CAPÍTULO 15
A Tan le empezaban a reaparecer fantasmas del pasado.
Y ¿si toda aquella batalla que pareció vencida y acallada en Londres hubiera estado preparando una nueva vuelta?
Pero ¿por qué tenía que surgir aquel dato justo en Valencia delante de sus narices?
¿Se pretendía dejar algún mensaje? ¿La víctima asesinada lo estaría buscando? ¿El obispo sabría algo?
Archer necesitaba dejar pasar las horas para obtener más datos de Gallardo, aunque, ante una señal tan sutil, no quedaba otra más que ponerse manos a la obra, porque si era una señal proveniente de los «Hijos de las Sombras», podrían estar tratando, de nuevo, de retomar su plan de control de la sociedad.
—Te noto algo preocupado —le dijo Xavier a Tan.
—¿Preocupado? Mira si estoy preocupado que voy a apagar el teléfono móvil. —Sacó su Smartphone y lo desconectó.
—¿Por qué lo desconectas? —preguntó el mentalista .
—Mira, hace unos años nos enfrentamos a una organización que era capaz de controlar absolutamente todo, y lo último que quisiera es que, en el día de hoy, me siguieran los pasos controlándome el teléfono, así que si lo que estamos haciendo ahora le molesta a alguien peligroso, te recomiendo que también lo apagues.
—¿Y tú crees que no es ninguna casualidad?
—Esto ya lo he vivido una vez, y lo que empezó como una supuesta casualidad…
acabó convirtiéndose en una red de gangstalking que intentó quitárseme de en medio a punta de pistola, así como también asesinaron a un compañero de la redacción, por no hablar de que fue toda una trama pergeñada por una banda de locos poderosos movidos por algo más que el dinero.
—Yo también sé de qué hablas —interpeló Puertos.
—¿También a ti te han perseguido? —preguntó Xavier con cara de estupefacción.
—Sí, yo soy víctima de la censura.
Xavier y Tan estaban expectantes, con ganas de conocer la historia que iba a secundar aquella revelación de la youtuber. ¿En qué sentido le podría haber afectado a ella?
—Bueno, pues, las comparaciones son odiosas, pero parece que hay una serie de cosas que a alguien de arriba no le interesa que tengan difusión, y se ve que, como no hay una lista negra publicada, puede que yo diera azarosamente en el clavo al tratar uno de esos temas en mi canal.
—¿Y de qué se trata? —preguntó Tan.
—Te vas a reír, pero yo tenía cientos de miles de visualizaciones en mi canal hasta que abordé tu caso.
—Su semblante se puso más serio y concluyó—: De repente, dejé de estar entre los vídeos recomendados y bajé de forma desproporcionada a unos pocos miles de visualizaciones.
— Empezó a gesticular de forma vehemente y desquiciada— ¡Imaginaros!
, ¡de más de cien mil visualizaciones cada día a apenas cuatro o cinco mil! ¡¡Una auténtica ruina!!
—Uf, si así fue tan de repente como cuentas, todo apunta a una campaña de acoso y derribo fulminante —sugirió Tan profundamente turbado.
—Bueno, pues, eso. Creo que tengo que irme ya, que me matan de producción, y tengo que llegar a cubrir la manifestación.
—Oye, ¿qué tal si te pasas mañana a la misma hora al mirador? —propuso Tan a Puertos.
—Me parece bien, mañana hablamos —dijo mientras se alejaba con prisa.
Quedaron de nuevo solos Tan y Xavier, sorprendidos por un nuevo elemento que podría ser el eje de una incipiente conspiración a la que ninguno de ellos había sido invitado. A ello se le sumó, sin esperarlo, otro detalle que empezó a rechinar en la mente de Tan.
—Sabes, Xavier, hay algo que me produce cierto miedo de repente.
—¿El ascensor?
—Exacto. ¿Y si no hubiera sido una casualidad que se parase? ¿Y si esperaban que hubiéramos estado nosotros allí dentro, y resulta que nos libramos por bajar en el último instante por las escaleras?
—Hombre, ¿qué quieres que te diga? Es una opción un tanto rebuscada, pero ya tienes experiencia en eso.
—No sé si será buena idea volver mañana al mismo sitio o qué, aunque no queda otra —murmuró Tan.
—Por lo que me has contado, peor sería llamar por teléfono a Gallardo si tu teoría del espionaje de dispositivos es cierta —indicó Xavier .
—Lo pondríamos en un peligro innecesario. —Archer asintió con un repetitivo movimiento de cabeza mientras apretaba los labios.
El día se estaba poniendo algo oscuro entre la caída de la tarde y las nubes, que se empezaban a apoderar del cielo que momentos antes había sido reinado por el intenso azul del mediterráneo.
El cambio tan drástico y repentino en la luz que les rodeaba no era sino el fiel reflejo del inminente giro de acontecimientos que obligaba a resguardarse de cualquier centinela al acecho.
—Por hoy ya lo tenemos bien, creo yo —apuntó Tan.
—Mañana más —añadió Xavier—, aunque me gustaría comprobar algo que me causa curiosidad. Más que nada para ver si es cierto lo que nos ha dicho el cura del Temple o, si de lo contrario, nos ha contado una de esas historias inventadas.
—¿A qué te refieres?
—Tú vente un segundo.
Entonces, fueron de nuevo en dirección hacia la catedral, pero esta vez no para acceder a ella sino para comprobar un detalle que había quedado pendiente por cotejar, y que había causado una ligera curiosidad fácilmente salvable.
Al parecer, Xavier quería comprobar la realidad de la anécdota acerca de la piedra sobre la que supuestamente se afilaban armas y herramientas durante la Inquisición.
Esa vez no se encontraron con don Teódulo ni lo vieron a lo lejos. Habría sido demasiado para el estómago del religioso cruzarse de nuevo con dos de los sujetos más latosos y puntillosos jamás antes conocidos.
Atravesaron, una vez más, las fauces de la calle de la Barchilla, que se escurría por debajo del Arco, el cual resistía sostenido por el único muro que quedaba en pie de un edificio del siglo XIII, aun a pesar de la persecución incendiaria que sufrieron los elementos religiosos en tiempos del 36.
Poco patrimonio histórico más que aquella parte pudo aguantar la barbarie de un pretérito mes de julio que, con el calor de las llamas, alcanzó incluso a doblegar las rejas de la asaltada catedral en aquella vía hostigada con tanta crueldad.
—Pues va a ser que era verdad —apuntó Xavier.
—Totalmente.
Ambos se pararon ante la parte derecha de la puerta de la Almoina, donde en la piedra lateral podían todavía contemplarse, pese al encolerizado paso del tiempo, las desgarradoras marcas con forma de profundos arañazos que dejaban herida su fachada con un recuerdo que invitaba a la difusión de los rumores más perversos y morbosos, como los de haber sido el afilador oficial de las cuchillas que rebanaban las cabezas de los ajusticiados por la, desmesuradamente irreflexiva, justicia medieval.
—Jamás me había fijado en este detalle —afirmó Xavier.
—¿Quién iba a imaginar que aquí se podrían preparar para cortar cabezas? —retoricó Tan.
Entonces, el periodista desvió la mirada hacia el suelo y se dio cuenta de un detalle que le había llamado poderosamente la atención entre todo el polvo que se amontonaba en aquel punto de la plaza.
—Oye, esta arenilla… —se agachó para comprobar, y la palpó con la yema de los dedos— parece que haya caído del muro no hace mucho. Tiene su mismo tono.
—¿A qué te refieres? —preguntó Xavier intrigado.
—Espera…
Antes de completar la frase, se puso a escarbar en la arenilla y, con algo de infortunio, sufrió un leve pinchazo en el dedo que le arrancó un leve quejido .
«Ay, creo que me va a salir sangre, jod…» renegó Tan. Se sacó una esquirla metálica que se le había clavado en la piel y, antes de deshacerse de ella, se quedó mirándola fijamente con atención mientras una gota de sangre se hacía paso por su dedo índice.
—Vas a pillar el tétanos —comentó Xavier.
—No sé, a ver… —Se echó mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó con cuidado el abrecartas que había sustraído del hábito del armario.
—Son del mismo tono —susurró Xavier.
—No sólo eso, también el material. Y si los acercamos… —unió la maltrecha punta del abrecartas, que lucía una nada estética muesca, con la punzante esquirla—, ¡encajan a la perfección! —resolvió Tan.
Se quedaron inmensamente sorprendidos por ese apunte tan insólito y espontáneo. Acababan de unir dos piezas del puzle del que todavía no se intuía la solución, y allí estaban ambos, en cuclillas, a punto de conjeturar una conclusión ante un indicio definitorio.
—¿Y si el abrecartas fue realmente afilado en esta puerta al ser la más cercana a la Sacristía Mayor? —dijo Tan.
—Para ello, el que lo hubiera afilado debería haber tenido acceso libre por aquí.
—Al fin y al cabo —Tan se frotó el mentón—, es la puerta más cercana de donde se produjo la escabechina.
Era evidente que se habían abierto dos e incluso hasta tres vías en su camino.
El padre Teódulo tenía acceso a aquel lugar, así como la monja catacaldos, por lo que, aunque iuris tantum —cabiendo prueba en contra—, tanto de forma individual como conjuntamente podrían ser los asignatarios de la autoría de la ejecución .
De ser así, ¿habría sido algún tipo de acto inquisidor, a fin de extirpar la posible herejía de usurpación del Santo Cáliz? o ¿había alguna motivación que desconocían por completo?
Lo que estaba claro es que en sus manos quedaba una prueba material que podría conducir a algún tipo de conclusión. ¿Quién querría afilar un simple abrecartas? y ¿para qué si no?