X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

P or otra parte, en Londres, aquel día había empezado de forma poco usual y, en la redacción del FDP, Joe permanecía arrinconado en su despacho de Shoreditch —el barrio del endemoniado Jack el destripador—, sostenía un lápiz con el puño derecho, y con la mano izquierda no paraba de frotarse la cara con nerviosismo, sentado en una silla de oficina que no paraba de mover de un lado a otro en su reducido espacio.

Era una hora temprana, aunque los compañeros empezaban a aparecer por el FDP y, entre ellos, David, uno de los primeros en echarse adelante en la gesta contra Sayers y quien se acercó a Joe en ese momento por su manifiesto estado de preocupación.

—Eh, Joe. No haces muy buena cara —dijo David.

—No sé, estoy preocupado. Algo no marcha bien.

—¿Si sólo fuera algo? —ironizó.

—Sí, pero esta vez tengo muy mala espina —insistió Joe.

—¿De qué se trata ?

—He estado llamando a Taylor. ¿Te acuerdas de él?

—Sí, claro. Como para no acordarme. ¿Y qué habéis hablado? —preguntó David.

—Ese es el problema. Que no hemos hablado. Algo ha cambiado. A Tan le ha respondido a las llamadas, pero lo ha hecho con malas formas y, por si fuera poco, Sayers ha sido liberado sin que nadie se enterase. Pasó desapercibido algo que era un verdadero «notición».

—¡¿Ha salido de la cárcel?!

—Sí, aunque se marchó de Londres. Se retiró a Seychelles.

—¿Y no lo hemos publicado?  —preguntó David.

—Claro que no, nos acabamos de enterar justo ayer cuando la edición ya estaba cerrada y enviada a imprimir.

—Pues deberíamos sacarlo en el digital ya —propuso David.

—Sí. Estaba pensando lo mismo.

—Si necesitas que lo redacte…

—No es necesario, gracias. De este artículo me voy a encargar personalmente para que no quede detalle por escribir.

Fue confirmar su intención de escribir sobre la Gracia Real e inmediatamente se puso a teclear en su ordenador empujado por el enfado, la indignación y, cómo no, por el miedo que le inspiraba el hecho de saber que el tal Sayers había vuelto a respirar en libertad.

La noticia que estaba redactando era más bien un artículo de editorial y, en él, se lanzaba directo a la yugular del sistema que, rendido al arbitrio, concedía por la puerta de atrás favores injustificables.

El escrito fue realmente visceral, y no dudó en, una vez revisado, darle al botón de publicación en la versión digital del periódico .

En cuanto a aquel desafiante órdago, la partida se puso boca arriba. Al instante, los teléfonos empezaron a sonar desde todas partes, incluso desde la policía.

—¿Joe? Te habla Michelle —preguntó por teléfono la amiga de Tan.

—¿S… sí? —titubeó Joe sorprendido por la llamada.

—¿Estás ocupado?

—Para nada. Pa… para ti siempre tengo tiempo. ¿Qué sucede?

Una noticia inesperada estaba a punto de salir a la luz, algo que nadie esperaba y que había dejado a la propia Michelle completamente descolocada.

—Resulta que he estado llamando a Tan, pero sé que hoy viajaba. Quizás no tuviera buena cobertura, porque me ha saltado el buzón, pero estoy muy preocupada por todo lo que está pasando de nuevo.

—Tú tienes autoridad para investigarlo —sugirió Joe.

—Tenía —replicó ella.

—¿Cómo que tenías?

—Pues que me acaban de informar esta mañana que me cesan del cargo.

—¡¿Có… cómo?! —exclamó Joe estupefacto.

A Michelle le habían comunicado su cese apenas horas después de haber iniciado la investigación sobre la Gracia Real, después de que Tan le hubo asegurado a Taylor que ella había sido quien estaba detrás de las indagaciones.

La voz molesta de Taylor, al parecer, no había quedado sin ninguna reacción, hecho que, aunque ella aún lo desconocía, ubicaba al antiguo taxista en una situación de dudosa inocencia. ¿Estaría Taylor envuelto en algo turbio? o ¿sólo sería mera casualidad ?

—Efectivamente, Joe. Hoy por la mañana he tenido una reunión en la que me han ofrecido un trato.

—¿Qué tipo de trato? —preguntó Joe que no acababa de asimilar lo que estaba escuchando.

—Seguiría en mi puesto si paro de meter las narices en el caso de Sayers.

—¡No puedo creerlo! —confesó con rabia Joe—. Mira, en todo lo que pueda ayudarte, me tienes para lo que haga falta. Justo ahora acabo de publicar un artículo al respecto. Te paso el enlace por Whatsapp, me gustaría que le echases un vistazo.

—Un segundo, a ver que lo abra.

Después de unos segundos en los que la policía estuvo tratando de acceder al artículo que recién acababa de publicar Joe en el digital del FDP, Michelle le respondió:

—No puedo entrar en el enlace. Dice que el sitio web al que estoy intentando acceder no existe.

—¿Cómo? Si funciona perfectamente.

—A ver que trate otra vez. —Después de unos segundos trasteando en la web, Michelle insistió—: Sigue sin funcionar el enlace del artículo y, además, le estoy dando a la página de inicio del periódico y tampoco funciona.

—No puede ser, a ver que le dé a refrescar…

Justo después de esa acción, Joe se pudo dar cuenta de algo que no entraba en sus previsiones aquella mañana.

—¡A mí tampoco me sale! Espera un segundo… —dijo Joe—. David, ¿tenéis problemas al acceder al digital?

—Dame un momento… —Le dio clic a refrescar la pantalla y…—: ¡Tampoco me aparece nuestra web! —exclamó David.

Fueron dos malas noticias en un mismo acto, la cesación de Michelle de la cabeza de la policía, y el apagón de la web apenas unos minutos después de haber publicado el artículo contra la institución que había concedido carta de libertad al mafioso inversor.