X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

A nte el pasmo de Victoria, que la había dejado con los ojos pegados a las hojas del guion que temblaba en sus manos, Tan insistió en traerla de vuelta a nuestro mundo preguntando:

—Dime ¿qué más hacían?

—Disculpa. Bueno, pues, es que es muy fuerte —apuntó ella.

—Dime, ¿qué pasa?

—¿Te acuerdas de la manifestación sobre el 11G?

—Sí, claro. Como para no acordarme —ironizó él.

—¿Por qué motivo vociferaban los protestantes?

—Mujer, pues hasta donde pude ver… se quejaban de que esa tecnología nos abrasaría el cerebro —dijo Tan recordando las pancartas que se le grabaron en la retina.

—Así es, pues, bueno, imagínate que eso fuera cierto, que el 11G produjera ese efecto por la emisión de microondas.

Con lo que, por si no fuera suficiente preocupación, la empresa que habría adquirido toda esa abrasadora red satelital tiene nombre de un demonio cuyo poder era, también, el de achicharrar el cerebro de las personas.

El Asag mataba a los seres humanos, era el demonio causante de la fiebre y de todas las enfermedades relacionadas con ella —relató Victoria.

—Todo adquiere un significado y… nada es gratuito.

—Por supuesto. Mira, aquí en el guion dice que a este demonio se le conoce por el poema sumerio Lugal-e del tercer milenio antes de Cristo, y en acadio se conocía como Asakku. —Miró al frente y confesó—: Hace tanto que leí esto que ni me acordaba —puntualizó Puertos.

—Y ¿de qué más trata ese poema?

—Bueno, pues, habla de una guerra que se libró entre los demonios y Ninurta, el dios del arado que se convirtió en dios de la guerra, sucesor de su padre el dios Enlil.

Se le solía representar con una maza mágica llamada Sharur, con la que en la batalla contra los Kur se dirigió a enfrentarse contra el demonio Asag hasta la colina.

La batalla entre ambos fue tan terrible que incluso el padre de Ninurta, el dios Enlil, se quedó paralizado, atemorizado por el sangriento y devastador nivel de la contienda.

—¿Una maza? Como si fuera Thor.

—Exactamente. Pero bueno, volviendo a Asag, no era el único de los demonios sumerios, ya que era uno de los siete malvados del inframundo, los Sebitti, que se les asociaba con Nergal, también conocido como Irra, a quien seguían a la batalla.

—¡¿Nergal?! —exclamó Tan con pavor.

Aquella confesión provocó que las manos de Tan se pusieran a temblar con el sándwich en mano, incluso algunos trozos de lechuga se desprendieron de éste por aquel incontrolable titilar .

Acababa de escuchar un nombre que hubo sepultado en lo más hondo de su olvido.

Ese despiadado dios endemoniado fue la causa en torno a la que años antes se dejó prácticamente la vida contra los cuatro de Downing Street, contra los cuatro jinetes del apocalipsis que representaban cuatro de los más importantes paradigmas del mundo actual: la política, la economía, la seguridad y la comunicación.

Ellos eran: el ex Primer Ministro, George C.

Sayers, Stephan Martins y el exdirector general Jones, respectivamente.

Archer temblaba tan sólo de imaginar que pudiera caber una remota posibilidad de que alguien de aquellos detestables hubiera resurgido de sus fecales cenizas y se hubiera puesto, de regreso, manos a la obra para pasar de unas pretensiones funestas localizadas en Reino Unido a algo de dimensiones colosales.

Pero, aunque todos aquellos personajes ominosos seguían en prisión —hasta donde tenía entendido el periodista—, un incipiente atisbo de sospecha crecía cual impertinente zumbido de mosquito que ronda el oído en una bochornosa noche veraniega.

Era inevitable que el periodista, en su vocación de investigador, no empezase a plantearse un panel mental en el que unir puntos, conexiones entre pasado y presente, entre individuos y hechos; «quien da primero da dos veces» pensó Tan, a pesar de que, si todas esas noticias de ámbito mundial estaban relacionadas, alguien ya habría dado un primer paso.

Lamentablemente, se sentía al borde del bloqueo ante un muro psicológico casi infranqueable que se elevaba a demasiada altura como para que él, Jonathan Archer, estuviera pendiente, de una parte, de un asesinato en la catedral y, de otra, del control sobre una red satelital de alcance mundial.

La figura de un hombre contra todo aquello se tornaba, ya no diminuta, si no minúscula ante los oscuros poderes fácticos a los que se podría enfrentar en caso de dar un temerario paso al frente.

Y, al hilo de lo que estaba aconteciendo, una extraña conexión se cernía sobre aquel cúmulo de circunstancias que, en un principio, no guardaban ninguna relación.

—Hay un detalle al que le estoy dando vueltas, Victoria —confesó Tan.

—¿Sobre qué? —preguntó ella.

—Es una extraña sensación que me da muy mala espina. —Arrugó su frente y prosiguió—: ¿Sabes?, a veces, ¿eso que te da por relacionar cosas que aparecen casi por accidente?

—¿Cómo qué? —preguntó ella.

—No sé, por ejemplo, como el caucho de los neumáticos que a su descubridor, Goodyear, se le cayó por accidente la mezcla de caucho natural y azufre en una estufa y se vulcanizó.

—Bueno, ¿adónde quieres llegar? —insistió la pelirroja.

—El asesinado que cayó a plomo casi a mis pies en la catedral del campanario de las once campanas y, ahora, lo del fondo de inversión cuyo nombre es Asag, demonio que se debía a Nergal.

Ambas son circunstancias sobre hechos que se producen al mismo tiempo y con unos elementos que coinciden con lo que sucedió en Londres con la orden de los Hijos de las sombras.

Es como si alguien hubiera querido dejar alguna señal —reflexionó Tan.

—Nada es descartable. De cosas más estrambóticas se han visto.

—El asesinato me lleva de cabeza.

—Menudo escándalo debió provocar su caída —apuntó Victoria .

—Más que nada fue lo aparatoso de la escena y la chica que se puso a gritar. Si no hubiera sido por eso no se habría enterado nadie —reflexionó Tan.

—Pero ¿el cristal del matacán no se rompió?

—¿Qué cristal? No hubo ningún cristal roto —dijo Tan desconcertado.

—¿No? Pero… si el agujero del matacán está tapado con un cristal.

Victoria acababa de dejar a Tan en una situación todavía más desubicada.

Archer no habría esperado nunca que, donde tenía que haber un cristal instalado, éste se habría podido retirar intencionadamente para hacer caer el cuerpo en el momento en que Tan se hubo adentrado en la catedral.

Ello significaría que alguien estaba esperando el momento idóneo o que, incluso, habría podido ser provocado.

¿Quién podría haber arrastrado a Tan hasta aquel punto y de qué forma?

¿Sin darse cuenta? Aquello estaba sólo al alcance de un mentalista, aunque Xavier no estaba entre aquel grupo en el que Tan se coló, pero…

¿y si alguien lo hubiera inducido como pudo hacer Xavier cuando fueron a la plaza Lope de Vega?

¿Acaso habría sido el guía del grupo hacia la catedral?

Otro misterio que se presentaba en el camino de Tan.