CAPÍTULO 20
L as mañanas no estaban siendo demasiado reconfortantes para Tan, no estaba teniendo muy buen despertar por segundo día consecutivo, «menudas vacaciones» se lamentaba.
Pero no había más remedio que proseguir en su advenediza agenda, además, su arrasada despensa invitaba a salir cuanto antes a por un café con leche y un cruasán, o mejor dos, a un bar cercano que abría para los más madrugadores.
Con la americana, vaqueros, camiseta y un fular, apenas tardó en prepararse para salir después de una ducha exprés.
Cerró bien el piso al cruzar la puerta y alineó el felpudo a ella, como siempre, con su pie izquierdo.
Era más de bajar rápido por las escaleras, sobre todo esa mañana, a tenor de los lamentos que exhalaba su estómago hambriento, el cual lo guiaba en busca de una banqueta en primera línea de barra, lo más cerca de donde pudiera experimentar el embriagador aroma de la repostería recién horneada.
Y así fue, de buena mañana consiguió apenas dar unos pasos hasta encontrar aquel lugar abierto donde, además, entraba por la puerta el repartidor del periódico, que le iba a venir fenomenalmente bien para hacer un poco de tiempo al lado de un desayuno que seguro pediría por doble partida.
Era un lugar que invitaba a entrar, su decoración estaba cuidadosamente diseñada, con las paredes y mesas de madera de pino, y una plétora de plantas artificiales en macetas metálicas luciendo por todo el local. Allí estaba él, ante la camarera de la cafetería.
—Por favor, póngame un café con leche y dos croissants —rogó Tan a la risueña camarera que atendía los desayunos.
—Claro que sí, y coja el periódico si quiere leer un poco mientras tanto, que nos acaba de llegar justo ahora —le sugirió la joven camarera que mediría metro sesenta y cinco, y que portaba un uniforme blanco impecablemente ajustado.
La portada del periódico hablaba básicamente de fútbol pero, abajo, en una esquina del tabloide frontal, un pequeño titular llamaba la atención: « Fondo de inversión adquiere Starweb 3000 ».
Al parecer era la noticia internacional que estaba causando sensación en todo el mundo.
Tras la inexorable quiebra a la que la sentencia internacional la había condenado, según la noticia que se desarrollaba en el interior del periódico, un fondo de inversión habría aprovechado la meteórica caída en bolsa de la compañía para comprarla a un precio casi simbólico, eso sí, añadía que el fondo asumía el pago de la condena y tenía previsto refinanciarlo para poder hacerla efectiva.
A Tan le llamó profundamente la atención aquella noticia, era justo de lo que estaba hablando el día anterior su nueva amiga Puertos, pero según se desprendía de la noticia, daba la sensación de que simplemente hubiese habido un cambio de manos, ya que nada cambiaba la situación, porque si el problema radicaba en la contaminación lumínica que provocaba la red satelital ¿por qué no se obligaba a restituir el cielo nocturno a su estado original antes del lanzamiento de aquellos satélites?
Parecía mero maquillaje, un titular, el del día anterior, que castigaba despiadadamente a la empresa que llevó acabo la OPA hostil para que, a la mañana siguiente, un fondo oportunista se subrogara, sin más complicación que, abonando «unos pocos» —entiéndase la ironía— millones de euros que no acababan de concretarse en aquella redacción.
Entre cada placentero bocado de croissant mojado en café con leche, chorreaban algunas gotas del café por sus dedos, pero no reparaba en todo el riachuelo y la lluvia de migajas que estaba formando por la barra con todo aquello, ya que su foco estaba centrado en algunas cuestiones que él mismo se formulaba entre sus cábalas: «¿qué interés correría sobre la mesa para que una empresa reaccionase tan de inmediato a la hora de hacerse con el control de otra multimillonariamente castigada?
O bien la conocerían mucho desde dentro o tendrían bien clara su adjudicación de haría tiempo».
Probablemente, Puertos conocería mucho más del tema que él.
Al terminar de engullir su ansiado desayuno, que alargó hasta cumplirse una hora prudencial para acudir a la apertura de la tienda de electrónica, dejó el precio exacto sobre la barra y, con lo puesto, se marchó en busca del antiimán.
El sol ya empezaba a asomar por las calles, y el tráfico, a diferencia del momento «predesayuno», mostraba sus primeros compases de vida, la ciudad despertaba de nuevo, y las cálidas luces de las farolas, que convergían con el lucero del alba, se disiparon a una con el sonido de las primeras persianas abriéndose para dar paso a las tiendas del barrio .
Así, con aquel ronquido metálico tan ensordecedor que producían las viejas y pesadas verjas correderas, llegó a las puertas de un comercio que vendía productos relacionados justo con lo que andaba buscando. Era el primer cliente de la mañana, aún estaban retirando el candado de la puerta.
—Buenos días caballero —dijo Tan a un señor que, por su apariencia, a punto estaría de jubilarse.
—¿En qué puedo ayudarle? —contestó algo aturdido todavía por las horas que aún eran.
—Mire, quería preguntar si dispone a la venta de algún tipo de antiimán. —Puso un gesto como de no saber si existiría o no lo que había preguntado.
—¿Un qué? —preguntó aquel hombre con cara de estupefacción y arqueó las cejas incrédulo.
—Un antiimán para ocultar campos electromagnéticos —insistió.
—Espérate que yo de eso no he escuchado en mi vida. —Se giró, miró hacia la puerta del fondo del alargado local y voceó—: Juan, ¿puedes venir un momento?
Había llamado a su hijo que, quizás por la edad, estaría más actualizado en esos temas.
—¿Sí? ¿Me llamas papá? —dijo el joven que salía del almacén.
—Mira a ver que quiere este chico porque me lo ha dicho dos veces y me he quedado igual —le dijo el señor a su hijo, y seguidamente se dirigió a Tan—. Mi hijo es ingeniero, seguramente te pueda ayudar más que yo en algo tan «específico».
—Muchas gracias —respondió Tan.
Ya todos en la zona de dependencia comercial, desde la parte de atrás del mostrador, le atendió Juan al periodista.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó Juan .
—Necesito un antiimán —reiteró Archer.
—A ver, explícame mejor porque no sé a qué te refieres. ¿Para qué te hace falta?
—Pues básicamente, para inhibir un campo electromagnético. He leído que científicos españoles habían conseguido ocultar ondas con ese tipo de objeto.
—Vamos a ver, no disponemos de ese producto…
—Vaya —replicó Tan con gesto de decepción.
—Aunque… no sé si lo querrás para espionaje internacional o qué, pero, si no es así, y es simplemente para evitar que unas ondas electromagnéticas sean interceptadas, hay métodos más sencillos —informó Juan—. Y si es para espionaje… mejor no me lo digas —bromeó.
La cara de Tan decía absolutamente todo, sus facciones habían tomado otro aspecto después de que Juan volviera a arrojar luz sobre todo aquello, sus ojos brillaban esperanza.
—¿Y de qué se trataría? —preguntó Tan con entusiasmo.
—Pues, quítale el «anti» —bromeó.
—¿Cómo?
—A ver, pues de un simple imán, lo único que, en lugar de ocultar las ondas electromagnéticas en cuestión, las va a distorsionar, pero para el caso puede ser lo mismo, ya que se puede saber que hay ondas en ese punto, pero no se pueden traducir en la zona de influencia que ejerza el imán, que puede ser mayor o menor según la potencia de éste.
Otra cosa sería que quisieras hacer desaparecer algún dispositivo en cualquier campo de detección y que no se supiera que estuviera presente, pero eso es más para ámbito militar y, como te digo, para espionaje.
—Ah, entonces, si esa es la diferencia y para eso sirve un imán también, sí, con eso me serviría —respondió Tan con optimismo .
—¿Para qué radio de actuación te haría falta?
—No mucho, unos veinticinco o treinta centímetros.
—Ah, pues entonces lo tenemos sencillo —dijo Juan.
En ese momento abrió un cajón que tenía en la parte de atrás del mostrador y sacó una caja pequeña, la puso delante de Archer, la abrió y de ella sacó un aro metálico del tamaño de una moneda de un euro.
—Mira, este imán está hecho de neodimio, y pese a su dimensión tiene una potencia bastante importante, así que para lo que te interesa vas a tener más que suficiente.
—Perfecto, además, en aro me viene genial. Por cierto, ¿tienes algún cable de unos, no sé…, unos treinta o cuarenta centímetros?
—Sí, claro.
Aquel joven de la tienda se puso a rebuscar entre cajones y rápidamente sacó un cable de las características que Tan necesitaba, se agenció un par por si las moscas y, una vez obtenidos los ítems tras los que el periodista andaba buscando, salió de la tienda con un pensamiento que le sobrevino de inmediato: «¿Sería también del mismo material aquella cruz que el obispo se impuso ante el mentalista? ».
La respuesta a aquel pensamiento habría sido sencilla acercándole cualquier objeto de metal que hubiera dispuesto en el momento del encuentro pero, desafortunadamente, ni sabía de tan remota posibilidad ni de que un imán actuase de esa manera, de hecho, su experimento todavía estaba en «fase 1», ya que aún ni lo había puesto en marcha, y para ello necesitaba la presencia del irreverente mentalista.
No le sentaría demasiado bien a aquel misterioso personaje que Tan se las hubiera ingeniado para no ser un libro abierto en su presencia .
Y, así como estaba componiendo mentalmente la escena del colgante del obispo, también hacía su presencia en aquel imaginario la aparición de la monja del parche y expresión hostil que lo flanqueaba cual fiel escudero, y que, además de haberle entregado el colgante al padre Teódulo, sostenía una Biblia que se hubo grabado en el subconsciente de Tan; de ahí tal vez el inquietante sueño que hubo interrumpido su descanso, y en el que la figuración del señor Jackson hizo referencia a la «bíblica solución».
Pero, y si en lugar de ser un mero proceso de archivo cerebral en fase REM —en inglés, «Movimiento Rápido de Ojos» durante el sueño, en el cual el cerebro clasifica la información que necesita mediante la generación de imágenes en abstracto, y elimina aquella información innecesaria mandándola al olvido—, ¿aquel sueño tuviera un carácter premonitorio?
No sería la primera vez que hubiera tenido una experiencia de tal calado y, si así fuera, ¿habría algún detalle importante en el libro que sostenía aquella religiosa?
La respiración delataba su estado de ánimo, Tan se sentía tenso, inquieto, sus maxilares se notaban contraídos y sus dientes rechinaban de vez en cuando entre cada profunda inhalación y exhalación.
Y, por si no era suficiente, su situación emocional tampoco le ayudaba a estabilizarse, aunque justo entre tanto desasosiego recibió una llamada que descolgó:
—¿Amor? —pronunció la dulce voz de Sarah.
—Eh, princesa, ¿cómo estás? —respondió Tan con alegría.
—Nada, que estaba mirando vuelos, y creo que, si lo vamos postergando, al final pasará el tiempo y no nos veremos.
—Lo mismo digo —respondió Tan.
—Pues no se hable más, mañana nos vemos en Madrid .
—¿Mañana? ¡¿En Madrid?! —reaccionó Tan ante la inesperada propuesta de Sarah.
—Sí, o ¿no quieres que nos veamos? ¿Acaso tienes algo más importante? —presionó ella poniéndolo entre la espada y la pared.
Aquella pregunta era un dardo envenenado, pero ante la espontánea ilusión que aquella joven derrochaba, tenía que medir sus palabras y la decisión que tomara al milímetro, ya que una coma o una preposición mal puestas, o una vacilación, podrían generar un cataclismo de magnitudes colosales, y tampoco tenía porqué conocer que algo extraño estaba volviendo a suceder, ya que podría afectar mucho sus emociones por el shock que vivió en lo alto de Saint Paul’s Cathedral.
Por ello, no podía insinuarle lo más mínimo de todo lo que estaba sucediendo, y más aún cuando todavía no tenía fundamentos en sus manos que asegurasen absolutamente nada, nada más que un asesinato extrañamente silenciado en la catedral de las once campanas en su torre principal.
Así que, si quería mostrar la más absoluta de las normalidades, ni un breve silencio tenía cabida a continuación de su pregunta.
—¡Para nada! —exclamó Tan—. Hoy mismo estoy buscando billetes para encontrarnos en Madrid.
—Perfecto. Porque ya he reservado el hotel.
Tan se había quedado sin palabras ante la imperante actitud con la que Sarah había reaccionado de repente, parecía estar tomando seriamente las riendas de una relación relativamente adormecida, más allá de la pornografía que se intercambiaban por teléfono.
«No vendrían mal unos días con Sarah» recapacitó, de esa forma desconectaría de situaciones tóxicas .
La conversación no dio para mucho más, así que cada uno siguió a lo suyo, Tan sacó de la bolsa de la compra un cable y uno de los dos imanes y, aprovechando la forma de aro de éste, pudo confeccionarse un colgante un tanto hortera pero esperanzadoramente efectivo, se lo puso rodeando su cuello y debidamente camuflado debajo de la camiseta, para evitar suspicacias, con lo que, si el chico de la tienda estaba en lo cierto, y si Xavier no era ningún farsante, podría haber dado con un gran remedio.
Su estado anímico transcurría como el mes de septiembre en el mediterráneo, ora llueve a mares, ora el sol abrasa, lo que en su caso se traducía a ora se sentía con desasosiego, ora una rampa de optimismo lo volvía a elevar por las nubes.
Y con ese empuje, apenas tardó dos minutos en comprar un billete de tren a Madrid para el día siguiente.
Había dado un paso importante, no obcecarse tanto en aquello que sacudía su instinto periodístico y dejar espacio a los placeres de la vida por su gran amor.