X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 14
18%

CAPÍTULO 14

E l ascensor les estaba esperando en lo alto del edificio, y Xavier ya estaba abriendo su puerta cuando Tan fue espoleado por su intuición; un agudo chirriar de bisagras viejas gritó como si estuviera alertando hacia su subconsciente sobre algún tipo de advertencia encriptada, y —por qué no decir también— puso de manifiesto el reparo que le daba volver a montarse en aquella caja de cerillas colgante, por lo que decidió esquivarlo y dirigirse hacia la puerta que aguardaba al lado.

—Xavier, mejor bajemos por las escaleras —propuso Tan con aires de desconfianza.

—No me parece mala idea —secundó.

Empezaron a bajar por el interminable caracoleo que formaban los peldaños del edificio, por el que, entre planta y planta, de vez en cuando pasaban por rellanos oscuros en los que mejor andarse con cuidado de no dar un mal paso, no fuera que alguna extraña fuerza los empujase escaleras abajo .

Cuando ya estaban casi llegando a la planta baja, después de un mareante descenso, se pudieron escuchar unos golpes secos de origen desconocido, parecía que alguien pretendía lanzar algún mensaje de auxilio deducible por la intensidad en que resonaban.

Ambos quedaron parados justo antes de llegar al vestíbulo, se miraron el uno al otro con inmenso pasmo.

De repente se escuchó desde el hall de la planta baja la furia de un gruñido: «¡Ya se ha quedado atascado de nuevo el ascensor! ¡A ver si vienen a cambiarlo de una vez! ¡¡Espere!! ¡¡Ahora subo a abrir la puerta!!».

Tan y Xavier soltaron todo el aire que había quedado bloqueado en sus respectivos pulmones, aliviados, más aún, por haber tomado una decisión que les hizo evitarse el disgusto de pasar un angustioso rato encerrados en un espacio que ya les había generado mal augurio de inicio.

Embargados por la felicidad de haber sido prácticamente tocados por la oceánide diosa de la fortuna, ante la «oportunísima» avería sufrida en el ascensor sin ellos dentro del mismo, avanzaron directos hacia la puerta de salida del edificio, de donde se podía percibir una espesa cortina de humo que alardeaba un inconfundible tufo a tabaco negro; el olor de la ansiedad, de la espera y del nerviosismo de alguien que, de forma imprevisible, parecía que se escondía en el lateral exterior izquierdo de la finca.

¿Habría alguna relación con la «avería» del ascensor tras aquel humo tan pegajoso? ¿Y si habían estado esperando a que Tan y Xavier hubieran quedado atrapados en él? El ambiente se hacía cada vez más cargante según se disponían a atravesar aquella humareda tan desagradable .

Salieron del Ateneo en dirección derecha sin ni siquiera mirar de dónde provenía el humo, ya que preferían desquitarse del adherente hedor a tabaco negro cuanto antes.

Cuando hubieron encarrilado su camino con el decidido paso sobre el resbaladizo pavimento, un insistente sonido les vino persiguiendo acompañado de aquel olor que habían estado esquivando.

«Tsss tsss» se escuchó tímidamente. Ambos respondieron girándose hacia atrás.

Ahí apareció, a punto de atropellarles con su paso, la persona que había desaparecido del mirador, quien a hurtadillas había estado atenta a la conversación que habían mantenido con Gallardo: la desconcertante mujer pelirroja.

¿Qué pretendería con tanta premura? Sus formas eran más inquietantes que las de uno de esos «gatos egipcios» sin pelo.

—Disculpen, amigos —dijo la pelirroja.

—¿Es a nosotros? —preguntó Tan mientras recuperaba, desconfiado, algo de distancia prudencial.

—Sí, perdonad que os aborde de esta forma.

—Si vienes a vendernos algo, no pierdas el tiempo con nosotros —sugirió Xavier.

—Para nada. —La extraña gesticuló de forma espasmódica y añadió titubeante—: Bueno pues, es que no… no he podido evitar, vamos que… he podido escuchar parte de vuestra conversación y, bueno pues, que he creído conveniente hablar con vosotros al respecto.

—¿Qué intentas decirnos? —preguntó Tan con evidente enojo.

—Bueno pues, a ver, tú eres Jonathan Archer, ¿verdad?

—Depende.

—No… no te asustes, yo soy Victoria Puertos .

—¿Puertos? ¿Como los USB? —guaseó Xavier.

—Sí, bueno, algo así —rio—, ya que soy… youtuber —confesó Puertos—.

Y claro, pues, me dedico a la investigación de misterios, por lo que he seguido tu caso de hace años con todo aquello de los Hijos de las Sombras y del número 11.

—Arqueó las cejas y apostilló—: Y no podía dejar correr la oportunidad de saber de qué estabas hablando.

—Mujer, tampoco es muy alentador eso de saber que nos estabas espiando —satirizó Tan.

—Ya, bueno, pues que… que no se me entienda mal —tartamudeó—. Lo que vengo a decir es que puedo ayudaros en lo que he podido escuchar de vuestra conversación —sugirió la youtuber.

—No sé yo… —opinó Archer.

—Sé que parece un poco cómico, pero bueno, pues lo que pasa es que cuando estabais hablando de que Caterina iba a llamar al obispo… —frunció el ceño— yo sé la respuesta.

Entonces, el semblante de ambos mudó su aspecto, dejaron su envoltorio de desconfianza olvidado en algún momento antes de esas últimas palabras.

El interés se había abierto paso entre la espesa humareda que el viento había arrastrado tras el rebufo de la espontánea pelirroja.

Y después de una afirmación tan potente, Tan no dudó indagar entre sus respuestas.

—(Tos) (Tos) Bueno sorpréndeme —dijo Tan casi sin apenas poder respirar al tragar aquel humo insoportable.

—Bueno, pues, la ventaja de haber trabajado en el misterio es que he podido leer mucha historia, y precisamente Caterina tiene mucho que ver… —Paró unos segundos, dominando el silencio con una pausa dramática, y continuó—: No sé si conoceréis también a «El Pau» y «El Jaume» .

—A priori no sé a quiénes te refieres. ¿Otros obispos valencianos? —inquirió Tan.

—No —respondió Puertos acompañado de una risa que rezumaba arrogancia—. Son las campanas más antiguas de la catedral de Valencia junto a «La Caterina», que es la más longeva de ellas.

—¿Cómo? —reaccionaron al unísono Xavier y Tan.

—Bueno, pues, lo que digo, que La Caterina, la campana más antigua de la Corona de Aragón, de 1305, es la campana que con su sonido iba a llamar al obispo —ilustró la youtuber.

—La madre que… —gruñó Tan—. Y nosotros aquí dándole vueltas incluso con la policía para investigar quién era Caterina.

—Sí, bueno, pues ya sabes que es una campana.

No pudo haber sido una respuesta más cómica, todo el esfuerzo que habían estado llevando a cabo por tratar de descubrir quién se escondía tras ese nombre, y qué podía estar tramando con el obispo Teódulo, se había desvanecido de un plumazo como el ya disipado humo del tabaco negro de Puertos.

La conversación sobre las campanas prosiguió unos instantes más y, tras ello, la youtuber se ofreció encantada para poder ayudarles en la investigación del caso, puesto que, si olía a Santo Grial, podría ser un tema a explotar en su canal de internet, en el que le seguían cientos de miles de personas según había afirmado.

—Bueno, pues, aquí os dejo una tarjeta con mi teléfono y mi correo electrónico para que me contactéis con lo que haga falta.

También tú, Xavier, porque sé que eres mentalista, y te sigo de hace tiempo.

He visto algún show tuyo en internet, así que bueno, si quieres podemos hacer un especial de mentalismo en mi canal.

—Lo acepto por Caterina —respondió Xavier.

—Pues, bueno, tengo que irme porque llego tarde al inicio del programa.

En aquel punto se despidieron y, justo cuando sus pasos se alejaban y Tan y Xavier se habían girado para continuar su camino, Puertos voceó:

—Ah, una cosa que se me olvidaba… Seguro que te va a parecer un dato curioso, Tan.

—Dime —contestó después de girarse llamado por la curiosidad que engendraba aquella última frase inesperada.

—La Caterina —avanzó Puertos.

—¿Qué pasa con ella?

—Bueno, pues, que es una de las once campanas que componen la torre actual, también llamada, «Campanar Nuevo».

En ese momento, Tan quedó sin aliento, paralizado por una respuesta que de inmediato le había evocado un recuerdo traumático que, unido a un extraño asesinato en un lugar tan simbólico como una catedral, nada podía ser casual ya. Volvía a aparecer el número once cuando todo parecía olvidado.

—¿Has dicho once? —preguntó Tan sobrecogido.

—Sí, parece que no te haya gustado por la cara que pones.

—¿La verdad? No demasiado…

¿Cómo podía ser posible que apareciese un dato tan caprichoso en esas circunstancias? ¿Acaso pretendía avisar de algo?