CAPÍTULO 22
E n aquella conversación a cuatro se había colado un ejemplar de un periódico sobre la mesa pivotante, en él un titular erraba en el faldón de la portada: « Robo de obras de arte en el museo del Prado ». Aquella noticia desplegaba en su interior un perturbador relato de hechos.
—Tela con esta noticia —aireó Tan con el periódico en mano.
—¿Qué noticia? —preguntó con atención la youtuber Puertos.
—Al parecer, han asaltado esta noche el museo del Prado, pero es curioso porque… se han llevado sólo la colección de un pintor.
—¿De un solo pintor? —Puertos achinó sus ojos— ¿De quién?
—Sí, en concreto, de El Bosco.
—Ya. —Puertos emitió un gruñido— Bueno, pues, no deja de ser curioso que justamente hayan robado los de ese pintor.
—¿Y eso? ¿Qué es lo que te parece curioso ?
—Pues… que justo El Bosco es un artista que no sólo destaca por su arte, y bueno, pues, también impregna su obra de un cargado simbolismo, incluso se le etiqueta como un artista en cuyos cuadros se esconden mensajes proféticos con un contenido plagado de iconografía religiosa, de un halo de misterio, en torno a demonios y pecados que le daban un sentido realmente satírico y siniestro en referencia al adoctrinamiento religioso medieval.
—Un artista arriesgado —apostilló Tan—. ¿Y cómo es que sabes tanto de él?
—Bueno… porque en una ocasión dediqué un programa al misterio de sus obras, y la verdad que, bueno, llama la atención que trabajó al servicio de la iglesia católica, ya que, sobre todo, incidía en el infierno y los demonios para infundir miedo a los pecadores, de hecho, ya hablé de ello en un vídeo en mi canal.
—¿Y qué tipo de mensajes proféticos habría en sus cuadros? —preguntó Gallardo.
—Bueno, pues… imágenes, por ejemplo, en el cuadro de El jardín de las delicias que pasan del jardín del Edén a un escenario de sobrepoblación, excesos y depravación que acaba en un mundo destrozado y decadente.
—No dejaría de ser el ciclo de cualquier civilización —apuntó Xavier con desdén.
—Bueno, sí, ¿qué fue, si no, de Sodoma y Gomorra? —retoricó Puertos.
—Y de la Grecia y Roma clásicas, donde el vicio estaba tan presente como el mismo aire que respiraban —indicó Xavier.
—Así es. Hasta en ánforas de la época se representan escenas de pederastia, que eran comunes tanto en el ejército como entre los atletas —aportó Puertos—. Una sociedad que idealizaba esas prácticas estaba condenada a la decadencia .
Tras aquel inciso plagado de anécdotas de menoscabo social y religioso, reencauzaron la conversación al tema que les atañía: la muerte en la catedral.
—A todo y eso, tengo noticias bastante desconcertantes, chavales —dijo Gallardo con ligera chulería.
—¿Qué tipo de noticias? —preguntó Tan ojiplático.
—Resulta que he conseguido ponerme en contacto con una amiguita forense que forma parte del equipo de investigación del caso y, según me ha dicho, hay un aspecto bastante insólito.
—Gallardo se incorporó hacia delante y apuntó—: La herida que presentaba el cadáver en el cuello ha sido de una extraña incidencia, pese a tener la jodida intención de rebanar el cuello, en lugar de tener un corte con un movimiento perimétricamente horizontal, su trayectoria es más bien un inciso que luego desgarra en horizontal el cuello desde su interior.
—Frunció el ceño, se llevó la mano izquierda a la barbilla y concluyó—: Es como si tuviera intención de haber hecho sufrir a la víctima, como si hubiera actuado con ensañamiento al intentar provocar un dolor innecesario para la perpetración del asesinato.
—Exhaló y completó—: Es curioso que eso sea así, el arma blanca que se usó se asestó desde detrás de la víctima por la trayectoria del primer corte, por lo que se descartaría defensa propia y «miedo insuperable».
Y, además, la herida estaba sucia con restos de arenilla, como si hubieran recogido el arma del suelo de una obra.
Aquel dato había hecho saltar las alarmas entre Tan y el mentalista, súbitamente cruzaron sus miradas, y tras un sutil asentimiento, Archer se avanzó:
—Gallardo, si te entregase un objeto… —achinó la mirada— ¿podrías constatar si ha sido el usado para el crimen ?
—Por supuesto, chaval. Eso sí, desde la mayor de las discreciones con la misma persona que me ha soplado lo que os acabo de comentar.
Desafortunadamente, Tan había dejado olvidado en su apartamento el abrecartas y no pudo entregárselo ad hoc . Por ello, empezó a darle vueltas a la posibilidad de retirarse del grupo para volver a casa y recuperar el objeto en cuestión, a efectos de dárselo a Gallardo para las pesquisas oportunas.
—Gallardo, tengo algo que puede ser decisivo, pero necesito que me prometas una cosa… —rogó Tan.
—Macho, si ese «algo» del que me hablas es una prueba elemental estaría incurriendo en un delito de ocultación de pruebas —respondió Gallardo superado.
—No se trata de una ocultación de pruebas en sí, sino de un análisis previo para hacer un «uso debido» —enfatizó— de ello cuando llegue el momento, y por los cauces legales.
—Archer arqueó las cejas y completó—: Date cuenta que, según me dices, están enmarañando la investigación.
Necesitamos centrar el tiro y asegurarnos de que no pase de largo como agua por un cesto.
Sería crucial que ese contacto tuyo hiciera un análisis forense, y una vez obtenido informe del proceso, hacer oficial la entrega oficiosa de la nueva prueba a la investigación.
—Casi nada pides… —Resopló Gallardo— Supongo que no tenemos más remedio si queremos saber qué pasa exactamente.
—Eres un crack —le dijo Tan agradecido a Gallardo.
Mientras Tan le hubo formulado aquella petición a su amigo policía, el camarero del local se les acercó para llevarles el café que habían pedido en una de aquellas.
Fue un tanto atropellado, especialmente cuando acomodó la taza sobre la mesa frente a Tan, a quien le dirigió, al ritmo del tintineo de taza y plato, una mirada distinta a la que hubo dedicado al resto de los que rodeaban la mesa, llevaba cierta fijación escondida en el abismo de aquellas pupilas tan profundas.
Aquel camarero, de pelo negro, tenía un aspecto nervudo, era extremadamente delgado y el pulso le bailaba histérico; probablemente se habría tomado un café doble a la vista de su estado de excitación.
Tan no tardó en apartar el café que se le había servido, tomó una decisión inmediata en orden a la conversación mantenida y propuso a Puertos que le acompañase por un momento.
«Por favor, no os mováis de aquí, en unos minutos volvemos» apuntó Tan y animó con un gesto a la youtuber a seguirle.
Xavier y Gallardo quedaron descolocados ante aquella diáspora espontánea, de hecho, ambos no pudieron evitar intercambiar algún comentario al respecto.
—¿Así, de repente? —retoricó Gallardo—. ¿Adónde irán?
—Sinceramente… no lo sé. —Inspiró Xavier profundamente, arrugó la frente y exhaló con aspecto molesto—: Y me preocupa.
¿Qué habría querido decir el mentalista en ese último comentario? ¿Le habría preocupado la espontaneidad de Tan en aquella escapada? o, peor aún, ¿le molestaría no poder haber leído la mente del periodista por el inhibidor improvisado que se había colgado, oculto, del cuello?