CAPÍTULO 25
A rcher y Puertos, aunque superados por la flamígera escena no pudieron contenerse y, con rapidez, siguieron la estela trazada por aquel hombre en llamas y se asomaron por la baranda del balcón desde donde se había precipitado.
Desde allí arriba, vieron inmóvil, pero ardiendo todavía, el cuerpo de aquella tentativa de ladrón en medio de la calle. Estaba quedando calcinado por aquello que lo había incendiado.
Se había arrojado desde una cuarta planta equivalente a más alturas de las convencionales, ya que los techos de los apartamentos de aquel edificio eran aquellos típicos altos de las viviendas modernistas de zonas céntricas, lo que al mismo tiempo ayudó a que las llamas no dejasen más señal en la casa que la del punto de donde se originó la deflagración, y asegurase que el hombre no hubiera sufrido más tiempo del necesario con la mortal caída .
—¿Cómo puede haber sucedido esto? —lamentaba Tan mientras contemplaba desde lo alto, cariacontecido, las ascuas del delincuente.
—Pues, es como…, no sé, como una película. —Puertos se echó la mano derecha a la cabeza y preguntó—: ¿Cómo se ha podido incendiar?
Archer le prestó atención a aquella cuestión, se alejó de la balaustrada del balcón y volvió a adentrarse en el piso para analizar la zona cero. Alrededor del plafón de la luz de la entrada se había quedado impregnada una mancha oscura fruto de la llamarada.
Corrió la cortina de la ventana del pasillo para que entrase luz natural y, al iluminarse el suelo, se podían ver multitud de cristales hechos pedazos por el suelo, de los cuales Tan agarró cuidadosamente un fragmento, sosteniéndolo de sus extremos, y se lo acercó a la nariz.
—Huele a gasolina —dijo Tan y frunció el ceño.
—Pues, bueno, supongo que no es cosa tuya, pero si vives solo…, deberías saber mejor que nadie lo que hay en tu apartamento —insinuó Puertos.
—No, esto no es cosa mía —respondió con rigor—. Aquí ha entrado alguien antes que nosotros. El felpudo ha sido movido y, seguramente, por alguien que ha querido no quemar a ese hombre… sino a mí.
—Pero ¿qué querrían de ti?
—No lo sé. Al parecer, algo suficientemente importante como para meter dentro de una bombilla la cantidad de combustible necesaria para quemar a una persona de la cabeza a los pies.
—Me da escalofríos sólo de pensarlo. Podría haber sido yo si no me hubieras dicho que la luz estaba fundida —sollozó Puertos .
—Bueno, lo hecho, hecho está. Ha habido suerte de que no se incendiase la vivienda, así que vayámonos de aquí como si no hubiese pasado nada. Con un poco de suerte Gallardo nos echa la cobertura.
Dio un portazo, alineó el felpudo de nuevo y, al bajar por las escaleras, llamó a Gallardo para contarle lo que le acababa de suceder.
—¡¿Cómo?! ¡¿Primero lo del ascensor y ahora lo de la bombilla con combustible?! —exclamó Gallardo—. No es muy buen negocio acercarse a ti, macho.
—Ya te digo, juego a la lotería y me toca —ironizó Tan con preocupación—. Se ve que han introducido el combustible en la bombilla esperándome a mí, pero, al darle al interruptor el ladrón, la corriente eléctrica ha hecho que todo aquello ardiera en un pestañear de ojos sobre la persona equivocada.
—De todas formas, vente para aquí, chaval, que yo llamo a unos compañeros y les digo que estabas conmigo.
—Muchas gracias. Nos vemos ahora. —Archer colgó el teléfono.
Había sido un golpe de suerte tras otro, daba la sensación que algo o alguien estaba siguiendo los pasos de Tan otra vez, ya que no podían darse tantas «casualidades» concatenadas; un asesinato prácticamente a sus pies, la caída del ascensor, el intento de incineración…
y algo que apuntaba hacia un dato que sumergía su mente en un estado de zozobra opresiva: el detalle del cubo de Rubik desarmado.
Evidentemente, aquel ladrón no pudo ser tan torpe de caer en una trampa que él mismo hubiese tendido, sino que se habría convertido en un pobre diablo malparado por otra contrafuerza que habría estado preparando un escenario terrorífico .
Cualquier conjetura conducía a recapitular que los pasos que se hubieron escuchado antes de entrar en el apartamento habrían pertenecido a ese ratero, que habría estado esperando a que alguien hubiese pasado a entrar en cualquier piso del edificio y, en un acto de descuido, colarse para simplemente sustraer, a punta de pistola, dinero y objetos de valor; un robo cuyo móvil habría sido únicamente económico.
Tan empezó a temer que el gesto del cubo fuera una amenaza de venganza. Y es que, años atrás, cuando estaba a punto de resolver toda la trama de corrupción de Sayers, dejó en el FDP un cubo de Rubik a tan sólo un movimiento de su resolución, como mensaje en clave.
¿Habría entendido alguien aquel subrepticio desafío? Y, de ser así, ¿le habrían arrojado sibilinamente el guante para que lo recogiera?
Obviamente, un cubo así de desarmado, con la disposición de los colores desordenada, tendría una significación importante, sería la ejemplificación de que habría pendiente un caso irresoluto. Pero, le surgía una duda no menos inquietante: «¿Taylor sería desconocedor de aquello?» se preguntó.
Recientemente, Taylor le hubo informado por teléfono de que todo seguía igual, pero, a la vista de lo sucedido, detrás de aquella afirmación podría haber algo que se le hubiese escapado de las manos… Estaban desencadenándose demasiados contratiempos al albor de sus vacaciones en España.
No había, si no, más que una recalcitrante obsesión por conectar puntos aparentemente inconexos pero que, quizás, Puertos podría ayudarle a unir.
—Puertos, ¿crees que el asesinato de la catedral sea algo de mucha más envergadura de lo que nos pensamos ?
—Bueno, pues, supongo que a raíz de ello ha sido cuando han empezado a producirse estas tentativas de asesinato.
—Por supuesto, de asesinato y no de homicidio, que hay premeditación y alevosía. Se ha trazado todo un plan previo para quitárseme de en medio, visto lo visto.
—Te aconsejo que, cuando llegues a casa, eches bien el cerrojo y dejes la llave puesta —propuso ella.
—Ni lo dudes, aunque sólo tengo ganas de escaparme de aquí cuanto antes —afirmó con preocupación Tan pensando en subirse al tren camino a Madrid cuanto antes.
Pocos minutos más iban a tardar en reunirse con Xavier y Gallardo, pero Tan recibió, justo antes, una llamada en su teléfono de emergencia.
—Tan, está pasando algo extraño —anunció la voz desvelada y acelerada de Joe.
—¿A qué te refieres con «algo extraño»? —preguntó Archer con principios de agitación.
—Estoy tratando de buscar nombres, ya que un contacto me ha confirmado algo que podría ser inusual.
—¿Cómo de inusual?
—Uf, tan inusual como que me han informado de que haría semanas la Reina habría emitido una Prerrogativa Real de su Gracia —avanzó Joe.
—¿Eso qué significa? —Archer apretó la mandíbula.
—Que habría hecho uso de un instrumento fruto de su potestad absoluta de perdón.
—¿Un indulto? —preguntó Tan.
—Eso parece, aunque de momento no dispongo de más información que ese avance. Se desconoce exactamente si es en verdad un indulto y, de ser así, sobre quién habría recaído .
—Pues intenta sacar la información de donde sea, porque esa noticia podría ser portada en el FDP. Seguro que Taylor puede ayudarnos a indagar sobre el tema. Tiene contactos hasta en el infierno.
—Sí, sería buena idea —asintió Joe.
—Luego le llamo —aseguró Tan.
Un nuevo misterio se acababa de postrar sobre su vuelo: el posible perdón Real que estaría por descubrir. ¿Conocerían a la persona sobre la que habría recaído tal extraordinaria potestad de la reina de Inglaterra?
Al colgar a Joe, llamó inmediatamente a Taylor para preguntarle sobre la sospecha que le había transmitido aquél.
—Taylor, Joe me ha avanzado que la Reina Madre podría haber indultado a alguien, ¿tú podrías saber algo de eso?
—No sé, eso son cosas que pasan, tampoco hay que darle tanta importancia, ya que ni es la primera ni será la última vez que escuches algo así —respondió Taylor con un desprecio esquivo.
—Ya, pero ¿cabría la posibilidad de que hicieras alguna llamada al respecto? —insistió Tan.
—Seguro que en breves nos enteramos de ello —dijo Taylor a modo de evasiva—. Bueno, te dejo que estoy un poco ocupado. —Colgó el teléfono con premura.
De repente, Taylor había tomado una actitud un tanto extraña, había cortado la llamada de forma abrupta, presentaba una actitud nada común, así que habría que buscar más vías de investigación para hacerse con la primicia de aquella «supuesta» Gracia Real.