecto, y después de unas horas, se vio con él para recoger la documentación que le había preparado.
Entre la documentación se encontraba un dato irrefutable, algo que venía a confirmar la información que Puertos le mencionó a Tan: la compraventa de la empresa condenada hubo sido satisfecha con cantidades de libras que previamente habrían sido bitcoins.
Pero la cuestión de fondo que rondaba en la cabeza de Joe iba un paso más allá.
En sí, la tenencia de criptomonedas no tenía por qué suponer ningún problema ético ni legal, sobre todo, cuando la conversión se había efectuado por medio de plataformas de reputada confiabilidad.
La cantidad procedente de la conversión de bitcoins a libras se había transferido de una cuenta con el prefijo SC a una cuenta de Asag I.B.C.
de reciente apertura, en un banco donde el hermano de Joe tenía acceso por sí mismo o por terceros contactos del gremio.
Por tanto, aquellas cantidades no tenían su origen inmediato en aquella cuenta británica, el grueso de la financiación provino de una gran transferencia internacional, curiosamente, con un IBAN que empezaba por SC hacia la cuenta británica.
Eso es lo que Joe había podido alcanzar a leer entre el infierno de números y letras que se agolpaban en los folios que tenía en su poder .
Poco tardó en acceder a internet para consultar el significado de aquel prefijo, lo cual le empujó a llamar de inmediato a Tan.
—Tengo novedades — anunció Joe.
—Cuéntame —respondió Tan, todavía en el tren, sin quitar el ojo a la monja catacaldos.
—La cuenta de la sociedad, la compradora, recibió una transferencia por el montante total antes del pago definitivo de la compra, proveniente de una cuenta con IBAN SC.
—¿SC? ¿De dónde se supone que es? —susurró Tan para evitar ser escuchado y reconocido.
—Pues nada más que del lugar de retiro espiritual de Sayers.
—¿De Seychelles?
—Así es, amigo —desveló Joe.
Una vez más, todos los indicios venían a apuntar sobre la cabeza del maléfico inversor. Pero si había algo que necesitaba ser descifrado era el origen de los bitcoins de la I.B.C.
Aquella inversión en criptomonedas tenía que haberse pagado de una forma u otra antes o después, y era importante conocer quién puso el dinero para tratar de esconder el origen de la operación.
Al fin y al cabo, la cuenta SC no era nominada, como era de esperar, pero era más que obvio que se le había quitado la máscara a la numeración de aquel IBAN con la compra de los activos de la compañía condenada.
Lo más probable sería que el propio fondo de inversiones se hubiera mandado a sí mismo desde el paraíso fiscal la cantidad a Reino Unido antes de la compra para no desvelar la cuenta origen de donde se producirían los movimientos a ocultar.
«¿Y cómo se podría llegar a rastrear tal información?» se preguntaba Tan .
Bien, había otro hecho que podría ayudar, y se localizaba en la numeración obtenida.
Parte del prefijo alfanumérico determinaba, además, el código de la entidad bancaria de Seychelles, lo cual iba a facilitar hacia dónde centrar los esfuerzos de la investigación y, de tal modo, supieron al instante el nombre del banco del archipiélago.
Por suerte, Joe disponía, guardada en un cajón, toda la documentación bancaria de Sayers que hubo obtenido de su hermano años atrás —cuando consiguieron revelar la sociedad pantalla de Cayman— y, entre todo aquel fajo de movimientos, debía indagar si se podía vislumbrar algún resquicio de esperanza que desvelase la participación o conexión de éste con Asag I.B.C.
No era fácil conseguirlo, ni mucho menos, aunque el olfato periodístico de Joe no le hizo dudar a la hora de ir directamente a buscar coincidencias, y entre los movimientos más antiguos había una transferencia saliente de 9.
315.000 libras en octubre de 2013 a un IBAN con prefijo SC, exactamente el mismo que el de la sociedad compradora Asag I.B.C.
Aquel descubrimiento elevaba la adrenalina y las expectativas de Joe, que sentía cómo los datos empezaban a crear lazos, cómo se despejaban las incógnitas, pero algo fallaba, algo no cuadraba, porque aquella transferencia era la única que se podía localizar en toda la documentación hacia la cuenta SC, y no era precisamente de una cantidad tan elevada como la derivada de la compra.
—No sé, es muy extraño, ¿cómo podría haber aparecido de la noche a la mañana una fortuna tan inmensa en caso de ser de Sayers?, cuando resulta que la única transferencia que he podido localizar es de algo más de nueve millones de libras en toda la serie histórica —caviló Joe .
—La verdad que no cuadran los números… —respondió Tan.
Después de unos segundos al teléfono, ambos en silencio, bloqueados por la falta de congruencia entre las cifras, Tan empezó a refrescar cantidades e ideas.
—¿Tienes el ordenador delante? —preguntó Tan.
—Sí —respondió Joe—. ¿Por?
—Has dicho que la transferencia fue de 9.315.000 libras en 2013.
—Sí. Así es.
—Por curiosidad… ¿A cuánto estaba la libra en dólares en aquel momento? —consultó Tan.
—Déjame buscar un segundo. —Joe se puso a teclear en el ordenador y resolvió—: pues un dólar era 0’621 libras.
Archer tecleó en la calculadora de su móvil y resolvió:
—Lo que significa que con una libra se podían comprar 1’61 dólares. No está mal.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Joe intrigado.
—Si multiplicamos los 9.315.000 libras por 1’61, obtenemos quince millones de dólares, ¿no? —Tan aireó un leve gruñido y preguntó—: ¿A cuánto estaba el Bitcoin en aquel momento?
—¿El Bitcoin? —dijo sorprendido—. Un segundo… Pues la media entre máximo y mínimo estaba en 187’65 dólares.
—Vale, y si dividimos quince millones entre 187’65, obtenemos…
setenta y nueve mil novecientos treinta y seis, que sería la cantidad de bitcoins que se podían obtener en aquel momento con aquella transferencia.
—Tan se puso a hacer cálculos de nuevo— Pues bien, si multiplicamos esa cantidad de posibles bitcoins por el precio medio actual que está en torno a medio millón de dólares, resultaría una cifra de …
—Prácticamente cuarenta mil millones de dólares —avanzó Joe.
—Que coincide con el precio por el que se ha adquirido Starweb 3000, y que podría haber sido superior si se hubiese comprado por el valor del mínimo histórico del bitcoin aquel mes, que eran...
—141,9 dólares.
Mediante unos breves cálculos habían obtenido un modo retorcido de cómo podría haber aparecido aquella fortuna, de cómo, por tanto, Sayers habría amasado parte de su riqueza, y de cómo podría haber ocultado un beneficio monstruoso sin demasiada complicación.
Negocio redondo, sembrar y dejar crecer unos cuantos años después.
Aunque todos aquellos números eran sorprendentes, no se disponía de una prueba fehaciente que apuntase a que aquellas nueve millones trescientas quince mil libras se hubieran usado para la compra de criptomonedas. Les quedaba plantearse cómo comprobarlo para descartar cualquier otro origen.