X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La primera reacción de Tan fue revisar la hora por si aquellas caras se debían a algún posible retraso pero, a juzgar de lo que señalaba su teléfono, no parecía haber sufrido ninguna dilación respecto a la hora acordada.

—Buenos días, ¿cómo es que no estáis arriba? —preguntó Tan.

—Mejor vamos a otro sitio —sugirió tajantemente Gallardo con cara de pocos amigos .

Archer no quiso preguntar de momento el porqué, ya que Gallardo tendría sus motivos, y no era plan de abrir un interrogatorio a las puertas de un lugar del que quería apartarse.

—Vayamos a un lugar donde haya una terraza soleada y que podamos estar tranquilos —volvió a sugerir el policía.

—Tampoco es mala idea —respondió Tan.

—Es lo peor de venir, Gallardo —dijo Xavier casi de forma inconexa en un tono puntualmente intenso, y sacudió la manga de su chaqueta.

Con cierta premura y paso firme fueron andando unos cuantos metros, durante los cuales dio tiempo a que Gallardo y Puertos se presentasen, hasta llegar a una plaza resguardada tras una de las diez parroquias fundacionales de la ciudad, la iglesia de Santa Catalina, cuya fachada quedaba escondida por los edificios colindantes, y el cuello de Tan rotaba acompañándolo con su mirada, asombrado por su espectacular torre de campanario, de un preciosismo arquitectónico tal que evadió al periodista durante unos instantes de lo que pasaba en el grupo, aunque después de un espontáneo parpadear de ojos su consciencia volvió a tierra.

Y, escondidos a espaldas de aquella edificación, prefirieron localizarse entre su fachada —gobernada por un imponente rosetón— y un peculiar edificio colorado de cinco plantas que presumía ser el más estrecho de Europa, que apenas tenía un ancho de fachada de 1,05 metros —así lo señalaba una simpática inscripción sobre su puerta—, lo que hacía difícilmente imaginable ver vivir a alguna familia entre aquellas paredes que se habían hecho un espacio diminuto entre los otros edificios que la colindaban.

Justo a su lado, un bar esperaba poder atenderles.

Se sentaron en la terraza de aquella plaza de nombre Lope de Vega, y allí arrancaron a hablar detenidamente .

—Pues bien, cuenta por qué has preferido que vengamos aquí en lugar del ático del Ateneo —inquirió Puertos.

—¿Por qué? ¿No os enterasteis? —preguntó Gallardo desairado.

—¿Enterarnos de qué?

—Lo del ascensor, coño —respondió el policía.

—Ah, sí. Tuvimos suerte, ya que decidimos bajar por las escaleras y, justo cuando llegamos abajo, escuchamos como que alguien se había quedado atascado en él. —Tan miró hacia arriba y añadió—: ¡De menuda nos libramos!

—No habría sido muy agradable estar encerrado en un espacio tan estrecho contigo —ironizó Xavier dirigiéndose a Tan.

—¡¿Atascado?! ¡¿Qué puñetas?! —exclamó Gallardo cuya mirada se encendió a fuego—. Pero si casi no lo cuento.

—¿Claustrofobia? —preguntó Tan.

—Pero ¡¿qué claustrofobia ni qué niño muerto?

! —dijo Gallardo enérgicamente enfadado—.

Cuando subí al ascensor, sí que es cierto que se quedó atascado, pero, al cabo de unos segundos, empezó a emitir unos sonidos extraños hasta que de repente se oyó el sonido de un latigazo que hizo retumbar la cabina del ascensor y, después de esa sacudida, otro latigazo con otro movimiento brusco hacia abajo.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Victoria ojiplática.

—Que ¡¿qué hice?! Buscar como un loco cómo abrir las puertas de seguridad, y menos mal que encontré la manecilla de la puerta de exterior, ya que fue salir por ella y caerse la cabina al vacío —relató exaltado.

—¡¿No me digas?¡ ¡¿Al vacío?! —exclamó Tan estupefacto .

—Quedó toda destrozada, hecha papilla, no funcionaron ni los frenos de seguridad. —Con sus ojos asustados añadió—: Si no salgo por ese hueco me habría hecho polvo.

La historia del, en aquel momento, vesánico Gallardo dejó temblando a Tan que, casualidades del destino o no, decidió tomar las escaleras en el último momento y librarse de lo que habría podido ser una muerte anunciada por los latigazos a los que Gallardo hizo furiosa mención.

Obviamente, aquel sonido se correspondió con la rotura de los cables del ascensor y, quizás, podría ser un «accidente» que iba dirigido a atenazar a Archer.

Era una noticia inesperada que iba a provocar un replanteamiento en el modus operandi , los pasos que iban tomando estaban siendo acechados por un poder invisible y silencioso, pero peligrosamente molesto e implacable.

La mejor manera de poder esquivarlos sería con movimientos aleatorios e imprevisibles, pero primero debían de cruzar información a fin de establecer un rumbo al que dirigirse.