CAPÍTULO 68
E l viaje estaba transcurriendo nada apacible en aquellas condiciones.
Tan, en su búsqueda de más información, iba dejando caer algunas preguntas capciosas que le servían para recomponer el puzle de la trama bosquejada.
Uno de los comentarios de Xavier que le llamó poderosamente la atención fue el relativo a las criptomonedas.
El periodista había instado junto con Victoria, la youtuber, una investigación al respecto y, con toda probabilidad, había llegado el momento de descubrir cuál era el eslabón perdido de la cadena de pesquisas que engarzaría toda la secuencia.
—Xavier… Tengo una duda —introdujo Tan ante la mirada atenta de Amina y la monja.
—Si quieres mi respuesta, que sepas que el que prueba repite —bromeó el mentalista con su característica acidez.
—No va por ahí el tema. —Resopló— Tú ni secuestrado puedes ponerte serio.
—No es mi culpa. Sé más preciso .
—Cuando invirtieron en criptomonedas, ¿cuál fue la cantidad? —preguntó Tan sin importarle la presencia de sus verdugos.
—Sayers y Taylor habían conseguido vender una partida de monedas de dos euros del Vaticano. Fueron cincuenta mil las monedas.
Archer se puso a barruntar sus propios cálculos mentalmente respecto de las cantidades que había estimado con Victoria.
—¿A trescientos dólares cada una? —preguntó Tan.
—Exacto.
Esa era la incógnita que quedaba por despejar en la ecuación. Cincuenta mil monedas, a trecientos dólares cada una, sumaban la cantidad de los quince millones de dólares exactos que hubieron estimado el día de antes.
—¡Ya está bien de hablar! —exclamó la religiosa al escuchar los números.
—Creo que ha llegado el momento de que os estéis más quietos —sugirió Amina—. Daos la vuelta. Primero tú, Tan. Pon las manos detrás de tu espalda.
La sicaria sacó de una pequeña mochila unas esposas metálicas que les obligó a ponerse para reducir la movilidad de los tres.
Archer se giró sin imponer resistencia. Tras el tintineo de su cadena sintió el contacto del acero en sus muñecas, estaba helado, se percibía que habían estado guardadas durante tiempo, a la espera de la llegada del periodista ahora reducido.
—Supongo que te pone someternos —comentó Tan.
—No sabes cuánto —respondió ella y ajustó el encaje de las esposas.
El mentalista obró al igual que Tan, no pudo tampoco evitar que un escalofrío intenso, desde las manos, se propagase por todo su cuerpo al contacto con éstas. Sintió un temblor en lo alto de su nuca que lo estremeció. Aunque siempre disponía de un chascarrillo preparado…
—Mmm… Qué sensación más… orgásmica. ¿Las tenías en el congelador? Son tan frías como tú —espetó el mentalista.
—Pues si te gusta esto, espera a que te las apriete. —Las ajustó como hizo con Tan.
—Mmm… —Xavier volvió a gemir a modo de guasa.
No impusieron resistencia, excepto Sarah, que, radicalmente antagónica a Xavier, no parecía estar nada conforme con aquello.
—¡Déjame en paz! ¡A mí no me pongas esa mierda! —gritó Sarah iracunda.
—Que te estés quieta, ¡petarda! —exhortó Amina.
Tras unos cuantos zarandeos e insultos, Sarah recibió en la sien un golpe con el hierro del arma que trastabilló todo intento de rebelión, hecho que enervó a Tan en cuanto oyó el quejido de su pareja al sonido sordo del derechazo asestado.
El periodista, a ciegas, mostró intención de levantarse para defender inútilmente a Sarah al grito de «¡qué le acabas de hacer, hija de…!», pero antes de rubricar el exabrupto sintió la presión del frío metal en su frente, y no era el de las esposas, precisamente.
Sin despegar el rígido cañón de la emblanquecida y sudorosa frente de Tan —por la alteración de sus pulsaciones—, Amina le retiró la opaca venda de los ojos a una maltrecha Sarah, que había quedado marcada, ladeada y balbuciendo por el golpe para que «entendiera» la realidad de la situación.
De reojo llegaba a entrever las gotas de sudor que partían desde la frente de su chico para deslizarse por el extremo del arma.
Y a la caída del primer reguero sobre el pantalón de su novio, Amina le ordenó:
—¿Nos calmamos?
—Eres una guarra —sollozó Sarah con rabia y, desconsolada, cedió ante aquella amenaza vicaria.
Amina soltó una carcajada siniestra al ver a la joven bajo su yugo y reducida en su impotencia. Empero el último insulto de desesperanza, no tuvo más remedio que frenar al mínimo las revoluciones y dejar que la apresara como a los otros dos.
Una vez los tres amordazados, tampoco dudó en endosarles violentamente unos trapos nada apetecibles hasta la garganta para obstruirles las palabras.
Ahora ya no podían ni hablar entre ellos.
Habían sido silenciados, y amarrados a los asientos con el cinturón de seguridad, el cual tampoco podían desabrochar por la posición de sus mermadas manos.
—Así no rechistaréis ninguno de vosotros. Os aconsejo que aprovechéis para descansar, que aún nos queda un largo viaje por delante —apostilló Amina.
Con los sentidos prácticamente anulados, el viaje ya sólo daba de sí para percibir, además de la molestia que producía permanecer sentado durante horas en la misma posición, algunos olores que se mezclaban con el recurrente perfume de Amina, llegaban incluso a producir un angustioso mareo al encontrarse en un habitáculo tan reducido y sin ventilación.
La tapicería tampoco mejoraba la situación, desprendía un leve pero penetrante hedor, combinación entre pies sudados y perro mojado que había pasado desapercibido, hasta el momento, entre tanta «jarana».
Era la guinda que acababa de caldear el ambiente junto al dióxido de carbono exhalado tras el forcejeo.
A saber qué otros invitados habría recibido aquel furgón, y en qué condiciones …
Los trapos que tabicaban sus bocas tampoco ayudaban a mejorar la experiencia del viaje.
Al cabo de unos minutos, aquel andrajo atollado en sus tragaderas suscitaba una desagradable e incómoda salivación que se escurría por las comisuras de los labios, cuando ya no podía empaparse más de lo que estaba.
Algo que intentaban aminorar con el único movimiento que podían efectuar, frotando sus bocas sobre los hombros, sucios éstos y humedecidos de tanto frisar.
A pesar de la alteración, del estrés y los nervios que se agolpaban, las altas horas de la madrugada vencieron el pulso arrojándolos a un sueño profundo, fruto de un nivel tan alto de extenuación que ni las sacudidas de los baches de la carretera consiguieron derrotar.
Aun dormidos, la situación no invitaba al optimismo, era una falsa calma, el trayecto había dejado de ser una «simpática excursión de colegio» para convertirse en un viaje hacia los infiernos.
Pero ¿quién sería el Caronte de aquel Hades?
¿Quién les estaría guiando por aquella particular y aterradora laguna Estigia?