CAPÍTULO 34
A l entrar por el portal donde residía Victoria, las puertas de cristal daban la bienvenida abriéndose automáticamente a una prolongada recepción vestida con confortables sofás de piel marrón y una cabina acristalada, tras la cual, un portero atento cazaba cada visitante para evitar que el lugar volviera a convertirse en el enjambre de moral distraída que un día fue.
Y a falta de un ascensor, seis eran los que aquel mastodonte de más de trescientas viviendas disponía; uno para el parquin; otro montacargas y, finalmente, cuatro para los vecinos. No faltaba detalle en aquel hall rebozado de madera de roble.
Mientras subían al ascensor, un mensaje resonó en el móvil de Victoria.
—¿Y cuál es? —preguntó Tan .
—Bueno, pues, aunque la nombra, no la conozco. Asag I.B.C.
—¿I.B.C.? ¿De dónde se supone que es la compañía? Porque con ese nombre, Asag, parece cualquier cosa menos una empresa.
—Pues… no dice la procedencia en la noticia. Sólo nombra que es un fondo internacional. Ni siquiera cuál es su actividad —explicó Victoria.
—Ya conozco ese tipo de empresas —reflexionó Tan al cabo de unos segundos en silencio.
—¿En qué sentido?
—I.B.C. son las siglas de International Business Company, que es una modalidad de persona jurídica típica en sociedades offshore —explicó Tan.
—¿Offshore?
—Sí, empresas constituidas y radicadas en países de baja o nula tributación.
—Se las saben todas. Atento a lo que dice al final, « se conoce del fondo de inversión que habría incrementado su fortuna con la compraventa de criptomonedas.
Se estima que el total del valor pagado para la adquisición de la compañía condenada provendría de una transacción previa con Bitcoins, según fuentes. ».
—¿Bitcoins? ¿Cuál es su valor? —preguntó Tan con la mosca en la oreja.
—Espera un segundo que busque… —Puertos se puso a teclear, reaccionó ojiplática a lo que veía en la pantalla de su móvil, y leyó la cantidad que aparecía—: ¡medio millón de dólares!
—¡¿Cuánto?! Pero, si cuando me ofrecieron comprarlo lo desperdicié porque ¡apenas valía unos míseros céntimos! —exclamó Tan y se echó las manos a la cabeza.
—¿Céntimos ?
—Sí, sí. Apenas valían quince céntimos de euro en aquel momento, y mi compañero de piso en aquel tiempo me propuso invertir tan sólo cien euros y, vamos, mi reacción fue hilarante, recuerdo que le dije: «Pero si eso no vale nada, y no es más que una moneda digital con la que no se puede comprar ni un chicle».
Imagínate que hubiera invertido esos cien euros entonces, ¡hoy tendría mil millones de euros! —exclamó consternado.
—Qué barbaridad —replicó Puertos—. Bueno, no te lamentes, lo hecho, hecho está, y la vida sigue.
—Y tanto que sigue… Subiendo —ironizó Archer—.
Eso sí, no quiero ni imaginar la cantidad de Bitcoins perdidos que habrá por el mundo, y otros que habrán sido borrados de discos duros sumidos en el más arrinconado de los olvidos.
De hecho, en una ocasión leí que entre los Bitcoins no reclamados por sus «mineros» y los que se habrían extraviado, podrían alcanzar la nada despreciable cifra de cuatro millones de Bitcoins; criptomonedas que nunca verán la luz, y que permanecen más escondidas que un motín pirata en una isla perdida del Pacífico.
—Toda una fortuna que acabaría con el hambre del mundo. —Victoria apretó los labios y añadió—: Me parece tan injusto que escondan todo su dinero fuera de donde lo han conseguido…
—Y que lo digas, el «magnate mangante» George C. Sayers tenía algo muy parecido en Caimán.
—¿George C. Sayers? —preguntó ligeramente sorprendida Victoria.
—Sí, ¿lo conoces?
—No, para nada —respondió ella.
—Menos mal que está en prisión —agradeció Tan .
Ya en la tercera planta, después de andar por un laberinto de pasillos que evocaba al terrorífico Hotel Overlook de Colorado que el personaje Jack Torrance cuidaba en El resplandor , entraron sin sobresalto alguno al apartamento de Puertos.
Allí descargaron en su escueta entrada, donde nada más que un par de armarios empotrados decoraban sus paredes, el macuto que Tan traía consigo, de donde sacó una camiseta y pantalón de chándal para ponerse algo más cómodo.
El apartamento tenía una habitación a mano izquierda en la entrada, un baño que seguía a la habitación, y un salón bastante agradable con una pequeña cocina incorporada. Allí mismo era donde esperaba el sofá cama de apertura italiana que la pelirroja desplegó para Archer.
Victoria le preparó todo un juego de sábanas y mantas para que se sintiera aquella noche arropado en un ambiente sin preocupaciones.
Pero antes de acomodarse, preparó algo sencillo para cenar y seguir compartiendo un buen rato de conversación, intercambiando impresiones sobre todas las situaciones que se estaban desencadenando de manera tan bizarra.
—Qué nombre tan extraño para una empresa: Asag —comentó Tan mientras ella sacaba unos vasos de un armario de la cocina.
—Busca a ver, aunque, ahora que lo pienso, no es la primera vez que escucho ese nombre, me suena de algo —confesó ella, todavía de espaldas a Tan.
—No me digas. Y ¿de qué te suena?
—(Suspiro) Creo haber nombrado de soslayo ese nombre en uno de mis programas hace años… —Miró hacia el suelo, concentrada, y a los segundos reaccionó— Me parece que era un programa de temática Anunnaki —vaciló Victoria.
—¡¿Anunnaki?! —exclamó Tan con pavor .
—Sí, pero no me viene en mente que fuera el nombre de ningún dios, ni mucho menos.
De ahí que no recuerde con exactitud. —Se quedó pensando de nuevo, paralizada, y cuando recobró el «sentido» comentó—: Tengo todavía los guiones de los programas guardados en una carpeta en el armario de al lado de la tele. Dame un segundo para que lo vea.
Le sirvió un sándwich vegetal a Tan y se puso a rebuscar entre un sinfín de documentos apilados en el armario.
—¡Mira! Aquí está —dijo Victoria con gran satisfacción.
—Y ¿de qué se trata?
—Espera un segundo… —Se puso a rebuscar entre toda una sopa de letras impresa en un fajo de folios desgastados y doblegados, hasta que finalmente comentó—: ¡Ajá! Lo que yo decía…
—¿No es ningún dios? —preguntó Tan.
—No exactamente, aunque casi.
—Y ¿qué es lo que se supone que sería?
—Bueno, pues, viene como anillo al dedo. Es paradójico porque, si bien es cierto, el Asag no era ningún dios y, en realidad, era considerado como uno de los siete demonios Sumerios.
—¡Demonio? —exclamó Tan alarmado.
—Sí, según estoy refrescando, en el guion hablamos de que, para los sumerios, el Asag era un tipo de demonio maléfico y monstruoso.
Sus poderes eran terribles, era capaz de aniquilar los peces del océano calentando la temperatura de las aguas hasta hervir, y…
—Sus palabras se cortaron antes de pronunciar lo que tenía delante en el papel, se quedó en shock .