CAPÍTULO 27
A pesar de la conversación tan amplia que mantenían Victoria y Tan, aún no habían alcanzado a reunirse con Xavi y Gallardo cuando, de repente, Puertos decidió confesar una sospecha que había incubado desde principios de la mañana:
—No es por nada, pero hoy ha habido algo que no me ha dado muy buena espina, Tan.
—Yo creo que casi todo da ya mala espina —respondió Tan con displicencia.
—Bueno, no te quito la razón, pero hay detalles que, bueno, pues, ya sabes, que son como señales —dijo la youtuber en un ejercicio de encomiable esfuerzo de sinceridad.
—¿Y en qué consistiría esa «mala espina»?
—Bueno, pues, esta mañana el camarero de la terraza te miraba a ti, en particular, de una forma extraña y…
bueno, no sé —juntó, nerviosa, los dedos de ambas manos—, como que mantiene algún tipo de complicidad con Xavier.
No sé si te habrás fijado, pero en cuanto nos hemos levantado lo fue a buscar con la mirada, e hizo no sé qué con su móvil después.
—Quizás estaría esperando a que le pidiesen la cuenta o algo así al ver que nos íbamos —excusó Tan concediendo el beneficio de la duda sobre el mentalista.
—Ya, pero, bueno, mmm... no he podido dejar de darle vueltas a la situación y, pues, me ha causado un gran desconcierto y, en fin, en una ocasión hablé en un programa sobre el misterio del mentalismo y, claro, hoy antes de que fuéramos a la plaza Lope de Vega, ¿no ha habido nada que te haya parecido algo extraño o forzado?
Aquella pregunta se abalanzó sobre la curiosidad de Tan, quien sin pensarlo frenó en seco sus pasos a apenas dos minutos de reencontrarse con el mentalista y Gallardo.
Sus globos oculares parecían el led de un procesador trabajando hasta rozar el colapso del sistema.
Pero, después de aquel ejercicio computacional, volvió a recuperar el rostro humano y una secuencia que el subconsciente de ambos había capturado.
—¡Espera! ¡No puede ser! —exclamó Tan y preguntó—: ¿No será cuando ha dicho aquella extraña frase sin sentido?
—Bueno, pues, si te refieres a la misma frase que yo estoy pensando… Sí. —Su mirada se desvió hacia la parte superior izquierda y continuó—: Si no recuerdo mal, cuando ha dicho « Es lo peor de venir, Gallardo », lo ha hecho de una forma extraña ¿o no?
—Ahora que lo mencionas, justo es la misma frase en la que estaba pensando. —Apretó Tan los labios.
—Bueno, pues, ¿no te has fijado en la extraña forma en que la ha pronunciado?
—Sí. Como que puntualizaba en las palabras de forma sospechosa, ¿verdad ?
—Así es. Y, bueno, pues… como iba diciendo, en una ocasión traté en un programa el mentalismo, y una de las habilidades que desarrollan los mentalistas es la inducción, la capacidad de manipular la voluntad sin necesidad de hipnosis.
Cuando dijo aquello, inmediatamente movió el brazo de forma peculiar, aunque no tanto después de analizar cómo había puntualizado las sílabas en su frase.
La fuerza en su tono recayó sobre las siguientes sílabas: «Es LO PE -or DE VE -nir, GA -llar-do», y señaló la dirección hacia donde quedaba la plaza Lope de Vega, que es donde hemos ido a tomar el café.
—¿Estás insinuando que en su frase estaba escondido el nombre de la plaza Lope de Vega entre sus sílabas? —inquirió Tan casi en shock .
—Bueno, pues, así es. Resaltó las sílabas que coincidían con Lope de Vega y señaló hacia allí.
¿Y no era allí donde se ha cruzado una mirada extraña con el camarero que ha tomado su móvil justo antes de que ocurriera el intento de incendiarte?
—En ese momento su actitud subió el tono de forma vehemente—: Los mentalistas son capaces de hacerte escoger el objeto que ellos quieran entre varios, son capaces de hacerte decir o pensar en una palabra casi como metiéndose en tu cabeza sin remordimiento alguno.
¿No sería capaz Xavier de hacerlo también? —elevó Puertos.
—No sería la primera vez que haría algo en esa línea en mi presencia —respondió Tan y emitió una sutil mueca de ironía.
Con toda probabilidad, acababan de descifrar un enigmático mensaje cuya intención no era más que la de dirigirles a un lugar presuntamente premeditado, todo un conjunto de ilusiones recreadas de forma sibilina por un genio del control mental, una constante percusión de órdenes subliminales entre tentativa y tentativa de asesinato que podrían llegar, incluso, a hacer pensar que el abrecartas que Tan tenía en su poder hubiera sido colocado en el bolsillo de la sotana del obispo por Xavier, a fin de desviar cualquier indicio de sospecha que pudiera recaer sobre él hacia terceros.
¿Estaría el mentalista colocando señuelos en el íter de la investigación?