X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

T odavía alterados, accedieron con no mucha mejor perspectiva por el portal del edificio para llegar hasta la planta en la que se ubicaba el apartamento.

Nada más aparecer en el rellano, se podían comprobar dos llamativas incidencias al primer impacto: la primera trataba de la posición del felpudo, éste estaba de nuevo movido, lo cual delataba que alguien habría pasado por allí antes, que alguien habría accedido o intentado acceder al piso, y la segunda, aunque no menos llamativa, la puerta se veía de parte a parte cubierta por precinto policial, por lo que quienes habrían desplazado el felpudo no habrían sido otros más que los agentes de policía que hubieron accedido al apartamento para analizar el escenario de aquel fogonazo proveniente de la bombilla.

Ver la puerta de su propia vivienda sellada como si su interior fuese un lugar de apestados, o como si, peor aún, alguien hubiera sido asesinado en él y su cadáver quedado tumbado sobre el parqué del mismo, aunque esto no eran más que meras ocurrencias que perseguían el desbordante imaginario de Archer.

Parecía una vivienda requisada por un banco, apremiada por un juez... Quedó impactado al ver aquella imagen tan desalentadora. Archer jamás hubiera pensado que al llegar a casa se habría encontrado con un escenario tan profundamente desalentador.

Pero, la tristeza, que no quiso pasar de largo, requisó el estado anímico de Archer desestabilizando sus emociones.

En su interior pesaba una intensa presión, le apagaba la expresión, era un flash que le generaba la sensación de haber tocado suelo.

¿Cómo podía atreverse a entrar de nuevo a hacer vida, como hasta el día anterior, con toda aquella estampa y la zozobra que le recordaba a un delincuente en llamas saltando por la ventana?

Pero no tenía más remedio que entrar, así que higienizó automáticamente sus pensamientos de cualquier ocurrencia negativa y sacó la otra copia de la llave que guardaba, ya que la que solía usar se la hubo entregado a Gallardo en un acto de honestidad, sin trucos, y transparencia para que sus compañeros pudieran analizar el escenario del crimen con el menor número de contratiempos.

Por suerte, pudieron abrir la puerta y adentrarse en aquel aquelarre sin necesidad de partir ninguno de los precintos policiales que quedaban solapados de marco a marco.

El suelo de la entrada yacía cinematográfico.

Todos y cada uno de los detalles que alteraban la normalidad de aquel recibidor, llevaban aparejados su respectivo cartel como señal de número de prueba, un panorama sobrecogedor con una orquesta de cristales rotos esparcidos por la madera del suelo, reseñados casi uno a uno, lo cual perturbaba esa idílica y Zen vivienda que Tan hubo tratado de organizar con el paso del tiempo e ilusión.

Ahora, era un «cuadro» totalmente contrario a un espacio confortable debido al despliegue de toda una «decoración» criminalística.

Aquel espacio hubo sugestionado a Archer a primer golpe de vista; su humor no estaba para muchas bromas y, eso, se le notaba sobremanera, se le veía amargamente malcarado.

—Cuanto menos estemos aquí mejor. Espero que cuando vuelva de Madrid toda esta porquería esté recogida —refunfuñó Tan.

—Ya verás que sí. Todo esto será nada más que un recuerdo, malo, pero un recuerdo, al fin y al cabo.

—No queda otra. En fin, voy a recoger rápidamente lo que necesito y punto.

Entre crujido y crujido de los cristales de la bombilla bajo las suelas de sus zapatillas, llegó a su habitación, que hubo sido completamente registrada, presuntamente, por la policía, aunque a pesar de que el trato policial llevaba la recomendación de Gallardo, no hubieron escatimado en abrir todos y cada uno de los armarios.

Seguramente habrían estado indagando para confirmar que no hubiera indicio alguno de que el combustible introducido en la lámpara tuviese su origen en alguna botella o garrafa comprada por Tan.

Era lógico pensar que aquel intento de atentado contra el periodista era eso, contra el periodista, por lo que difícilmente cabría esperar que alguien le hubiera querido dejar alguna garrafa de gasolina en el armario para involucrarlo en la autoría de ningún crimen, ya que el objetivo era claro y directo.

Todo aquel naufragio de enseres desparramados por la casa y, en especial, por la habitación, no mejoraba el desabrido estado en que Tan se encontraba. Sólo de pensar la de horas que tendría que invertir en volver a poner cada cosa en su sitio le provocaba un coraje envenenado .

«Ojalá no se hubiera matado aquel imbécil. De una hostia le habría cambiado hasta el número del DNI» murmuró Tan mientras sorteaba sus pertenencias. «Mira, esto me lo llevo» pensó al ver algunas prendas suyas dejadas caer sobre la cama.

La policía le había facilitado el trabajo para preparar su equipaje. Incluso su maleta de viaje quedaba en medio de la habitación, abierta de par en par. Era un panorama desolador.

No necesitó discurrir demasiado, así que fue introduciendo algo de ropa para, a priori , pocos días; poco más que lo necesario se llevaba en aquella maleta de mano de tela negra.

Una vez cerrada la cremallera, la agarró del asa para llevársela a casa de Puertos, que estaba esperándolo en la maltrecha entrada de aquel apartamento revuelto.

«Vámonos» acabó exhortando Tan a Victoria, quien lo miró, ésta, con condescendencia por todo lo que vio en aquel desbaratado escenario.

La reputada youtuber tampoco vivía demasiado lejos, y es que, el hecho de haberse conocido en el centro de la ciudad no fue una casualidad tan remota, al fin y al cabo, aquella zona era la que solía frecuentar.

La distancia entre ambos se reducía a unos siete u ocho minutos andando.

Justo frente al lugar donde conoció al mentalista, en aquella calle peatonal de noble estampa, y en concreto, en un edificio que antaño no gozó de muy buena reputación, ya que, su interior, plagado de estudios y apartamentos de una habitación, llegó a ser un nido de vicio y sodomía, pero que, desde los años 90, la dirección de la propiedad horizontal se encargó de cambiar el rumbo de perversión que había tomado para convertirlo en un lugar de turistas y residentes de pudiente nivel… Un cambio de modelo de negocio, en fin.