X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

T ras la última conclusión, Tan sacó su teléfono y se puso a buscar si todavía guardaba un contacto en su agenda que le podría ser de utilidad.

—Igual con un poco de suerte… —dijo Tan mientras se echaba el teléfono al oído.

—¿Diga? —contestó una voz lejana en el auricular ante la firme mirada que sobresalía desde las cuencas de los ojos de Xavier.

—¿Gallardo? —preguntó Tan a aquella voz engolada.

—¿Archer?

—¡Sí! —exclamó con alivio—. ¿Cómo estás?

Acababa de responder a su llamada de teléfono un viejo amigo de nombre Antón Gallardo.

—Hombre qué sorpresa, ¡qué te cuentas?

—Pues primero de todo saber cómo estás, ya que estoy unos días aquí en Valencia, y hace días que voy pensando en llamarte, y aprovechando una duda que me ha surgido digo: «voy a ver si consigo hablar con él». ¿Todo bien ?

—Fenomenal, como siempre, trabajando pese a que estamos sin recursos prácticamente. Qué te voy a contar que no sepas ya, colega.

—Sí, mientras unos se funden el presupuesto en gasto político y contratos menores para «amiguetes», luego para lo realmente necesario ya no hay liquidez.

—Ya, ¿pero qué solución hay?

—¿Solución…? Subida de impuestos de nuevo después de elecciones y que pague el contribuyente el incremento de sus estructuras clientelares —apuntó Tan con un ascendente tono de indignación.

—No me lo recuerdes que me enervo, macho. —Después de un sintonizado gruñido de ambos, Gallardo rebajó el tono y le propuso—: Che, ¿por dónde andas? Tengo un rato libre y estoy por el centro.

—Pues… estoy, casualmente, también en el centro, ¿nos vemos en el ático del Ateneo? Yo llego en cinco minutos.

—De puta madre, ahí te veo.

No hizo falta rogarle para concertar cita, ya que llegaron a compartir algunas juergas en su juventud. Era una de esas amistades, guardadas en un cajón, en la que con apenas un tímido gesto bastaba para incendiar la barra de un bar.

Xavier había quedado con aparente perplejidad por la inmediatez con la que Tan actuaba, instantes en los que no dejaba lugar al titubeo, y sólo la intuición se apoderaba del liderazgo en cada decisión de un periodista movido por el ansia de indagar y descubrir el manto que pudiera ocultar, misteriosamente, cada caso que se cruzase en su camino.

—Tú no desistes nunca, ¿verdad? —apuntó Xavier y miró a Tan mientras arqueaba una ceja .

—No está dentro de mi programación mental eso de cesar —respondió Tan, y tras una profunda inhalación expiró intensamente.

—Me parece bien —apostilló el mentalista, comprimió sus labios y asintió.

—Mira, Xavier, hubo un periodista de investigación argentino, dignísimo de admiración y autor de la novela « Operación Masacre» .

Se llamaba Rodolfo Walsh y fue un firme opositor a la dictadura peronista, tanto que acabó siendo asesinado tras desaparecer en manos del acuñado como: Terrorismo de Estado.

Además, fue cofundador de la agencia de Prensa Latina junto a Gabriel García Márquez.

—Clavó su mirada sobre los ojos de Xavier y añadió—: Pues bien, una de sus citas más potentes es aquella que mencionó con valor en honor a los compañeros que desaparecieron y fueron fusilados por investigar y ejercer un periodismo libre.

—¿Qué frase lo fusiló? Siempre es bueno saberlo…

—« El periodismo es libre o es una farsa ».

—Ante el aspecto pensativo que había adoptado Xavier tras aquella cita, Tan aclaró—: Hace unos años me encontré, casualmente, con unos hechos que me condujeron a otros, que sin esperármelo, todo llevó a un plan dirigido a cercenar libertades, y hoy, cueste lo que cueste, aunque el camino se llene de «aparentes casualidades» —enfatizó—, el combustible que me mueve es la libertad por investigar aquello que me llega a chirriar, y no me dirás que no hay suficientes indicios como para no pensar que es algo extraño cómo ha tratado el padre Teódulo el asesinato.

—Da la sensación de que ha querido correr un tupido velo… Quizás para no espantar a los feligreses .

—Bueno, pues si esa es su intención… vamos a asegurarnos y a meternos en el barro hasta el cuello —aseguró con decisión.

Sus pasos siguieron adelante por la transitada y casi interminable calle San Vicente, hasta llegar al punto donde se abría el camino, como un estallido de fuego emanado desde el suelo, por el efecto del color del resbaladizo pero noble pavimento fijado bajo sus pies, frente a la plaza del Ayuntamiento de la ciudad.

Ante ellos había brotado un espacio que irrigaba aroma a la atronadora pólvora inherente a la cultura fallera del lugar, y embelesados por un ecléctico aunque, en mayor medida, paisaje modernista, a su parte izquierda enfrentando el edificio consistorial del «Cap i Casal» —que quedaba a la diestra—, esperaba el edificio del Ateneo Mercantil, imponente, con su elegante y alargada fachada de tono crudo, testigo y anfitrión de reuniones con la más alta representación de la cultura y sociedad valencianas a lo largo de los más de cien años de su existencia.

Aquel era el lugar de encuentro con el contacto de Tan, donde en la misma entrada lateral había una cesta metálica con una pila de periódicos, de la cual se apoderó de un ejemplar para escarbar entre las noticias que se escondían tras el titular de la portada: «Disturbios por el 11G».

—Anda, mira, justo estuve en el momento que recoge la foto de la portada —dijo Tan.

—Mucho iluminado junto —adjetivó Xavier.

—Cada vez que aparece una nueva tecnología parece que se organiza algún movimiento contra ella.

—Gente con demasiado tiempo libre —ironizó.

Tan había mostrado una mueca de incertidumbre ante la respuesta sarcástica de Xavier, ya que tras lo vivido tiempo atrás contra la Agencia de Control de Contenidos de Sayers, tampoco podía descartar, de forma tajante, absolutamente nada sin pruebas concluyentes, así que decidió no entrar a debate con el mentalista, pero tampoco se veía con moral de defender a los exaltados del día anterior.

Accedieron al local por el alargado pasillo de mármol de la entrada, que los trasportaba en el tiempo hasta la primera mitad del siglo XX por su decoración que mantenía la fiel esencia de sus orígenes, esmeradamente cuidada, aunque un detalle algo repasado acababa de transportarlos a aquella época pretérita, se trataba de sus decadentes ascensores de naftalina.

Por mucho que las revisiones quedaban señaladas debidamente, subir en uno de aquellos elevadores hasta lo alto del edificio suponía una auténtica aventura por la estrechez y el aspecto tan primitivo que presentaban.

De todos modos, periódico en brazo, como dominguero jubilado, presionaron el botón que les transportaría hasta el local situado en el ático del edificio.

Allí estaban ambos —Xavier y Tan—, subiendo en un cubículo claustrofóbico que, a su mínima oscilación, se acompañaba con sonidos casi tétricos aderezados con una luz amarillenta y tintineante dentro de la cabina; curiosa metáfora de la vida con un ascenso al cielo que llevaba consigo un camino incierto.

—Menudo viaje de subida —espetó Tan y soltó un bufido.

—No es de mis momentos preferidos, la verdad —añadió Xavier en tono displicente.

—Cincuenta metros de subida en estas condiciones dan para una película de terror —refunfuñó y abrió el periódico por una página al azar para tratar de olvidar la desagradable subida—.

Qué curioso, mira lo que dice este titular: «El mundo pendiente de la resolución contra la competencia de Starlink».

—Sí, al parecer astrónomos de todo el mundo se han conjurado contra ellos —dijo Xavier.

—No me extraña con lo que sigue la noticia: « Si la compañía fundada por Elon Musk ya fue objeto de controversia por los primeros satélites que lanzó en una órbita tan baja, la competidora Starweb 3000, que fue adquirida por un fondo de inversión tras una OPA hostil (Oferta Pública de Adquisición), se enfrenta a una sentencia multimillonaria después del lanzamiento de 42.

000 satélites a la órbita de la tierra. Al parecer, astrónomos de todo el mundo habrían presentado una cascada de demandas por la ocupación de la bóveda celeste con la controvertida red satelital, que habría ocupado un espacio con una altura incluso inferior a la de la red de Starlink, con lo que se habría producido un efecto de contaminación lumínica que “impide la observación del espacio desde los observatorios de todo el mundo”, según el director del ELT (Telescopio Extremadamente Grande) en Atacama, Chile. » —leyó Tan.

—Pues parece no quedar demasiado para conocer el veredicto de la sentencia.

—Así es, de hecho, aquí dice que « la sentencia se conocerá en las próximas horas », y que, « por primera vez, la Corte Internacional de Justicia se pronunciará, por motivos de seguridad mundial, sobre un asunto en el que no sólo los estados son parte ».

—Tan arqueó las cejas con gesto de asombro y le mostró el periódico a Xavier— A ver, si esta imagen es cierta —señaló una fotografía con la imagen del mundo rodeado de satélites—, me parece una auténtica barbaridad haber consentido que se pusiera toda esa chatarra sobre nuestras cabezas con el mero pretexto de proveer internet a todo el mundo —opinó Archer .

—Son como moscas rodeando una mierda —ironizó Xavier.

—Muy gráfico tú… Como empiecen a caer por alguna de aquellas, menuda fiesta —vaticinó el periodista—.

Eso no es todo, atento a lo que dice aquí: « Una oleada de protestas ha sido organizada para esta tarde en las principales ciudades de todo el mundo con el fin de presionar a la Corte Internacional de Justicia e influir para que la resolución sea contundente […

] ». —Levantó la cabeza del papel y añadió—: Igual son los mismos que protestaban ayer por el 11G.

—El mundo se nos va de las manos —bromeó Xavier.