CAPÍTULO 18
J usto antes de desplegar aquella bola de papel, el móvil empezó a vibrarle con una intensidad superior a lo habitual, parecía que alguien le estaba mandando algún mensaje que desprendía ansiedad.
Echó una ojeada a la pantalla, en ella había notificaciones de distintas personas, pero no cualesquiera en su vida…
De una parte, volvía a irrumpir el nombre de Lisa, y de otra, el de Sarah. «Dichosos los ojos. Te pasas tiempo sin recibir noticias de nadie y, de repente, se junta todo» pensó.
Abrió primero el mensaje de Sarah, en el que le avanzaba que iba a disponer de unas vacaciones y, en el mismo, le proponía organizar algún encuentro, a lo que Tan se le despertó un fuego repentino en el pecho que le volvió a hacer sentir la pasión que había vivido con ella cuando, frente a frente, alcanzaban a tocarse, a rozarse, a mirarse con ternura, con fulgor, a abrazarse hasta quedar fundidos en uno y…
besarse sin dejar que el tiempo se convirtiera en testigo de sus encuentros .
Un alud de recuerdos y emociones lo arrollaron dejándolo ausente respecto a todo lo que le rodeaba, y tan fue así que, en un momento dado, vio que había llegado hasta la puerta de su casa sin recordar el trayecto que había estado recorriendo.
Se quedó un momento paralizado parpadeando y, cual periscopio, empezó a divisar todo lo que le rodeaba.
Fue como un paréntesis en su consciente, como un viaje a través del tiempo o de un Stargate que lo hubiera hecho aparecer de un punto a otro al instante.
Tras aquella laguna temporal, contestó a Sarah preguntándole acerca de su calendario, para convenir el encuentro y, una vez enviado, abrió el otro mensaje pendiente, el de Lisa, el cual tenía una lectura un tanto más complicada, en él le escribía de una forma caótica una cadena de disculpas por su actitud la noche anterior.
Le echó la culpa al alcohol por su irrefrenable lanzamiento y por su despecho irreflexivo.
Tan, confundido por sus palabras, dejó en standby la respuesta a mandarle para escribir algo de forma razonada y medida que no pudiera ofenderla a pesar de todo, con lo que se echó el móvil al bolsillo y redirigió su atención hacia la misteriosa bola de papel.
Cuidadosamente trató de encontrar el punto de la bola por la que poder desplegarla, ya que se disponía totalmente compacta.
Tras unos segundos inspeccionándola, consiguió meter su uña en una diminuta punta que deshacía su uniformidad.
La fue abriendo con cuidado hasta que, finalmente, pudo desenmarañarla.
Con gesto de estupefacción, se sorprendió al comprobar que no era nada más que un contenido que ya hubo visto en otro momento ese mismo día —en la mañana—.
Exactamente, quedaba escrita la misma letra que rezaba en el fondo de la taza que hubo adquirido en la tienda de souvenirs , la letra que le condujo a saber que tras él se escondía Xavier, la misma letra que ocupó el ilustre y universal poeta olivense, premio Cervantes 2020, don Francisco Brines, en la Real Academia Española—: la letra X.
El papel no contenía nada más que esa inscripción y, en una tipografía pequeña, casi minúscula, unos números a modo de hora en la esquina inferior derecha del mismo: « 17:23 », de los cuales el número 7 rezaba especialmente destacado.
También se veía en ella un perspicaz detalle que completaba aquel breve pero sugerente papel, en el centro de la X… un pequeño círculo.
Con la nota en mano, Tan pensó que era «demasiada casualidad» que «el mentalista hubiera aparecido de buenas a primeras» acechándolo en el cajero el día anterior y que, en aquella perdida estancia de donde había caído el cuerpo degollado, hubiese aparecido el papel.
¿Quién si no podía incluir un elemento tan egocentrista como el círculo en el centro de la inicial de su nombre?
Empezaba a abrirse ante sus ojos un nuevo desarrollo sobre los hechos acaecidos, ya que la sombra negra que se deslizó ante sus ojos poco antes de la caída del cadáver también podría corresponder a Xavier, por la peculiar indumentaria azabache que alardeaba éste.
¿Sería el mentalista el asesino? ¿Qué interés perseguiría de ser así?
Archer tenía un problema y una ventaja en este sentido; tuvo la suerte de haber olvidado, con el estrés de la tarde, el hecho de haber conseguido aquel papel, por lo que Xavier no pudo haberlo leído en su mente porque ni el mismo Tan lo hubo estado contemplando entre sus ideas.
De otro lado, necesitaba no pensar mucho en ello, y no sabía cómo, si no quería que al día siguiente el mentalista percibiera que le estuviera ocultando algo .
Pero una dosis extra de tribulación había decidido acompañar al periodista en este nuevo escenario, y le obligaba a formularse más preguntas: «¿qué sería aquella numeración?, ¿marcaría una hora por algo en concreto?».
Después de unos segundos de inmersión en una jungla de dudas frondosas, apenas unos rayos de luz consiguieron alcanzar su vista señalando en su recuerdo aquella hora misteriosa que recientemente había podido escuchar en la calle.
«Puertos mencionó que… la resolución de la sentencia se hubo comunicado justo a las 17:23», refrescó Tan al recapitular el día.
«Demasiada coincidencia en un espacio tiempo tan corto», pensó.
De todas formas, al día siguiente tenía que encontrarse de nuevo con ella, aunque también con el mentalista, a lo que tenía que idear la manera de alejar de la presencia de Xavier las preguntas que se estaba formulando, ya que la X apuntaba ferozmente sobre la cabeza del émpata, y no tenía otra opción más que buscar a la desesperada una forma por medio de la cual proteger sus pensamientos del comprometedor allanamiento al que se sentía mentalmente violado.
Con aquel objetivo grabado en lo más interno de su cráneo, accedió al ascensor que le llevaría hasta el rellano de la puerta de su apartamento, y mientras éste subía, recordó la escena que se produjo en la catedral, cuando apenas el obispo se puso la cruz colgando del cuello.
En aquel instante, fue como que el prelado se hubiera aislado del asedio mental de Xavier según éste dio a entender, por lo que, de alguna manera, aquel objeto podría ser la solución a lo que estaba buscando el periodista.
Seguramente, Xavier sabría qué sería aquello, de qué estaría fabricado, pero no le interesaría desvelar su «criptonita» a cualquiera; indudablemente, no sería una cruz como cualquier otra.
Tampoco era descartable que la cercanía de una cruz menguara sus poderes como si de un ente diabólico se tratara a la vista de tanta excentricidad.
Pero, espiritismos siniestros aparte y pensando con mente científica, «¿cómo funcionaría en realidad la mente de las personas como para transferir pensamientos e ideas de un cráneo a otro sin hacer uso de la palabra?», rumiaba el periodista.