X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

A rcher abrió la puerta de su apartamento con una forzada torsión de muñeca y un giro de llave no menos tosco.

En el piso sólo se escuchaba el silencio, ni siquiera se podía sentir corriente de aire alguna, ya que todas las ventanas estaban cerradas.

La oscuridad era, también, otra de los protagonistas en el recibidor.

Aunque, una vez entraron ambos, Tan notó algo extraño.

—Huele un poco como a gasolina, ¿no? —dijo Tan.

—Bueno, pues, ahora que lo dices… sí, pero apenas lo he notado hasta que lo has dicho. Si quieres enciendo la luz. —Puertos alargó su mano hasta la clavija de color blanco que destacaba en aquella tenue entrada.

—No te molestes, no funciona, se ha fundido —informó Tan.

—Ah, entonces nada. —Puertos apartó su mano de la órbita de la clavija.

El periodista se dirigió, primero, al salón a abrir las puertas del balcón para ventilar la vivienda de aquel leve aroma a combustible y, nada más las hubo abierto, le pidió a Puertos que esperara unos segundos en el pasillo mientras él iba a la habitación a sacar del hueco de la pata de la cama los objetos que había escondido.

Allí estuvo forcejeando con el destornillador y, una vez obtenido aquello del creativo recoveco, la animó a volver a la cafetería.

«¿Nos vamos, Victoria?» dijo Tan y entornó sus ojos hacia la mesita de noche, sobre la que vio el cubo de Rubik que había dejado resuelto la noche anterior, pero inexplicablemente descansaba desarmado sobre el mueble.

«Qué extraño» pensó, no era normal que éste mostrara todos sus colores desordenados…

«¿Y si la peregrina sospecha que había recaído sobre el felpudo no hubiera sido una falsa alarma y alguien hubiese intentado hacer una “visita” a casa?

» recapacitó y, al tiempo, una ventisca helada sobresaltó el interior de su pecho, simultáneamente a la irrupción de una orden que irrumpió por sorpresa en el apartamento:

—No tan deprisa —exhortó una voz irreconocible proveniente de una silueta dibujada en la oscuridad de la entrada.

—¿Có… cómo? —tartamudeó Puertos.

—De aquí no se mueve nadie hasta que no me deis todo —imperó aquella sombra en tono amenazador.

La voz desconocida se escuchaba chulesca y nerviosa, no parecía insinuar ningún tipo de broma.

De la sombra que emanaba se podía intuir, por el brillo metálico que destellaba el cromado de su material, la figura de una pistola empuñada, que se confirmó con el chasquido que resonó al ser amartillada.

—Vamos a tranquilizarnos —sugirió Tan en la oscuridad del pasillo que conectaba con el recibidor—. ¿Qué necesitas de nosotros ?

—¡No me vengáis con tonterías! ¡Dadme todo lo que tengáis de valor!

Puertos se había puesto nerviosa. Aterrada, le temblaba todo el cuerpo, ya que, por si fuera poco, ella estaba situada más cerca de aquel delincuente.

—Yo… yo no… no tengo nada —confesó Puertos entre sollozos.

—Que ¡no me vengáis con gilipolleces, y sacad todo lo que tengáis!

—exclamó, rabioso, el criminal—. Mirad, como no empecéis a sacar ya todo, mi amiga os meterá su plomo entre ceja y ceja, así que, si no os lo creéis, os la presento con algo más de luz.

—En ese instante, el delincuente fue a darle a la clavija de la luz.

Aquel ratero pretendía intimidarles, más aún, a luz encendida para que entendiesen que no iba de farol, aunque justo el interruptor al que iba a darle era el de la luz fundida de la entrada, así que poco más iba a mostrar…

Pero algo inesperado sucedió al instante de oírse el percutir del interruptor, un fogonazo de luz iluminó unas milésimas de segundo aquella intimidante silueta que portaba un revolver y un pasamontaña, y tras un casi simultáneo estampido, una lengua de fuego irrumpió desde el techo hacia el suelo hasta cubrir el cuerpo entero del delincuente, que se hallaba bajo ella, y el cual empezó a arder en llamas de forma inesperada.

Archer y Puertos estaban en shock , paralizados, sin saber cómo reaccionar mientras presenciaban aquel delincuente ardiendo y gritando de forma desgarradora.

Poco tiempo tuvieron que visualizar la infernal escena, porque aquella antorcha humana corrió, sin tiempo a recapacitación alguna, hacia la puerta del balcón que Tan hubo abierto poco antes, y desesperado… saltó al vacío.