CAPÍTULO 13
T odavía en el ascensor, tras una frenada brusca, que puso el corazón de Tan y Xavier en un puño, llegó el final del trayecto de subida en aquel constreñido receptáculo y, después de aquella eternidad, se produjo el aliviador momento de apertura de puertas del ascensor en lo alto del edificio.
De inmediato, y aún con cierto temblor en las rodillas, ambos pisaron el suelo de la última planta con gran alivio, dejaban atrás una atracción más terrible que la montaña rusa Kingda Ka.
Pocos pasos más adelante se les abrió ante sus ojos un lienzo de luz y belleza; tras la baranda de aquella altura, se podía contemplar el hermosísimo núcleo de la ciudad desde una perspectiva que abandonaba en el olvido cualquier vaivén sufrido en el ascensor.
Unos metros hacia la izquierda, casi al final del mirador, permanecía sentado un hombre solitario que no apartaba la mirada del refinado estilo que envolvía la plaza principal de la ciudad.
Se le veía embelesado y embriagado por la frescura del aire que se izaba puro hasta aquel recoveco; una imagen poética de un hombre a la espera de alguien.
Su ropa era sencilla, pero canalla. Vestía con unos vaqueros azules, zapatos de piel marrón y una chaqueta de cuero del mismo color.
Su peinado oscuro y cardado junto con sus ojos, ocultos tras unas gafas de sol, le aportaban un aspecto chulesco que atrajeron la atención de Xavier.
—¿No me dirás que ese es tu amigo? —susurró el mentalista con lascivo interés.
—Así es —contestó Tan y lo miró de reojo.
—Mmm… pues tiene rollo. Empotrador…
—Ya te vale —contestó Tan avergonzado entre dientes.
Se acercaron a Gallardo, les esperaba acompañado de un refresco «cero azúcar» para no descuidar la forma.
—¡Dichosos los ojos que te ven! ¡Pareces Lenny Kravitz! —exclamó Tan.
—Hombre, ¡un abrazo, macho! —contestó Gallardo, se levantó y rodeó con sus brazos a Tan después de chocarle la mano—. Intento cuidar la imagen. —Soltó una leve carcajada.
—Te presento a Xavier —dijo Tan.
—Un placer, soy Gallardo, Antón Gallardo —dijo dirigiéndose a Xavier.
—Ya lo sabía, soy mentalista —bromeó Xavier con arrogancia y le saludó estrechándole la mano con firmeza.
—¿Mentalista? —preguntó Gallardo con asombro—. Ahora que lo dices… tu cara me suena ¿Nos conocemos de algo?
—Así vestido no me acuerdo, igual sin ropa hago memoria —bromeó el mentalista.
—Y dale… —refunfuñó Tan a media risa—. Si yo te contara, menuda forma de conocernos, casi salgo corriendo con todo lo que me ha demostrado leyéndome la mente .
Sin más tiempo que esperar, se acomodaron en aquel rincón para disfrutar, además de las vistas del mirador, de un refresco y de las anécdotas que tenían pendientes por recordar. Xavier y Tan pidieron lo mismo que Antón para tomar.
—Bueno, ¿y qué te cuentas, Tan? —preguntó Antón.
—Pues… voy tras la noticia del crimen de ayer en la catedral —respondió asintiendo con la cabeza y apretó los labios.
—Interesante… —Inspiró profundamente y avanzó—: Es extraño todo lo que ha pasado, parece como que alguien quiere correr un tupido velo y hacer olvidar su muerte revistiéndolo como ajuste de cuentas —reconoció Gallardo.
—¿Ajuste de cuentas? —preguntó Tan indignado—. Vamos, por lo que vi, eso puede ser de todo menos ajuste de cuentas. Ya me dirás tú a mí en qué ajuste de cuentas se lanza un cuerpo degollado por un matacán en desuso en una iglesia.
—La verdad que hay cosas que no cuadran.
—¿Sabes algo de ello? —le preguntó Tan.
—Pues, podría pero, al parecer, a alguien le interesa que no se sepa «no sé qué», ya que, a pesar de que estoy en el grupo de homicidios de la policía, me han llegado informaciones de que se han empeñado desde arriba en afirmar que ha sido, como digo, por ajuste de cuentas…
, lo típico para no hurgar más en el asunto.
—reveló Gallardo y resopló con desánimo.
—Guau, ¿y has llegado a ser parte en la investigación?
—Para nada, de salida no nos dejaron ni acceder al cuerpo.
Había quedado de manifiesto que alguien estaba tratando de ocultar el móvil del crimen perpetrado el día anterior ante la aquiescencia de Dios.
Tan estaba completamente desconcertado por la aparición de cantidad de indicios que conducían al preludio de una inminente investigación hasta una guarida de actores, sombría y sin salida, de donde cualquier factótum podría precipitarse de improviso con algún inesperado hecho.
Pero, si era cierto que se estaban empeñando en echar un manto sobre ello, al menos Tan tenía que intentar obtener la mayor cantidad de información sobre dos personajes que le causaban cierta ofuscación.
—Antón, tengo una duda que no sé si me la podrás resolver —avanzó Tan.
—Vamos a ver, suelta.
—Hay dos personas que me suscitan cierto interés.
—Tan se incorporó hacia Gallardo y le dijo—: Hay una monja con un parche en el ojo que nos dedicó una especial atención cuando fuimos a hablar con el obispo de la catedral, pero con recelo, aunque no sé cierto su nombre, ya que, momentos antes de despedirse de nosotros el padre Teódulo, nos mencionó que estaba a punto de llamarle una tal…
En ese punto Tan frenó unos instantes antes de nombrar a la persona de la cual quería sustraer más información, porque acababa de percibir cómo alguien parecía atento a sus palabras; una mujer delgada, de melena corta y cobriza sentada a unos metros de ellos en el local aparentaba estar pendiente de su conversación, ya que de vez en cuando les propinaba miradas sutiles por el rabillo del ojo mientras sorbía de la pajita zambullida en su copa.
—Una tal Caterina —acabó susurrando Tan.
—Uf… No sabría qué decirte, macho. Pero tomo nota de ello para ver si alguien me puede aportar datos sobre ese nombre —respondió el policía.
—Y, ¿sabrías del arma que se habría usado para degollar a la víctima? —preguntó Tan .
—Hasta ahí lo único que he llegado a saber es que no tuvo un corte sencillo, según he escuchado ha sido con arma blanca, pero la herida tenía un trazado particular —respondió Gallardo.
—¿Cómo de particular? —preguntó Tan, intrigado, a Antón ante la expectante mirada de Xavier y el recelo de la misteriosa pelirroja a unas mesas de distancia.
—Pues normalmente, cuando se degüella a una víctima, el corte suele seguir una dirección horizontal, y así ha sido en este caso, pero distinto, ya que una compañera forense me confesó que puede no haberse usado un cuchillo normal.
En lugar de cortarse en el cuello, el objeto punzante se clava violentamente y produce un desgarro en la trayectoria horizontal, pero sin quedar señal de que haya sido producido por un arma dentada, sino que deja una gran incógnita sobre la propia arma del autor, como que no tuviera más que un objeto improvisado a modo de arma.
Pero ya te digo, voy a ver si hablo con la científica —refiriéndose a la división de la policía que llevaba el análisis forense— para conseguir más detalles.
—Sí, por favor, por insignificantes que sean, podrían ser clave en la investigación. —Tan agarró aire, encogió los hombros y, con los dedos de las manos entrelazados mientras las sacudía, concluyó—: Sinceramente, me has dejado sin palabras por la peculiaridad del modo en que se le ha asesinado…
Tan percibió que en ese instante había obtenido el máximo de información posible de la mano de Gallardo, sólo le quedaba formularle una pregunta más para acabar de constatar su presentimiento, y dejar a su colega que efectuase las pesquisas convenientes para vislumbrar los primeros trazos del puzle que quedaba por armar.
Eso sí, si tan elevado era el secretismo con el que se estaba tratando el caso, mejor volver a las andadas y aguardar la mayor de las discreciones.
—Una última pregunta al respecto, si no es compromiso —avanzó Tan con condescendencia.
—No te preocupes, me parece necesario que se rasque lo máximo posible sobre el asunto —replicó Gallardo.
—Fenomenal. ¿Cuál es la identidad de la víctima?
—Ese es otro de los misterios. —Frunció el entrecejo y completó—: No han querido informar de ello ni a nuestra división ni a los forenses.
Tanta mierda puede que genere estrías entre el cuerpo, pero ya veremos cómo acaba todo, no te voy a engañar, este coñazo nos está causando cierta desazón por la escasa confianza que parece que están depositando sobre nosotros en el cuerpo.
Un nuevo misterio acababa de abrirse ante sus ojos, no sólo la misteriosa muerte, sino también una inesperada división o un irreparable resquebrajamiento en el seno del cuerpo de policía podría estar germinando a raíz del caso que estaba moviendo de nuevo el interés de Tan.
—Bueno, no quiero robarte más tiempo, ya que aquí puede ser que estemos ante algo de lo que podríamos sacar jugo.
—Un jugo putrefacto, a la atención de lo que está pasando —rubricó Gallardo con ligero resquemor.
—¿Te parece bien que nos veamos aquí mañana sobre las 10:30? —Propuso Tan.
—Perfecto, che. No hace falta ni que nos llamemos. Si consigo cualquier información, te lo digo mañana aquí.
Tras cerrar la conversación de tal forma, se despidieron dejando las copas a medio terminar, el hielo había ido confundiéndose con el refresco a medida que la indignación en la conversación había ido calentando el ambiente entre las preguntas y confesiones que se habían satisfecho.
Gallardo se quedó más tiempo enfrentado al mirador mientras Tan y Xavier se dirigían, de nuevo, hacia el «antediluviano» ascensor que les esperaba con su parpadeante luz en el interior.
Pero, antes de abrir la puerta que les conduciría hasta la planta baja, Tan escaneó el local para quedarse con la cara de la extraña individua que parecía haber estado acechando su conversación, aunque, sin que se hubieran percatado, había desaparecido del sitio desde el que había estado observando, y sin dejar rastro.
¿Quién sería aquella inoportuna desconocida?