CAPÍTULO 11
Y a relativamente alejados de la estancia, y con Xavier en estado pensativo todavía, un chirriar estridente que provino de las bisagras de la maciza puerta que quedaba atrás resonó con ensañamiento, a lo que, en acto reflejo, Tan giró la cabeza para comprobar de dónde provenía tan desagradable sonido.
—Menudos gritos que dan las bisagras de las puertas —dijo Tan.
—Se ve que han perdido todo el aceite que tenían —ironizó Xavier.
—¡Espera! —Tan paró en secó el paso de ambos, agarró del brazo intensamente a Xavier, lo giró bruscamente y le invitó a seguir sus pasos de un tirón.
La única persona que quedaba en la Sacristía, la monja, también hubo abandonado la estancia, aunque dejando la puerta entreabierta, y ese despiste no había pasado desapercibido para Tan, que si por algo se caracterizaba era por el desvergonzado atrevimiento que era capaz de demostrar en situaciones peliagudas.
—Vamos —exhortó Tan a Xavier indicándole la Sacristía.
—¿Estás a punto de hacer lo que estoy pensando? —preguntó el mentalista excitado por el asombro.
—Por supuesto, no podemos perder tiempo.
Ambos llegaron ante la entreabierta puerta, y tuvieron la suerte de que dejaba el suficiente espacio para pasar adentro sin tener que empujarla, ya que, de otra forma, ésta descerrajaría su característico y resonante chirrido de punta a punta de la catedral.
—En fin, sin violencia ni fuerza sobre las cosas no puede considerarse esto como un allanamiento —dijo Tan autocomplaciéndose por aquella rebeldía.
—De aquí a miembros de Vatileaks… sólo queda un paso.
—Pues lo pondré en el currículum —bromeó Tan.
Arrancaron a rebuscar en la habitación, gracias a que justo frente a ellos estaba el prominente armario que custodiaba las vestimentas del obispo y, a la izquierda, una escalera metálica que ascendía hasta una misteriosa puerta de madera en lo alto de la pared.
—Tú trata de encontrar algo en el armario, yo iré arriba —espetó Tan.
—¿Justo el armario? Homófobo —aireó a modo de chascarrillo y se lanzó a abrirlo sin perder el ojo a la puerta de entrada de la sala que quedaba tras él.
Archer se elevó por aquellas estrechas y pronunciadas escaleras de metal hasta abrir la puerta de madera que lo condujo a un pequeño habitáculo: el “Reconditorio”.
Aquel lugar tenía un agujero en el suelo de unos cincuenta por ochenta centímetros a ojo de buen cubero, lo suficiente como para precipitarse por él el cadáver de una persona de peso medio como el que se desplomó el día anterior y, en efecto, era el orificio en cuestión, de hecho, a Tan le llamó la atención que todavía quedaban pequeñas gotas de sangre secas, impresas en el suelo ante la presencia de un fresco de siete siglos en la pared con la imagen de Jesús dirigiéndose, vara en mano, a unas personas sometidas a su aura celestial; no así, en cambio, el personaje acomodado que lo señalaba a sus espaldas, y en la otra parte de la pintura, a la izquierda, un Jesucristo plagado de heridas agarrado a una columna.
Y entre toda la figuración había un espacio con una repisa que, a todas luces, sería donde, durante siglos, se custodió celosamente la Santa Espina que Luis IX de Francia concedió al rey Jaime I de Aragón en 1256, como ofrecimiento por el casamiento de los vástagos de ambos: Isabel de Aragón y Felipe III de Francia.
Justo en ese rincón, en lo más hondo de su parte derecha —la parte más oculta a la vista de quien llegara desde la puerta—, Tan vio una minúscula y casi imperceptible bola de papel como la de un envoltorio usado y maltrecho de un chicle consumido.
Fue un hallazgo que no apuntaba demasiada importancia, pero era lo único que había encontrado en la estancia, más allá de las gotas de sangre que evidenciaban lo que ya se hubo escenificado con la caída del cuerpo degollado.
La policía habría peinado por completo la zona.
Mientras tanto, Xavier, algo inquieto por si lo sorprendía la monja que había salido recientemente, seguía registrando el armario, donde, entre tantos hábitos colgados en sus respectivas perchas, algo le llamó agudamente la atención.
Tan estaba en ese momento bajando por las escaleras de la puerta del Reconditorio cuando Xavier, nervioso, giró la cabeza al escuchar sus pasos sobre el metal de los peldaños que quedaban pegados a la pared, y entonces le animó a acercarse:
—Tienes que ver algo.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Tan y aceleró sus pasos para llegar hasta el armario que estaba inspeccionando el mentalista.
—Mira. —Le mostró un abrecartas con un mango tono marfil y un pequeño grabado en el que se leía únicamente el número 73, y que sobresalía tímidamente por uno de los bolsillos de un hábito.
—Espera. —Tan sacó un tique de papel que tenía en un bolsillo de su chaqueta y lo usó para coger aquel abrecartas.
—Mejor no dejar huellas. Por cierto, qué cosa más extraña, el bolsillo está impregnado de arenilla, y el abrecartas está como…
—le dio un par de vueltas al objeto y sentenció—: afilado.
—Y, además, tiene una muesca —añadió Xavier en voz baja y pensativo.
—Cierto, está como roto. —Siguió husmeando en los bolsillos y encontró el móvil supuestamente del obispo. —Con esto sí que nos podríamos meter en un problema si lo tomásemos prestado —comentó con el móvil en su mano, sosteniéndolo por sus lados con precaución.
—No sé si será muy buena idea.
—Igual si…
Archer tuvo una ocurrencia, ya que por su cabeza rondaba una pregunta que había derivado de la primera conversación mantenida con el obispo, algo que podría aportarle más respuestas si consiguiese acceder a la información del dispositivo, pero el desbloqueo de éste, desgraciadamente, requería de la huella dactilar del propietario, que estaría oficiando misa en ese instante .
Pero Tan era una persona de recursos, afortunadamente su teléfono móvil era nuevo y todavía mantenía la pegatina de protección de la pantalla, ya que no le había dado tiempo ni de comprar la carcasa y el protector de pantalla para su nuevo dispositivo.
Limpió su móvil sobre su chaqueta y, aunque le dolió en el alma, despegó el film de plástico que protegía la pantalla para, con delicadeza, ponerlo sobre el botón de la huella dactilar del móvil del obispo, lo despegó con el cuidado de un artificiero desactivando un explosivo y, con la otra mano, sacó de otro bolsillo interior de su chaqueta un lápiz ante la atónita mirada de Xavier.
Inmediatamente, con las gotas de sudor haciéndose paso por su frente, por la tensión que profería el hecho de estar pendientes de quien pudiera entrar por la puerta de la entrada de la sala en cualquier momento, se agachó y estrelló la punta del lápiz contra el suelo, la aplastó a conciencia dejando una pizca de carboncillo de la mina amontonado en el suelo, lo pellizcó y lo espolvoreó sobre el plástico protector como quien pone sal en las patatas, sopló ligeramente sobre el mismo y dobló el plástico para evitar que esa capa de carbón se disipara…
, y porque había conseguido obtener la imagen de la huella del obispo.
Con tan diestra manualidad, improvisada en segundos de auténtico estrés, acercó el plástico con la huella tomada al lector dactilar del móvil del obispo y… ¡se hizo magia! La pantalla había quedado desbloqueada.
—No leerás la mente, pero me acabas de demostrar que eres un genio —valoró el mentalista con cara de póquer.
—Nada, recursos —comentó Tan y guiñó un ojo—. Necesito comprobar una simple cosa .
Lo primero que hizo fue dar doble clic para descubrir la última ventana en la que había navegado por internet.
—Mira, esto es lo que buscaba —dijo Tan.
—No entiendo, veo sólo la página de un periódico digital —respondió Xavier, pero al segundo sus ojos se abrieron por completo—. ¿Te refieres a la publicidad? —intuyó.
—¡Bingo!
La publicidad que perseguía la web que quedaba a la vista marcaba agencias de viaje on line con ofertas a Madrid y packs de visitas al museo del Prado y la Almudena cambiando de forma intermitente como una imagen «GIF».
—Ya sólo me queda una cosa. —Tan accedió a las llamadas más recientes. —¡Aquí está! El número de teléfono del arzobispo.
—Espera, le hago una foto al número. —Xavier se apresuró a sacar su móvil y lo fotografió para ganar tiempo.
Casi a la desesperada, a excepción del abrecartas y el papel del Reconditorio, dejaron todo en su sitio, cerraron las puertas del armario y se dirigieron, disparados, hacia la puerta de salida de la Sacristía.
Ni la monja catacaldos, ni el padre Teódulo, ni nadie más allí en la catedral habían alcanzado a cazar a los dos que, como hurones, habían huido de aquel lugar con algunas pistas obtenidas en circunstancias poco éticas, cosa que al mentalista parecía gustarle por el gesto que había quedado impreso en su rostro durante la pecaminosa escapada.
Y, con el corazón en la garganta por las emociones del momento, después de haber superado una innumerable cantidad de bancos ocupados por feligreses expectantes a la misa que el obispo estaba oficiando, estaban ya más cerca de la salida.
Algunos de los allí sentados desviaban su atención lanzando miradas desafiantes a Tan y Xavier por el paso tan poco sereno de ambos en la casa de Dios.
Definitivamente, consiguieron salir del lugar sin rasguño alguno después de rebasar la zona donde quedaba la taquilla de visitantes, a lo que, nada más cruzar la puerta de la catedral al exterior, una casi cauterizadora luz golpeó sus ojos obligándoles a prensar sus párpados intensamente por el contraste lumínico entre el interior y el exterior.
—Menuda leche al salir —apuntó Xavier mientras se aquejaba de la intensa luz del sol.
—Pues, entre la cara que pones al salir y la ropa que me traes, no dudes de que no te confundan con Nosferatu —bromeó Tan con particular referencia al fuliginoso outfit del mentalista.
—¿Con este pelazo?, lo dudo.
—Por supuesto. —Emitió una mueca de sonrisa y cambió inmediatamente a un tono más serio—: No perdamos tiempo, necesitamos conocer de alguien que pueda informarnos sobre cómo falleció y quién era la persona que cayó prácticamente ante mis pies.
—Necesitaríamos saber en manos de quién está la investigación, pues.
—Sólo queda una opción —apeló Tan.