X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

A cada paso que se avanzaba, el yugo de una incandescente desconfianza que apresaba la boca del estómago de Tan se iba estrangulando, obstruyendo así el flujo del más mínimo hálito de lealtad.

Casi de forma «kármica», todo lo que le rodeaba era un éter plasmador de una realidad sin escrúpulos, una realidad sucia y desaprensiva venida a quedarse en un mundo pusilánime a las injusticias cuando la comodidad del individuo, sin espíritu crítico y desconectado socialmente, pero hiperconectado digitalmente e insensibilizado por ende, se olvidaba hasta de la lucha, ni mucho menos asaz, en defensa de la colectividad a la que perteneciera.

La traición, la falsía y la vileza se atisbaban indemnes a delación alguna, pero Tan, hurón y soñador de un mundo nimiamente digno, no se conformaba en dejar en herencia una sociedad en la que un caso de magnitudes y consecuencias colosales fuese sepultado como tweet que se desvanece en el inconsciente colectivo tras el impacto que ocasiona la publicación de otro nuevo al minuto.

Aun maniatado por la situación, el espíritu de liderazgo de Tan, cuyas capacidades le habían conducido, siempre, a saber rodearse de personas que aportasen sus respectivas virtudes para la resolución de cualquier circunstancia en equipo; le susurraba un mensaje únicamente descifrable por una intuición ágil y oportunista.

Tan empezaba a percibir la figura de ese nuevo personaje, de apellido Puertos, como una posible compañera de investigaciones; a cada tema que irrumpía parecía haberle dedicado un programa en su canal de Youtube, una investigación previa que habría expuesto ante su abultada audiencia durante unos intensos diez o quince minutos —no era descabellado ni mucho menos a tenor de la cantidad de vídeos que subía cada semana durante años.

Merced a sus investigaciones, generaba la percepción de haberse convertido en una enciclopedia breve del conocimiento, y esa sensación que Tan empezaba a apreciar en ella le recordaba a un antiguo y fenecido compañero en una de las más importantes pugnas que jamás hubo enfrentado: le recordaba a aquel trémulo guía del Museo Británico que recorrió, empujado por la fuerza de la gravedad, los más de sesenta metros postreros que sellaron un impacto letal, para suponer el punto y final al vasto conocimiento en culturas ancestrales que pudo desplegar en su primera y última aventura; sin duda alguna, su perfil le evocaba la figura de aquel efímero compañero de nombre Thomas.

Definitivamente, Tan necesitaba sujetar el conocimiento de Puertos, que seguro le causaría más de una sorpresa a la vista de lo relatado en sucesivas conversaciones. Por ello, esperando alguna de sus sorprendentes respuestas le preguntó:

—¿Sabes si existe alguna manera de poder inhibir los efectos de su «poder mental»? —preguntó Tan para tratar de confirmar si había transcurrido por el camino correcto al colgarse el imán del cuello.

—Pues, bueno, algunos mentalistas afirman que contra convicción no cabe inducción, pero más allá de ese campo no sabría… —respondió Puertos frotándose la barbilla con la mano.

Le acababa de aportar un dato bastante importante en aquella última frase.

Si era cierto aquello de que «contra convicción no cabe inducción», debería estar atento a cualquier orden que Xavier pudiera lanzar de forma directa o sibilina, usar esa información de una relevancia de dimensiones extraordinarias, por lo que debería de empezar a estructurar un plan de acciones predefinido a cualquier propuesta del mentalista, de tal manera que, si este último pretendiese inducir algún movimiento intencionadamente fosco o no, colisionase con la convicción de seguir los pasos predeterminados por Tan.

Aunque era una teoría fácil de pensar, no lo era de ejecutar debido a un acontecer de hechos tan cambiante minuto a minuto.

Asimismo, Archer, que se había sentido protegido desde aquella mañana con el colgante, volvía a detectar el protagonismo incipiente de la inseguridad después de conocer que el poder mental de un mentalista alcanzaba distintos ámbitos, más allá de la habilidad de descifrar pensamientos, por lo que se requería una estrategia múltiple para vencer la misteriosa batalla mental sin levantar ni la más exigua sospecha, no únicamente un imán que se presumía inhibidor y distorsionador de ondas cerebrales .

En cuanto llegaron de vuelta a la cafetería, a los pocos metros de unirse a ellos, se podía ver cómo Xavier y Gallardo mantenían una conexión muy superior a la de hacía un rato; tal vez, en aquel ínterin, el mentalista pudo haberse apoderado del control de la mente del policía en el tú a tú del café.

A Gallardo se le veía exhibiendo una expresión de asombro a raíz de algo que parecía estar obrando Xavier; la cara del policía lucía con la boca abierta y los ojos decomisados por los gestos de aquél, clavados sobre una cuchara que sostenía en la mano.

El mentalista le estaba mostrando alguna cosa, a la vista del lenguaje corporal… , muy interesante.

—¡Macho! ¡Es increíble! —exclamó Gallardo después de girar la cabeza a la llegada de Tan y Puertos.

—¿Increíble el qué? —preguntó Tan.

—Lo que hace Xavier con la cuchara —respondió—. ¡La dobla con la mente!

—Como… ¿Uri Geller? —preguntó Puertos.

—Exacto. Mira que he tratado de ver dónde está escondido el truco, pero chaval, es que…

¡la cuchara que ha usado es de aquí del local!

—exclamó emocionado—. Si hubiera sido una que llevase consigo dudaría, pero ¡es que es increíble cómo dobla la cuchara por el medio sin hacer más que sostenerla en la palma de su mano!

—No es para tanto —aclaró Xavier con un fino hilo de arrogancia.

—¿A ver cómo lo haces? —rogó Tan.

Xavier accedió a la petición y volvió a ejecutar el mismo número en presencia, ahora también, de Tan y Puertos.

Con la punta de los dedos de su mano izquierda agarró una cucharilla del café que quedaba todavía intacta —y que el camarero les había provisto sobre el plato del mismo—, extendió la palma de la mano derecha boca arriba, sobre la que postró el cubierto de metal, fijó su mirada de forma casi obsesiva y cruel sobre el objeto mientras su mano, rígida y alargada, empezaba vibrar señalada desde la distancia por la punta de los dedos de la otra mano, y entonces…

empezó a producirse la «magia», la cuchara empezaba, sin más, a doblarse por el centro, provocando la elevación de sus extremos de una forma casi demoníaca, como si fuerzas invisibles la estuvieran forzando y haciendo palanca sobre ella, auspiciadas por el cañoneo visual tan violento que estaba disparando el mentalista sobre el metal.

Xavier acababa de alardear una nueva habilidad absolutamente desconocida por Tan hasta ese momento, aunque a pesar de la espectacularidad de la exhibición, no supuso una alarma añadida al recelo acumulado como consecuencia de los otros tipos de habilidades del émpata.

—Volviendo a la realidad. Ya he hablado con mis compañeros y me han asegurado que en el informe añadirán que estábamos juntos, y que la bombilla repleta de combustible no ha sido, para nada, ningún tipo de defensa macabra instalada por ti, Tan, ya que podría darse algún indicio de sospecha de lo contrario, y eso sí que te podría poner en alguna complicación, chaval —afirmó Gallardo.

—Es que ya son dos días seguidos persiguiéndome la fatalidad —lamentó Tan.

—Macho, deberíamos de hacer algo para protegerte, porque si eso es así… —Gallardo pausó unos segundos y clavó duramente sus ojos en la preocupada mirada de Archer y concluyó—: no queda otra que esconderte o irte bien lejos hasta que esto se disipe.

—Está claro —respondió Tan con la cabeza agachada.

Archer no quiso desvelar sobre su marcha a Madrid al día siguiente, por si algunos de los oídos allí presentes pudieran usar la información maliciosamente para urdir cualquier otra estrategia perversa.

—¿A qué habéis ido a tu casa? —consultó Xavier a Tan y Puertos.

—Tú eres el mentalista, deberías saberlo —respondió el periodista a media sonrisa con la intención de descubrir si el imán había surtido efecto o no.

—La verdad que sí, pero no sé por qué no lo veo… Me sucede contigo lo mismo que me pasó con el obispo, siento cosas sin ningún sentido proviniendo de ti… como borrosas.

¡Bingo! Parecía que lo había conseguido, el imán pudo haber provocado una interferencia suficiente para que las ondas electromagnéticas, fruto de la actividad mental de Tan, no llegasen al mentalista con nitidez, sino que éstas quedasen totalmente encriptadas en un lenguaje distorsionado por el campo magnético del colgante.

Acababa de cerciorar la efectiva instalación de un cortafuegos mental definitivo sin que nadie sospechase absolutamente nada.

Por otra parte, Archer sacó de su bolsillo derecho una llave y se la entregó a Gallardo.

—Mira, te dejo una copia de la llave de mi piso para que tus compañeros inspeccionen lo que crean conveniente —dijo Tan.

—Ah, me parece buena idea. La pasaré a compañeros de máxima confianza —respondió Gallardo elevando su mano para alcanzarla.

—También tengo otra cosa de la que quería hacerte entrega y de la que ya te había avanzado algo. —Se metió la mano en el otro bolsillo y sacó una bolsa de plástico transparente con el abrecartas en su interior.

—¿Qué se supone que es eso? —preguntó Gallardo desorientado .

—Es un abrecartas —respondió.

—Joder, eso ya lo veo —espetó el policía con un gruñido.

—En fin, es un abrecartas un tanto especial. Como puedes comprobar, la punta tiene una muesca en la que encaja a la perfección la pequeña esquirla que también está dentro de la bolsa.

—¿Qué insinúas?

—Te comento… Lo especial de la muesca y de la esquirla es que la parte principal, el abrecartas, se encontraba dentro de un bolsillo del obispo de la catedral, Don Teódulo, y el trozo de metal la encontramos afuera del edificio de la catedral donde la puerta de la Almoina, en concreto, bajo unos surcos grabados sobre la pared por el recurrente afilado de armas en ella durante la Inquisición, según una leyenda.

—Guau, es una gran casualidad haber encontrado la pieza que encaja con el abrecartas —valoró Gallardo.

—Y tanto, pero eso es lo de menos —aseguró Tan.

—¿Lo de menos?

—Sí. Lo relevante en este caso es que la hoja del abrecartas debió partirse al ser afilada en la pared, cosa que se podría confirmar con las partículas que sobre ella hay del mismo material, o al menos lo parece, que la pared bajo la cual estaba la muesca, y si es la misma arenilla que la que me dijiste que se había encontrado en la herida del cuello de la víctima, estaríamos con total seguridad ante el arma del crimen, insisto…

, sacada del bolsillo del obispo cuyas palabras iban dirigidas a despacharnos a Xavier y a mí cuando nos acercamos a él.

—¡Joder!, ¡eso es una bomba! —exclamó Gallardo.

—Sí, además, ni Xavier ni yo hemos contaminado la prueba con nuestras huellas, ya que nada más la localizamos la cubrimos bien para que se pudiera analizar en su caso.

— Tan metió su mano en el bolsillo interno de la chaqueta y sacó cuidadosamente otro ítem— Ah, y que no se me olvide, sería importante que cotejarais esta huella por si coincide con alguna que pueda resultar del análisis del abrecartas.

Gallardo acababa de recibir el plástico con la impresión de la huella dactilar del cura que, casi milagrosamente, Tan había reproducido con el uso del carboncillo de la mina de un lápiz y las señales marcadas en el botón dactilar del teléfono del obispo.

«Fenomenal, entonces la llevaré a la compañera del laboratorio, y cuando tengamos algo más o menos claro ya veremos cómo oficializamos la entrega» zanjó Gallardo.

Habían acumulado una serie de pruebas de vital importancia para volver a encauzar la investigación del asesinato, por lo que, con firme decisión, el policía se levantó para tratar de resolver a la mayor celeridad el indicio que se acababa de avizorar a través de una pequeña ventana de esperanza abierta por Xavier y Tan al albor de sus, casi, temerarias indagaciones.

¿Sería esa huella la que, definitivamente, apuntaría hacia el obispo Teódulo como el cruel asesino que degolló al personaje caído desde el matacán?