X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

T an recogió unas pequeñas muestras de la arena que parecía haberse desprendido de la pared para facilitársela a Gallardo al día siguiente, encendió de nuevo el teléfono para también fotografiar el muro y capturar la reciente erosión producida, con toda probabilidad, por el limado del abrecartas que había devorado la piedra.

Debía hacerlo con inmediatez antes de que algo o alguien pudiera sepultar aquellas señales.

Entre sus ideas florecían también algunas que rezumaban tintes escatológicos, como, por ejemplo, ingeniárselas para acceder al custodiado cadáver al que ni su amigo podía aproximarse, pero aun siendo un hombre de letras… haría todo lo imposible por presentarse ante aquel cuerpo silenciado.

Pasaron los minutos de discusión entre conjeturas varias que pretendían estructurar una concatenación de hechos, aunque el móvil del Santo Cáliz justificaba el enmascaramiento de cualquier sospecha en otro sentido, factor que hundía en el misterio de una férrea defensa aquel caso.

Pero Tan ya había percibido que algo más podía concurrir, ya que el dato de las once campanas podría ser la palanca que empujase, visto lo vivido años atrás, hacia un móvil relacionado con algún objeto de control social.

En su momento se intentó dominar el control de las redes sociales y medios digitales, de lo cual los —supuestamente— todavía encarcelados, Hijos de las Sombras, tenían amplia experiencia.

Por ello, Tan necesitaba ponerse de inmediato en contacto con alguien de su confianza para preguntar sobre si seguían cumpliendo condena entre rejas, así que anotó en su mano el teléfono de quien seguro estaría al tanto de todo aquello, apagó el terminal, sacó otro que llevaba para ocasiones de emergencia y lo encendió.

En este último dispositivo tenía una aplicación instalada que servía para poder establecer llamadas de teléfono encriptadas por internet, así las conversaciones de cabo a cabo quedaban aseguradas con un cifrado difícilmente expugnable.

Sin dudarlo, marcó un contacto ante la presencia de Xavier, que aprobaba con el gesto de su cara la diligencia de Tan durante el sigiloso procedimiento de captación de información. La llamada no dio pie, prácticamente, ni al saludo; debía premiar la austeridad en sus llamadas.

—¿Novedades? —preguntó una voz con un tono británicamente petulante.

—¿Todavía siguen todos los jilgueros en la jaula? —preguntó Tan.

—Sí, eso parece, de momento siguen degustando su alpiste —respondió .

—Mmm… Trata de comprobar si alguno se ha podido escapar.

—¿Has visto alguno volando? —preguntó aquella voz familiar.

—Digamos que he visto alguna deposición que podría provenir de alguno de ellos —respondió Tan.

—No se hable más, lo compruebo y te informo. —Cortó la llamada.

Evidentemente, se intercambiaron oraciones en clave, incluso con la encriptación de por medio. El fin de la conversación dio paso al cara a cara entre Xavier y Tan para explicar de quién se trataba aquella elegante voz inglesa que había inspirado verdadera brevedad telegráfica.

—¿Se puede saber a quién has llamado? —preguntó Xavier—, aunque podría leerlo en tu mente, pero prefiero que me lo digas porque me da pereza entrar en tu cabeza otra vez —bromeó.

—Por supuesto. Es un hombre de extrema confianza, su intervención fue clave para resolver el caso del «once» en Londres. —Apretó los labios y reveló—: Él es Taylor, y era el hermano secreto del expresidente del FDP, el periódico al que me he reincorporado.

—¿Taylor? Por lo que dices…, espero que sea un buen contacto —replicó sin demostrar excesiva ilusión.

—Es capaz de enterarse de cualquier cosa, y sin necesidad de leer mentes —concluyó Tan entrando en el juego de palabras del mentalista.

—Bueno. Si tú lo dices…

Asombrosamente, volvía a aparecer Taylor —el taxista del black cab— sobre el tablero, después de haber quedado en una situación de letargo respecto de cualquier complot en juego, pero que, si pudiera darse el más mínimo resquicio de alguna vuelta a las andadas, él sería la persona clave en averiguarlo.