CAPÍTULO 32
A rcher, de pie, y ya a espaldas del portal de su edificio, a tenor del intercambio de impresiones con Puertos, parecía haber llegado a algún tipo de consideración que lo podría aproximar al móvil del asesinato:
—¿Crees que alguien quiso reproducir una especie de liturgia inquisitiva?
Cuando la Santa Inquisición condenaba a muerte a alguien para ser ajusticiado en aquella zona, una leyenda dice que se afilaba el arma sobre esa misma piedra donde encontramos la punta rota del abrecartas —dijo Tan en referencia a lo que el cura del Temple le relató.
—Pues, podría ser una opción —respondió la pelirroja—. Y ¿el abrecartas no tenía ninguna inscripción?
—Poca cosa, sólo un número grabado en el extremo del mango en pequeño —respondió Tan.
—¿De qué número se trataba? —preguntó Puertos con avizor.
—Uf, no sé ahora. —Los ojos de Tan se perdieron en un horizonte de datos tratando de recordar aquella numeración grabada en la empuñadura y, después de unos segundos estático y con la mirada crionizada, el destino le puso un número delante de sus propias narices, en el mismo del portal de enfrente del suyo, el número que rezaba al lado en la fachada era, coincidentemente, el que trataba de recordar y que al final pudo responder—: ¡Ese número! —exclamó señalando la fachada.
—¿El 71? —preguntó Puertos.
—No, el que está encima de la puerta no, justo el que queda al lado, a la derecha, en toda la fachada. —Lo señaló y exclamó—: ¡El 73! Leñe, se me había olvidado —gruñó Tan.
—¿El 73? —Puertos se quedó pensando.
—Sí, además, no sé por qué pero siempre me ha rechinado ver ahí el número, tan solitario, como puesto con desdén si se compara con el majestuoso 71 que corona la moldura de la puerta contigua.
Puertos parecía no haber prestado demasiada atención a la última aportación de Tan, estaba absorta, tocándose su barbilla porcelánica mientras comprimía sus labios pensando en el «casual» número 73.
Entonces, Tan, al verla tanto tiempo solidificada cual estatua de sal, la interrumpió bruscamente.
—¡Eh! ¡Vuelve a este mundo! —exclamó bromeando y pasó su mano por delante de la cara de Puertos.
—Ah, sí. Perdona —respondió Puertos todavía con aspecto perdido, en shock —. Estaba pensando en el número…
—¿Y? —preguntó Tan.
—Bueno, pues, creo que no es baladí. Podría tener un significado bastante importante.
Tal vez, Puertos estaría a punto de resolver un misterio tras el que habían estado indagando. Pesquisa a pesquisa se iban encajando remotas piezas de todo un complejo puzle descompuesto.
—¿Y cuál sería el significado de ese número en el abrecartas? —insistió Tan.
—Pues, existe un símbolo muy significativo que…
En ese momento, antes de que Puertos acabase de exponer su teoría, un sonido atronador explosionó muy cerca de donde estaban ellos.
Un evento que paralizó el corazón de ambos durante unos aterradores instantes, por el sobresalto que los empujó unos metros con violencia desde donde se encontraban justo antes del estruendo.
Puertos y Tan agacharon sus cabezas y las cubrieron, a la vez, con sus manos, atemorizados, agazapados tras un coche aparcado por si se volviera a repetir otro inesperado y brutal trueno.
Cuando aún no habían podido localizar el origen del estrépito, las alarmas de los coches aparcados hubieron arrancado a resonar con estridencia al compás de las luces de emergencia de los mismos; la onda expansiva las hubo activado repentinamente.
A unos metros, en la acera de enfrente, un perro que no alzaba más de un palmo ladraba rabiosamente y, aunque frenado por la correa con la que su dueña lo retenía, trataba de perseguir a un trío de preadolescentes que corrían endiabladamente en dirección opuesta a la que estaban Tan y Puertos.
De aquellos niños, conforme se alejaban, se escuchaba un escandaloso carcajeo…
Ellos eran los responsables de la explosión, habían hecho reventar un petardo.
¡Cómo no! Eran niños valencianos, de presumida estirpe fallera, urdiendo una de sus travesuras.
—¡Me cago en su…! —exclamó Tan sobresaltado mientras arrancó a correr unos pasos hacia ellos .
—¡Dilo! ¡Dilo! No te quedes a medias —insistió Puertos, también de los nervios.
En poco tiempo, Tan se desbravó y dejó huir a aquellos traviesos púberes.
Todavía reduciendo la velocidad de su zancada, vio cómo a uno de ellos se le hubo caído una cajetilla de cerillas.
Tan se agachó, la recogió y, en cuclillas, la abrió para conocer cuál era su contenido; en su interior apenas quedaban dos cerillas y un alargado y prominente petardo.
—Esto me lo quedo yo —aseguró Tan.
—Mejor así. Al menos, un susto menos que darán esos endemoniados —concluyó Puertos.
Todavía les pitaban los oídos por el potente estallido que hubo detonado a tan poca distancia de donde se hallaban tratando de cerrar el misterio del número 73 de la empuñadura del abrecartas.
—A lo que íbamos —recondujo Tan mientras percutía su dedo índice en el oído con la boca exageradamente abierta.
—Si nos dejan… —dijo Puertos efectuando el mismo gesto—.
Bueno, pues, lo que estaba tratando de decir es que el número 73 nos podría conducir a un acto, que como dices: inquisitorio.
Ese número se encuentra en la inscripción que rodea el escudo de la Santa Inquisición española, y se refiere al Salmo 73.
—Sacó el móvil para buscar en internet el escudo y se lo mostró a Tan—.
Mira, en la frase de la inscripción dice « Exurge domine et judica causa tuam.
Psalm 73 », que viene a significar en nuestro idioma: Álzate, oh Dios, a defender tu causa. Salmo 73.
—Impresionante. No cabe duda que, si eso es así, cuando se clavó con odio el abrecartas, podría representar esa «causa» de la que habla, y el componente de supuesta venganza es claramente religioso .
—Así es —apostilló Puertos.
—Pero…, puesto que la huella del obispo no coincide con ninguna de las analizadas, ¿qué otra persona podría haberlo hecho en nombre de «su iglesia»?
Quedaba al descubierto que el móvil del asesinato pasaba por una lucha oculta, por una causa en nombre de Dios que quedaba pendiente de descifrar. Con razón, el señor Jackson le hubo avanzado en el sueño aquello de que «la respuesta está en la Biblia».
—Además, no hay que obviar el simbolismo de los elementos que aparecen en el escudo.
Fíjate. —Amplió la pantalla del móvil—. A la derecha de la cruz hay una espada que simboliza el castigo a los impíos y, perfectamente, el abrecartas clavado en el cuello de la víctima sería la escenificación viva de ese elemento del escudo.
—Absolutamente, de ahí que se hubiera afilado en la piedra de la Puerta de la Fruta.
—Sí —asintió Victoria—. Bueno, pues, toda una liturgia que habría, además, sido culminada con el escarnio de haber dejado caer el cuerpo ante el grupo entre el que te encontrabas.
La Inquisición solía ser aficionada a alardear ante el público lo que pasaba con infieles y herejes —explicó Puertos—.
Y para compensar, la otra figura a la izquierda de la cruz es una rama de olivo, que simbolizaría la reconciliación con el arrepentido, cosa que no creo que haya sucedido con el muerto —ironizó.
Sin duda, alguien habría ejecutado con gran hostilidad, de vuelta, el Santo Oficio sobre un malparado degollado.