X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

M ientras el policía y el mentalista conjeturaban sobre la fugaz escapada, el camarero disparó desde el interior del local su mirada contra los magnéticos ojos de Xavier, como si estuviera esperando una señal de aceptación o, tal vez, simplemente la petición de la cuenta de la mesa, aunque cierto fue, también, que después de aquella conexión, el camarero agarró su móvil con sigilo y lo manoseó de forma sutil y disimulada.

Puertos, que se percató de aquel gesto, marchó con Tan a paso rápido porque necesitaban zanjar todo fleco en el menor tiempo posible y, evidentemente, la prueba que se hallaba escondida en casa de Archer podría ser de gran importancia.

—¿Qué tal con Xavier? —preguntó Puertos ya alejados del mentalista.

—¿A qué te refieres? No lo conozco demasiado todavía, pero parece muy interesado en ayudar —respondió Tan.

—Sí, eso parece …

La cara de Puertos no transmitía demasiada tranquilidad y no podía callarse algo que llevaba silenciado desde el primer encuentro.

—Bueno, pues, tú sabes que he hablado de muchas cosas en mi programa, ¿sí? —recordó Puertos.

—Eso me has dicho, sí.

—Pues, bueno, uno de los temas que he llegado a tratar fue acerca de un plan secreto que llevaban empresas tecnológicas para descifrar todo lo que pasa por nuestra mente —avanzó la youtuber.

—Interesante. Xavier perfectamente podría ayudarles —bromeó Tan.

—Bueno, pues, a eso me refiero.

Así de rápido como Puertos dio aquella concisa respuesta, Tan imaginó que podía suceder alguna información desconcertante, con lo que su semblante abandonó cualquier vis cómica que hubo podido mostrar segundos antes.

—Pues, recuerdo, bueno, un programa en el que traté, como te digo, sobre el plan secreto para descifrar nuestros pensamientos y, según información que me hicieron llegar desde producción, podrían haber estado colaborando en el programa algunos mentalistas —relató Puertos.

—Hombre, supongo que Xavier no es el único mentalista del mundo.

—Bueno, la verdad que no… pero, no sé, no me da buena espina por como mira y contesta.

Tan prefirió no responder y se mantuvo en silencio, pero en el fondo sabía que detrás de la figura de Xavier se escondía algo misterioso e inquietante aunque, a pesar de su callada, Puertos necesitaba retorcer con más ímpetu el descorchador del espíritu inquieto de una auténtica divulgadora, pero Archer circunvaló para evitar caer en la trampa de la crítica trapera.

—Hoy he tenido un sueño extraño, Victoria.

—Bueno, pues, a veces los sueños contienen significados reveladores.

—¿Tú crees?

—Por supuesto, resulta que en mi canal he llegado a tratar sobre la interpretación de los sueños y, bueno, hay distintos tipos de ellos, por una parte, sueños que simplemente sirven para procesar información obtenida durante el día, otros que son premonitorios y, finalmente, unos sueños que nos conectan con un espacio tiempo cuántico, ajeno a las leyes físicas de lo material, de lo que tocamos y vemos, pues.

—Impresionante —añadió Tan con admiración.

—Sí. De hecho, hay relatados sueños importantes en la misma biblia que se convirtieron en premonitorios, como fue el que tuvo José, hijo de Jacob.

—Y ¿qué se supone que soñó?

—Soñó que sol, luna y once estrellas se presentaban ante él.

—Victoria elevó su tono viniéndose arriba y prosiguió—: Ese sueño anunció la elevación de José, quien después de ser vendido como esclavo por sus once hermanos y encerrado en prisión en Egipto, se transformó en la persona más poderosa al descifrar los sueños del Faraón.

—Sinceramente, en otro momento no habría hecho mucho caso de lo que aseguras, pero después de varias situaciones que he llegado a vivir en carne propia, no puedo negar lo que dices.

Y menudo ejemplo me has puesto, sólo hacía falta que me hablaras del número once; once estrellas, once hermanos, poder…

Parece que se me está volviendo a presentar algo que creía superado, ya me dijiste que, justo, el asesinato ta mbién se produjo en una catedral cuyo campanario tiene once campanas.

—Bueno, pues, todo ello puede que sean señales. ¿Y qué es lo que has soñado?, si se puede saber —preguntó Puertos y elevó la barbilla sin despegar su mirada de Tan.

—A ver, no es sencillo para mí contar esto, pero he vuelto a tener una aparición increíblemente realista de quien fue el presidente del periódico para el que trabajo en Londres, y en él me aseguró que la organización secreta que conseguimos desenmascarar y desarticular habría vuelto.

Y por si no era suficiente, esa aparición afirmó que «la respuesta está en la biblia».

—Bueno, pues, parece interesante… —Arrugó la frente y preguntó—: ¿Te despertaste de repente?

—Ah, sí, eso fue otra cosa que me llamó la atención. Cuando desperté, justo el reloj marcaba las 5:23 a.m.

—¿Cómo? Podría ser una señal de gran importancia. ¿Y si trataba de informarte de algo desde otro plano tu ex presidente?

—Ya, pero ¿cómo? y ¿qué? —preguntó Tan y apretó los puños.

—Es un dato inquietantemente desconcertante el hecho de que, justo la hora en que te despiertas, después del sueño, es la hora contrapuesta a la hora en que se produjo el anuncio de la condena por la puesta en órbita de la barrera satelital de Starweb 3000 —recordó Victoria.

—¿Crees que tras esa hora podría haber algún mensaje oculto?

—Bueno, pues, supongo que ya sabes de sobra que tras los actos de organizaciones secretas siempre hay mensajes ocultos en números y símbolos .

—¿Y si tuviera algo que ver con ello, también, el mensaje de que «el secreto está en la biblia»? —planteó Tan.

—Pues, la verdad es que, bueno, podríamos tratar de analizar si la hora de las 17:23, además de ser una hora, pudiera ser algo más… Al haberse encontrado en la catedral, podríamos ver si se trata de algún mensaje bíblico, por ejemplo.

—¿Escrito en algún versículo?

—Exactamente —concluyó Victoria.

—Lo único que me chirría en esta teoría es que… supongo que existirá más de un versículo con esa numeración —opinó Tan.

—Tendremos que rebuscar.

En ese momento, Puertos sacó el teléfono móvil y empezó a buscar en internet los parámetros «17:23» en relación con la biblia.

—Bueno, pues, tenemos varias coincidencias.

—¿Cuántas? —preguntó Tan con interés.

—Pues, de primeras me han salido creo que catorce —respondió Victoria.

—Déjame ver… —Tan agarró el móvil y empezó a leer a uña de caballo el texto de las catorce coincidencias obtenidas.

Hubo uno de los resultados que atrajo su atención significativamente, de hecho, desprendía un mensaje un tanto incómodo, peliagudo. Era el que se contenía en Proverbios 17:23: « El impío recibe soborno bajo el manto, para pervertir las sendas del derecho ».

—Este versículo es terrible —espetó Tan.

—Absolutamente…

—¿Cómo puede ser que justo un versículo que coincide con la hora de la notificación de la condena hable de soborno y perversión del derecho?

—retoricó Tan ojiplático—. Acaso, si en realidad es un mensaje oculto, ¿habrá querido alguien decir que se ha llegado a producir algún soborno para pervertir el derecho?

—Es turbador. ¿Puede que haya habido algún interés en esa condena más allá de lo que astrónomos y protestantes contra el 11G hayan manifestado? —rumió la youtuber.

—Hombre, poco ha tardado un fondo de inversión en hacerse con el control de la empresa condenada.

Tras aquel último comentario, llegaron a las puertas del edificio del apartamento, subieron hasta el rellano del mismo, donde nada más personarse ante la puerta del piso, se oyó el eco de unos pasos a lo lejos en alguna planta del mismo, tal vez el movimiento de algún vecino yendo y viniendo de comprar el pan en la mañana.

Justo antes de entrar en el apartamento, Puertos miró hacia abajo sorprendida por el impactante mensaje de bienvenida que rezaba el felpudo de Tan.

—Menudo «¡Hola!». Qué friendly —chasqueó Puertos.

—Sí. —Archer sonrió y fijó su mirada sobre el felpudo.

Pero, algo diferente le había causado una ligera perturbación en aquel ahogado rellano.

—Qué extraño, el felpudo está movido —murmuró Tan.

—Bueno, yo lo veo en el suelo, donde suelen estar —comentó Puertos con inocencia.

—No, no me refiero a eso. Siempre que salgo de casa lo dejo alineado a la puerta, y la señora que viene a limpiar la escalera viene de tardes.

«Tal vez habría sido algún vecino yendo por las escaleras desde o hacia la planta superior. No sería de extrañar que hubiesen tropezado con el felpudo en una de aquellas» imaginó Tan, pero, aun así, no dejaba de emitirse una mueca de preocupación en su rostro.