X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

G allardo arrancó su camino. Dejó atrás a aquellos tres mosqueteros, y lo hizo yendo directo al laboratorio donde su contacto no debía, tampoco, mostrar demasiada connivencia con él por si el resto de componentes del mismo supieran algo de lo que no quisieran o pudieran hablar.

Era una situación altamente comprometedora para él.

Si se probase que estaba aireando piezas de una investigación secreta, o más bien soterrada, algún poderoso interesado podría mover hilos para concederle una fatal suerte de la que no tuviera ni el mínimo chance de escapar, tal y como de lo contrario se libró en el ascensor.

Convencido y consciente, se acercó al centro donde su compañera le podría resolver la «consulta».

Era un edificio con vigilancia en la entrada, pero, por la hora de la comida que era, parecía no haber mucho bullicio tras su puerta.

Gallardo conocía al compañero que estaba allí vigilando, así que no tuvo que dar más explicaciones que un breve saludo antes de dirigirse a probar suerte.

—¿Cómo va, Antón? —le dedicó el vigilante a Gallardo.

—Nada, aquí, de recadero. Es lo que tiene ser un mandado —teatralizó el policía amigo de Tan.

—Tampoco te creas que me estoy pegando la fiesta. Aquí ya se han ido casi todos. A ver si en un rato hay algo más de movimiento —respondió aquel compañero.

Antón Gallardo pretendió no levantar sospecha alguna abriendo un tono distendido con el vigilante con el que, obligatoriamente, se hubo cruzado antes de entrar.

Tenía la opción de acceder en ascensor a la planta en la que se suponía se encontraba el puesto de trabajo de su contacto, pero prefirió tomar las escaleras para evitar revivir infortunio alguno.

Era un edificio extremadamente cuidado, todo era de color blanco y liso, incluso se sentía el olor de producto de limpieza que colapsaba el edificio, de hecho, solamente quedaba una persona entre sus largos pasillos: una mujer con licencia absoluta para acceder a cualquier estancia; pero estaba de espaldas, no era muy alta, llevaba un uniforme blanco impoluto y unos auriculares que le impedían oír lo que pudiera estar sucediendo a su retaguardia, era la mujer de la limpieza, estaba entrando a uno de los laboratorios para recoger los restos de polvo que pudieran acumularse en una estancia que debía estar impecablemente esterilizada.

Gallardo aprovechó que aquélla no podría percibir sus pasos por su popa, ya que probablemente estaría escuchando por los auriculares alguna rumba, debido al movimiento que agitaba sus castigadas caderas, así que, con sigilo, se deslizó hasta el final del pasillo, donde a mano derecha esperaba el habitáculo al que se dirigía de inicio .

La puerta tenía una pequeña ventana redonda, a la que se acercó para comprobar si había alguien todavía en su interior y, efectivamente, a la otra parte de aquélla, una mujer con bata blanca y de pelo castaño recogido con coleta estaba faenando de espaldas sobre un escritorio.

Gallardo no conseguía distinguir bien si aquella figura femenina era o no a quien estaba buscando, por lo que quedó unos segundos fisgoneando a través del cristal.

Pero no tardó mucho aquella pulida científica en asomar el perfil derecho de su sonrosada cara hacia Gallardo, y éste, aunque con algo de nerviosismo, pudo comprobar que era desde luego la persona a la que estaba tratando de encontrar.

Llamó a la puerta sutilmente para que la mujer de la limpieza no se percatase de su presencia con el repiqueteo sobre ésta, de inmediato la científica de bata blanca se apercibió de su visita y le invitó a pasar con una sonrisa. Gallardo entró en el laboratorio y cerró la puerta.

—Estefanía, ¿qué tal, chata?

—¿Cómo tú por aquí? —preguntó con una sonrisa pícara.

—Pues… tengo alguna cosa interesante que sólo tú puedes resolver —afirmó Gallardo.

—¿Sólo yo? Eso es mucha responsabilidad —bromeó ella—. ¿De qué se trata?

—Es sobre la investigación del cuerpo de la catedral.

—Sobre eso mismo estaba trabajando ahora —aclaró Estefanía.

—¿Y alguna novedad? —preguntó Gallardo posponiendo unos segundos su exposición.

—No mucho, he conseguido sacar bajo manga algunas partículas de la sustancia que se hallaba en la herida del cuello de la víctima, y lo único que se ha podido concluir es que es un material común en la construcción. No entiendo cómo puede haber llegado hasta ahí —apuntó la científica.

—¿Y si yo te diera una respuesta? —avanzó Gallardo.

—¿Así?, ¿sin más?

—A eso venía. Amor con amor se paga —respondió Gallardo con un guiño de ojo en agradecimiento a su complicidad en el caso.

Entonces el policía sacó del bolsillo interior de su chaqueta lo que Tan le había entregado.

—¿Un abrecartas? —preguntó Estefanía pensativa ante aquella bolsa de plástico que contenía la prueba.

Los expresivos ojos marrones de Estefanía, clavados sobre lo que Gallardo sostenía en la mano, brillaban tras los cristales de unas interesantes gafas de vista de pasta azabache como dos apetitosos caramelos de cola.

Era una mujer inteligente, al primer escaneo visual del abrecartas ya se había puesto a desovillar mentalmente la madeja de aquel enmarañado caso.

Gallardo sabía que pronto tendría una respuesta al ver cómo arrugó su pequeña y puntiaguda nariz, un gesto que revelaba una inminente respuesta.

—¿Crees que un objeto como éste podría haber sido el usado para matar a la víctima? —preguntó Gallardo.

—Un objeto como ese podría encajar perfectamente en la fisura y el desgarro provocados, sí.

Despejaría una incógnita importante porque un abrecartas no podría degollar, así como así, a alguien mediante el trazado de un corte horizontal exterior, sino que necesitaría ser clavado primero de punta antes de completar su trayectoria desgarrando la piel —respondió Estefanía.

—Un corte agresivo.

—Sí, es una herida mortal provocada con mucho odio…

, con ganas de hacer daño, con ensañamiento, lo que se conoce co mo dolor innecesario.

—Se quitó las gafas de vista y, mientras apoyaba sensualmente una de las patillas de éstas sobre su labio, aclaró—: El modo como se efectuó delata un alto grado de rencor por parte del autor.

Me has dado una muy buena idea para aportar a un informe, gracias —dijo Estefanía con su impecable sonrisa.

—Chiquitina, no vengo a dar ideas con esto, quiero que sepas que hay grandes sospechas de que ésta sea la auténtica arma usada en el asesinato.

A Estefanía se le pusieron los ojos como dos esferas de luz inmensas. Había quedado inmovilizada por la magnitud que alcanzaba la confidencia de Gallardo.

—Necesito, además, que compruebes más elementos. Dentro de esta bolsa hay unos restos de arenilla y una huella dactilar que, si se correspondiese con posibles huellas en el abrecartas, tendríamos prácticamente resuelto el caso… a expensas del móvil.

—¿Arenilla? ¡¿De dónde proviene?! —exclamó incrédula.

—No le quitemos la magia a todo esto tan así sin más, vayamos más despacio —bromeó Antón.

—Está bien, déjame lo que llevas y, si hay match , me sorprendes —aceptó Estefanía que quedó atraída por ese juego de misterio.

La científica alargó su brazo hasta uno de los cajones que sobresalían de un mueble blanco atornillado a la pared izquierda, sacó una lámina transparente y, cuidadosamente, esparció sobre éste una pequeña muestra de la arenilla que Gallardo le acababa de entregar.

Posó la muestra sobre el portaobjetos de un microscopio que alardeaba sobre una mesa alargada en la estancia, empezó a inspeccionar a través del ocular y, después de unos pequeños ajustes, apartó la lámina y colocó otra que descansaba sobre la mesa .

De nuevo, se puso a inspeccionar a través del óculo y, tras resoplar intensamente, levantó su cabeza del microscopio, se dirigió a Gallardo y resolvió:

—Pues… la arenilla que has traído es exactamente la misma que la de la herida.

—¡Bien! —respondió Gallardo al tiempo que apretaba el puño de su mano derecha.

La primera respuesta desprendió un intenso olor a euforia que los arrastró hacia una sensación de positivismo sobre las que serían las siguientes pruebas a cotejar: las huellas dactilares.