CAPÍTULO 19
U na vez abrió la puerta del apartamento, y después de haber dejado todo lo que llevaba consigo en el armario de la entrada, se puso a indagar por internet para conocer acerca de la mente.
Consiguió encontrar un estudio científico que comparaba el cerebro humano con antenas emisoras y receptoras de ondas electromagnéticas, al mismo tiempo que destacaba como pionero el proyecto Neuralink, cuyo objetivo no quedaba demasiado definido en aquel texto más que respecto de la investigación y la obtención de datos mentales por medio de chips instalables en el propio cerebro.
Archer no sabía si era debido a la lectura del artículo o de no haber cerrado la puerta de su vivienda todavía, pero un escalofrío recorrió todo su cuerpo en aquel momento. No era demasiado alentador aquello que estaba leyendo pero, si estaban en lo cierto, podría tener parte del camino avanzado.
Quizás, Xavier sería una de esas personas superdotadas, capaz de descifrar o desencriptar las ondas cerebrales más cercanas que cualquier persona genera y recibe, ya que «¡ toda la red neuronal sería un emisor natural de impulsos electromagnéticos!
, y de ser así, la mejor de las maneras para cortar el campo electromagnético, o al menos distorsionarlo, sería buscar la forma de conseguir ¡un inhibidor de ondas! » pensó apresado por la euforia.
Los ojos casi sobresalían de las cuencas del periodista ante la tan lógica aplastante sobrevenida.
Archer era capaz de llegar a conclusiones que, por excesivas que pareciesen, acababan siendo decisivas.
«Tal vez, la cruz del cura contenía algún tipo de inhibidor y, si así fuese, con total seguridad habría reconocido a Xavier pese a su silencio» concluyó a la vez que cerraba la puerta y el cerrojo de ella. Todo sonaba tan perverso…
Podría ser que en manos del obispo se dispusiera no se sabía qué, pero que el mentalista estaría buscando con sigiloso interés.
Se apoyó sobre el marco de la puerta del salón que quedaba a su derecha y, pensativo, no quiso perder detalle de las imágenes que arrollaban como una apisonadora su retina: el cura con el posible inhibidor, la nota con la X de Xavier y la hora de la noticia de la sentencia.
La cabeza le explotaba. Se empezaba a asomar una posible lucha oculta, casi taoísta, de contrafuerzas, que se estaría librando con aterradora discreción.
«Pero ¿qué tenía que ver yo en madeja de tal lío?» se repetía Tan a sí mismo. En fin, tenía un buen rato por delante para ingeniarse, como primer paso, algún tipo de inhibidor de ondas que preservase su intimidad de cualquier violación mental.
Casi se había olvidado del mensaje de Lisa, y tampoco quería ser descortés tras haber desnudado sus emociones, así que, aún no había abierto la ventana de Whatsapp del mensaje de Lisa, ella ya se había percatado de la presencia online de Tan, así que ambos acababan de coincidir en conexión.
Poco tardó en contestar la joven al breve «hola» que le acababa de enviar Archer. Casi a la milésima de segundo aparecía el estresante mensaje « Lisa está escribiendo… »; nada más que le devolvía con la misma moneda el saludo.
—Hola —escribió ella.
—Eh, ¿cómo estás? Te iba a contestar justo ahora —respondió Tan.
—No te preocupes, ya te he dicho lo que quería que supieras. Eso, que no quiero que te lleves una mala imagen de mí.
—Para nada, lo único es que estoy hecho un lío y no quiero que lo pagues tú.
—Por mí no te preocupes, entiendo tu situación. No era yo, sino el vino jaja —contestó Lisa.
—Imagino, yo también acabé algo mareado.
—¿Entonces qué? —envió ella guardando suspenso.
—¿Qué de qué? —preguntó Tan desconociendo por dónde iban sus intenciones.
—¿Repetimos lo de ayer… pero sin el desastroso final? —propuso ella—. No quiero volver a derrumbar mi honor.
—Pero con algo menos de vino, que casi me toca inyectarme B12 en vena —bromeó Tan.
—Te haces mayor —bromeó también ella y prosiguió la conversación.
La charla había reconducido una situación de lo más incómoda.
Él había bajado la guardia y ella sabido convencerle con la premeditada y mamporrera introducción de falsa indiferencia sentimental.
Quería demostrarle que no le acechaba, sino que le guardaba, simplemente, un afectuoso aprecio sin más trascendencia, y el resto era vino de más .
Ella era felina, sabía cómo actuar para conseguir lo que deseaba, tan sólo necesitaba cambiar de estrategia, ya que había una participante ausente en la misma competición, pero con ventaja…
, y necesitaba adelantarla sin entrar como elefante en una cacharrería, aprovechando cualquier momento de desprevención.
Había conseguido hacerle entender a Tan que no pretendía más que disfrutar de la amistad y, al parecer, él había caído en la telaraña de mensajes urdida con astucia, y sí, sabía que Sarah ocupaba una posición preferencial, pero confiaba en cortar el puente que los unía con el muro de la distancia.
Sabía lo que se hacía, Tan no la conocía lo suficiente, y estaba dispuesta a actuar cual martillo pilón hasta echar abajo la puerta que se le había cerrado.
Una vez clausurada la conversación, Archer recuperó su labor de investigación científica en busca del ansiado inhibidor, pero obviamente no iba a valer cualquier tipo de utensilio en ese sentido, ya que se requería uno capaz de alcanzar las ondas de baja frecuencia, que son las que usa el cerebro humano.
En una de las búsquedas, encontró una noticia que hablaba de la posibilidad de esconder cualquier campo magnético, con lo que en el mismo iría incluido el generado por las ondas cerebrales.
Según se afirmaba, científicos de la Universidad Autónoma de Barcelona habrían ingeniado una forma de generar un apantallamiento magnético interior que convertiría su campo electromagnético en indetectable al exterior.
Era justo lo que necesitaba, un « antiimán» —así es como lo habían acuñado los científicos—, pero ¿cómo hacerse, así como así, con uno a primera hora de la mañana ?
La noticia afirmaba que el antiimán se podría crear con materiales existentes, así que, si dispusiera de ellos, no sería excesivamente complicado obtenerlo, de ahí que lo primero que iba a efectuar en la mañana siguiente no iba a ser otra cosa más que acercarse a una tienda de componentes electrónicos, para tratar de adquirir algo con lo que conseguir aquel resultado.
Necesitaría encontrar, según desvelaba el artículo, una capa interna superconductora recubierta de diversas capas de un material ferromagnético, separadas por aire o por cualquier material sin propiedades magnéticas.
Con esa actitud, mientras le daba vuelta a la invención, poco más tardó en despedir aquel día de sabor agridulce, de inciertas sensaciones y de nervios en el estómago.
Después de haber cenado apenas un tomate maduro que yacía, desorientado y solitario, encima del banco de la cocina debido a que el periodista se hubo olvidado de la escasa provisión de víveres que quedaban en su nevera, atrapó el último yogur que esperaba en el interior de un frigorífico tristemente desangelado.
Y cuando, de pie, insertaba la cucharilla en el lácteo, apoyado sobre el banco de la cocina, cierto malestar lo abordó, aunque no sabía a qué venía aquello, era una alarma que percibía pero que no entendía qué lectura sonsacar de aquel desasosiego tan angustioso.
Ensimismado, asqueado y con la mirada caída y perdida, no se preocupó por nada más que por darle vueltas a la cabeza…
Algo estaba fallando, y la turbación se concentraba a flor de piel, de tal forma que descargó, casualidad o no, sobre la clavija de la luz de la entrada; nada más darle a ésta para encenderla, la bombilla se fundió súbitamente acompañada de un sonido sordo, lo cual lo sobresaltó, aceleró sus pu lsaciones y, al relajarse segundos después, como péndulo emocional, lo ahondó en una cenagosa ofuscación.
Entre gruñidos se dirigió hacia la cama en busca de un mejor día, probablemente la falta de comida sería lo que habría echado su humor por los suelos.
Antes de despedir aquel día repleto de incógnitas, se puso a maniobrar en el somier que sostenía el colchón de su cama, iba a guardar en un lugar discreto en su habitación las pruebas que había recabado; lo hizo en el hueco interior de una de las patas de su cama, después de desatornillarla y sufrir algún que otro arañazo durante el proceso de desmontaje y montaje.
En ella introdujo el abrecartas y la intrigante nota.
Pero antes de quedarse roque, no quiso que se eternizase el mal cuerpo que sentía y que éste fuese su último sentimiento antes de irse a dormir, por ello, recuperó su mejor antiestrés favorito, algo que le reportaba un gran placer, sacó del cajón de su mesita de noche un cubo de Rubik «3x3» que solía acompañarle en cada viaje, sobre él focalizaba toda su atención olvidando cualquier problema o circunstancia que pudiera distraer su buen humor y, tras desarmarlo, tardó poco más de un minuto en recomponer sus caras culminando el ejercicio con el algoritmo «bajo, izquierda, subo y recupero»; cada una de sus caras se atisbaba perfectamente completada después de dedicarle unos cuantos giros de centros, esquinas y aristas.
Ya algo más relajado, inmediatamente después de abandonar sobre la mesita de noche aquel objeto que concentraba todo un conjunto de fórmulas matemáticas representadas en un abanico de seis colores, hubo perdido la conciencia al cerrar los ojos —acostado en solitario— y llegaron altas horas de la madrugada cuando, probablemente por el hambre de tan frugal cena, empezó a soñar de una forma que le era familiar.
Era todo tan real… Sentía estar despierto dentro del mismo espejismo onírico que se estaba componiendo y, de repente, una aparición…
Una voz ronca precedió la figura tan familiar que se le acababa de presentar:
—¡Archer! Los Hijos de las sombras se acercan.
—¡Señor Jackson! —Su sorpresa se sentía incluso soñando al revivir la figura del presidente del FDP— Pero Taylor…
—La respuesta está en la Biblia.
—¿Qué Biblia? —preguntó Tan atropellado.
El silencio se solapó en aquel justo instante, Tan acababa de despertar con un dolor intenso en el estómago, agarró como pudo su teléfono, pantalla en la cual marcaban las 5:23 de la madrugada, una hora que le vino a recordar la hora contrapuesta —17:23— en que se publicó la noticia de la sentencia contra Starweb 3000, la hora que marcaba la esquina del papel encontrado en la catedral.
Con los ojos despejados en la oscuridad de la noche, como si hubiera ingerido éxtasis líquido, se preguntó «¿por qué de nuevo volvía la imagen del señor Jackson?
¿Sería el estrés? o ¿el hambre lo que lo habría atraído al sueño?
O, quizás, vino a aportar de nuevo la información que necesitaba descifrar».