CAPÍTULO 30
E stefanía actuó prácticamente de la misma forma que en la primera prueba; procedió a analizar delicadamente, primero, el mango del abrecartas aplicando sobre el mismo, con un objeto con forma de brocha, cierta cantidad de un polvo magnético que se adheriría sobre el sudor o la grasa impregnada por la última mano que lo habría blandido y, una vez espolvoreado, con un pequeño jalón levantó el imán dejando caer el polvo en un frasco de cristal.
Su superficie brillante y de color marfil había dejado al descubierto un atlas de huellas resaltadas por el negruzco polvo magnético extraído en el ámbito de aquella lofoscopia.
Con la información dactilar de la empuñadura del abrecartas desenmascarada por el polvo aplicado, lo acercó al escáner al igual que con la otra huella dactilar que traía aparte —la huella del móvil del obispo—, para cotejar si alguna de ellas coincidía tanto entre ellas como con alguna de la base de datos de la policía y, después de unos minutos de búsqueda, Estefanía volvió a dirigirse a un Gallardo que estaba siendo consumido por los nervios del decisivo resultado.
—¿Y qué? —preguntó Gallardo fijado en los redondos labios de la científica, a la espera de que éstos emitieran una respuesta positiva.
—Nada. —Estefanía puso una mueca nada halagüeña y completó—: Ninguna de las huellas del abrecartas coincide ni con la huella que me has traído aparte ni con la base de datos, por lo que la prueba criminalística vendría a concluir que ningún detenido del que se hayan obtenido reseñas decadactilares en la base de datos sería el sujeto que habría clavado el abrecartas en el cuello.
Así que, no encaja tampoco la huella indubitada con las anónimas de la empuñadura.
—Pues menuda decepción… —manifestó Gallardo.
Toda la euforia que estaba en vías de desatarse antes de esta última prueba se diluyó al remate. El rostro de Antón se ofuscó y no pudo evitar dar un golpe con el puño sobre un taburete que quedaba apartado en un rincón.
—No sé qué más hacer, pero bien, quédate el abrecartas que seguro tú sabes darle un uso debido. —Gallardo tomó con el móvil una fotografía de la pantalla que mostraba las huellas del abrecartas y la del móvil del obispo.
—Gracias, lo pasaré a los compañeros y que lo procesen —dijo Estefanía.
—Si te preguntan, di que lo encontré en la puerta de la catedral de la plaza de la Almoina. Por cierto, ¿seguimos sin tener la información de la identidad de la víctima?
—Así es, nadie ha querido informar de quién se trata —confirmó Estefanía.
Seguía, pues, confirmándose la lóbrega bruma que envolvía los foscos intereses de que no se tuviera conocimiento de la «anónima» víctima.
Si, al menos, se supiera un nombre, se podría indagar acerca de su procedencia, de su entorno, intereses, qué o a quién buscaba antes de morir, y si aquella nota que Tan encontró en el Reconditorio le pertenecía y pretendía, o no, entregarla a alguien en concreto.
Tan recibió la llamada de Gallardo al poco de que éste hubo obtenido la información.
—¿Novedades? —preguntó Tan.
—Mejor vernos —propuso Antón.
—Donde nos encontramos tu gato, ¿vale?
—Perfecto. Apago el móvil y nos vemos en nada.
Archer tampoco quería que quedase constancia por teléfono acerca de la localización, de manera que, únicamente, ellos dos podían saber dónde quedaba el lugar de encuentro, un punto en el que casi veinte años atrás, durante un paseo, se tropezaron con un cachorro de gato, pequeño como la palma de la mano, y que Antón decidió llevárselo para cuidarlo.
Nadie, más que ellos, iba a conocer el lugar por si un posible rastreo se hubiera infiltrado en sus teléfonos, y era evidente que en aquel «mejor vernos» venía anexado un mensaje de urgencia y secretismo.
La cita iba a producirse bajo uno de los puentes ubicados en los jardines del Turia.
Aquel lugar le evocó los cruces furtivos que solía mantener en Londres con su compañero Joe para intercambiar información y documentación entre las sombras, abrigados por una cubierta clandestina.
Y así iba a ser de nuevo —pero esta vez con Gallardo—, el puente en cuestión era uno reconstruido en 1595 a base de sillares y lápidas, el cual, pese a su visible robustez pétrea, en una ocasión fue una estructura de madera que cedió ante el rey Carlos I de España por no aguantar el peso de las más de mil personas que lo fueron a ver llegar desde su plataforma.
Se trataba del Puente del Real, bajo el cual, una de sus bóvedas umbrías iba a albergar aquel cónclave de la terraza de la plaza Lope de Vega.
Y Tan, que ya se dirigía hacia el puente, a pesar de tener una mente ágil y despierta, estaba recibiendo muchos metadatos en demasiado poco tiempo, como piezas pequeñas de un puzle complejo. Además, tenía más consultas que efectuar a Puertos, y algún secreto que otro que revelar.
La noche empezaba a caer mientras Xavier, Tan y Puertos acudían a la llegada de Gallardo.
Una vez llegaron ellos tres bajo la bóveda acordada, un repelente e insoportable olor a orín les dio la bienvenida a un lugar equipado, entre la penumbra, con dos colchones mugrientos cubiertos por unos cartones arrugados por la humedad del más que probable nido de ratas en que se convertía aquel punto en las horas de la madrugada, cuando nada más que uno o dos «sin techo» lo ocuparían también habitualmente, cuando el tráfico de viandantes quedaba pospuesto hasta la salida del nuevo sol.
No era un recoveco demasiado acogedor, pero iba a servir de algo.
A lo lejos, una figura ensombrecida se acercaba hacia los tres marcando el paso firme.
La cara de aquella silueta no pudo descubrirse hasta que la cercanía lo permitió, y no, no era ninguno de los mendigos que pernoctaba allí bajo sillares y lápidas compactadas entre las paredes.
El trazo de aquellos hombros robustos anunciaba la llegada de Gallardo.
—No he visto ningún otro gato por aquí —bromeó Antón.
—Se correría la voz de que por aquí un tal Gallardo los secuestraba — Tan le siguió la corriente.
—A lo que vamos —cortó de repente—. Tengo noticias y, como siempre…, una es buena y la otra no. ¿Por cuál empezamos?
—Vamos con la mala primero —pidió Tan .
En ese momento, Gallardo explicó lo que Estefanía hubo cotejado en el laboratorio, confesando que la huella del obispo no se correspondía con ninguna de las registradas en el abrecartas.
—Pero bien, por si acaso, aquí tengo fotografiadas todas las huellas, así que, si tienes el móvil te las paso por Bluetooth, como mejor te venga —avanzó Antón con el móvil en mano.
—Fenomenal.
Archer sacó su móvil también y recepcionó aquellas imágenes de la forma que sugirió el policía; así, no iba a quedar rastro alguno de transferencia de archivos, era mucho más precavido que hacer uso de cualquier app de mensajería que dejase estampa del envío.
—No sé qué se puede hacer con esto, pero, en fin, nunca se sabe… —manifestó el periodista.
—Ahora la buena noticia…
En cuanto Antón ventiló la coincidencia de la trayectoria descrita con la hoja del abrecartas y la de las partículas de arenilla del muro de la catedral con las de la herida, Xavier reaccionó con una expresión extraña, su semblante era de una preocupación fuera de lo habitual, con microgestos que lo descubrían algo angustiado y removido por un repentino trémulo que se manifestaba en su compactada mandíbula.
¿Acaso le daría miedo saber que la investigación avanzaba pese a la opaca pantalla que alguien pretendía interponer?