X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 38
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CAPÍTULO 38

L a mañana, aunque todavía tenue, avisaba de la inminente salida del tren hacia Madrid para volver a encontrarse con Sarah.

Tan recogió su equipaje de mano después de levantarse de su efímera cama para prepararse para la salida.

Decidió dejar una nota en un papel con un sincero agradecimiento a Victoria, no quería despertarla expresamente, y la firmó con un « muchas gracias por todo, nos ponemos en contacto muy pronto ».

Cuando salió a la calle, con las esperanzas de respirar nuevos aires de cambio, aunque fuese por uno o dos días, avisó a un taxi que se cruzaba al vuelo por la comercial calle Colón, que fue hasta donde se desplazó, ya que allí era mucho más accesible conseguir transporte, y a esas horas tan tempranas todavía no transcurrían viandantes que se le adelantasen.

El taxi, blanco impoluto, era conducido por un hombre de nacionalidad desconocida, de aspecto mestizo, y llevaba puesta la radio, cuando serían las seis de la mañana todavía .

Por los altavoces del vehículo sonaba un periodista vociferando, ladrando exabruptos contra unos y otros políticos. Seguramente, habría masticado alguna almendra amarga aquella mañana.

Entre tanta exaltación, arremetió bruscamente cuando trató de política internacional por lo sucedido con la condena y la compra oportunista cerrada por Asag I.B.C.

Una de las cosas que más le hacía saltar sarpullidos era el porqué de una empresa desconocida que, sin trayectoria pública ni prestigio en el sector, iba a hacerse con el control de toda una red satelital global. Los tachó de banda de evasores mafiosos, infectos y abyectos.

A Tan le vino en mente una idea. Si era cierto que Sayers hubo estado en Seychelles, tal vez aquel paraíso no habría sido únicamente de placer, sino fiscal…

Antes de llegar a la estación del AVE, se puso a consultar en su móvil sobre el tipo de sociedades mercantiles que se podían constituir en aquel archipiélago y, casualmente, encontró la respuesta de forma rápida; consultoras recomendaban hacer negocios por medio de la figura de la I.B.C.

en Seychelles para actividades internacionales.

En la pantalla del móvil encontró la ley de las I.B.C.

de Seychelles, en cuyo artículo 109 quedaba preceptuada como una sociedad, literalmente, « libre de impuestos locales» , con la condición de no llevar a cabo negocios en el lugar.

Además, no se requería auditoría y se mantenía el secreto bancario, los cuales eran otros de los términos a tener en cuenta.

Olía a gato encerrado, y Tan ya empezaba a desear la manera de volar hasta aquellas islas para llegar hasta el fondo del asunto. Ansiaba conocer la procedencia del capital social de la más que probable empresa de Sayers .

Pocas palabras cruzaron Tan y el taxista más que los seis euros que tuvo que pagar por la carrera nocturna. Y, al salir del vehículo, no tuvo otra que dar un fuerte resoplido por el contraste del interior cálido del coche con el fresco de aquella húmeda mañana previa al amanecer.

Cuando llegó a la estación, se puso en el final de una corta cola de viajeros que iban a tomar el mismo tren.

Era gente de negocios en su mayoría, iban bien trajeados y con sus maletines de piel tersa y reluciente; algunos más caros que otros, pero se olía que en ese viaje el nivel adquisitivo era más elevado que en otros transportes.

De hecho, Tan tenía el billete reservado en business class , quería viajar ancho y sin complicaciones, aunque le costase algo más el pasaje, pero le valía la pena no escatimar en estirar el precio del billete para disfrutar de dos horas de trayecto bajo la más placentera comodidad.

Accedió al interior como todo el pelotón, y pronto encontró su asiento en el vagón de los privilegiados. Allí aprovechó para descansar unos minutos más, se le veía somnoliento por no haber pasado una noche de un sueño demasiado reparador.

Así, al cabo de un tiempo incierto y con el tren en movimiento, despertó desubicado durante unos segundos hasta acostumbrarse a la situación, se percató de que los quince o veinte minutos en que había quedado traspuesto le habían hecho deslizar un fino hilo de babilla al dormirse con la boca medio abierta y la cabeza inclinada hacia donde bajaba aquel riachuelo de saliva.

Fue un despertar cómico. «¿Dónde estoy?» se preguntó a sí mismo tras el retumbar de un ronquido propio.

A los pocos segundos ya había recuperado el sentido de la orientación y la memoria, pero un invitado llamaba a la puerta de su, hasta ese momento, relajado viaje.

Tenía una necesidad irrefrenable de evacuar líquidos, ya podía presionar vejiga, esfínteres y cualesquiera otros órganos inferiores, que el orín se empeñaba en obligarle a levantarse de aquel confortable y cálido sillón sobre el que reposaba.

Marchó a buscar el baño, estaba ocupado, y eso lo puso un poco más nervioso, hasta el punto de tener que apretar las rodillas y los muslos para evitar que cualquier gota desbordara el cauce «más o menos» controlado.

A pesar de la presión, no tardó en despejarse aquel minúsculo receptáculo llamado baño.

Y, en efecto, las prisas por necesidad nunca son buenas, lo cual se confirmó en un paso en falso que Tan dio por tomar una decisión tan inmensamente irreflexiva.

Se adentró en aquel reducido espacio sin ventilación donde en su inodoro descansaba una firma artística que no iba a desaparecer sin fregar con ímpetu con la escobilla.

Aquella desagradable imagen, muy desafortunadamente para Tan, era la patente y flagrante imagen de un hedor fecal encolerizado que inundaba el minúsculo espacio en el que se había encerrado.

Intentó apañar la situación tomando una bocanada profunda de aire, pero ya había inhalado el escatológico e intenso aroma a pradera recién abonada. Toda una fatal aventura que pudo superar a duras penas al salir del «intoxicado» lugar desde donde empezó a ver todo oscuro, ofuscado por la situación.

Se las vio realmente negras, hasta una señora de espaldas a él vestida con una fuliginosa indumentaria le evocaba la situación…

Pero poco tardó en pestañear y darse cuenta de un detalle importante, aquella señora de negro…

no llevaba una indumentaria casual ni sport ni de gala, vestía un hábito que recubría su encorvada figura.

Al parecer, se había levantado un segundo y había vuelto a su sitio. Se movía con pasos cortos pero rápidos.

A Tan le recordaba a alguien familiar, pero tuvieron que pasar unos segundos de fijación sobre aquella señora uniformada, entre cuyos brazos sostenía un libro con cubierta de color negro, para darse cuenta de que ya se hubo cruzado antes con ella, y no en cualquier lugar, en el lugar donde se hubo iniciado la tormentosa y accidentada investigación: en la catedral.

Era, casualmente, la monja catacaldos que, parche en ojo, estaba compartiendo vagón con Tan en su viaje a Madrid y, al albor de una pormenorizada aunque disimulada inspección por parte de Tan, éste se fijó en el detalle del libro negro que abrazaba con tanto recelo «el octavo pasajero», la invitada «por sorpresa» en el que se suponía iba a ser un trayecto sin más incidentes que los que pudieran ser habituales en un trayecto Valencia-Madrid, a priori… ninguno.

Archer se fijó en la forma tan llamativa con la que aquella recogida persona, escondida bajo el profuso hábito, se aferraba con sus garras huesudas al libro cuyo borde relucía un flamante color dorado que, de primeras, no había percibido hasta que la vio acomodarse en el asiento del pasillo ubicado unas cinco filas por delante de sí.

En aquel instante, Tan empezó a recibir ideas, cada cual más descabellada; entre todas ellas, una destacaba por encima del resto, y trataba de urdir algún plan antes del fin de trayecto para no dejar que la monja bajase del AVE en posesión de su libro.

Pero ¿por qué robarle aquello?, por una razón muy importante, quedaba una incógnita por descubrir en la investigación que llevaron a cabo de forma paralela Gallardo y Estefanía, donde el análisis de la arenilla que Tan le proveyó coincidió con la del primer análisis forense; se trataba de resolver quién era la persona a la que le correspondían las, en aquel primer estudio, inclasificables huellas impresas en la empuñadura del abrecartas.

No era una opción ni remotamente probable, por no decir imposible, de hecho, la figura de aquella deteriorada mujer no invitaba a imaginarla blandiendo un arma blanca e incrustándola en el cuello de un hombre más alto y joven que ella con tanto odio y presión.

¿Quién iba a imaginarla ensañándose de esa forma?

Tal vez… ¿auxiliada por alguien? O ¿habría sacado una fuerza terrible escondida bajo la opaca tela de su vestido?

No podía estar ante una monja ávida de sangre…

, era algo que ni en las más macabras películas de terror.

Pero, aun así, lo que tenía que plantearse en un tiempo inferior a dos horas era poco más que arriesgarse a robar a una anciana, eso sí, suponiendo que no bajase ella en una de las pocas paradas de camino, lo cual era una posibilidad que alteraba a un Tan que había vuelto a su asiento para darle vueltas a ese épico movimiento que necesitaba estudiar mientras asomaba su mirada, cual voiyeur , por encima de los asientos, para no perderla de vista.

Archer no era de morderse las uñas, pero necesitaba canalizar el nerviosismo que volvía a sentir mientras pensaba.

Sus manos apretaban con fuerza los reposabrazos de su asiento y, fruto de las inquietas puntas de sus pies, sus piernas no paraban de oscilar de arriba a abajo como amortiguadores de un ochentero SEAT Panda por un camino de cabras.