CAPÍTULO 10
A l salir por la puerta de la iglesia, ya sabían qué dirección tomar, al fin y al cabo, el día anterior habían estado discutiendo acerca de qué lugar visitar en primera instancia.
Marcharon de nuevo hacia la catedral, pero esta vez en equipo, aunque ni en esas Tan se sentía cómodo al lado de alguien que podría estar allanando constantemente su pensamiento.
—¿Qué te ha parecido lo que ha dicho? —le preguntó Tan al mentalista.
—Me ha gustado lo del amante proxeneta de Pedro Luís —contestó con sorna—. Todo muy lascivo.
—No, aparte de eso. —Suspiró con resignación al no poder luchar contra tanto chascarrillo.
—Creo que decía la verdad, no he sentido nada que hiciese pensar lo contrario.
—Así que… —Tan se mordió el labio y retoricó—: ¿Ahí no saben nada del trasfondo de lo sucedido ?
—Por lo visto no, al menos el cura. No sé si la mujer que le hacía la corte…
—No la veo yo capaz de subir las escaleras hasta el hueco de donde cayó el cuerpo. Apenas podía andar en plano —dijo a media risa Tan al crearse la imagen de ella como asesina sigilosa y despiadada.
Si las palabras de Xavier eran ciertas, poco más que la policía podría ayudarles a indagar hacia más pesquisas o, del mismo modo que había sido capaz de aplicar su capacidad mental con el cura y con Tan, seguro que le seduciría invadir el interior de la cabeza de la alta dignidad catedralicia sin que éste lo sospechase.
Xavier estaba predispuesto a ello, era algo que le parecía divertido, si no, entretenido, un juego de niños para él, por lo que, decididos a ello, aceleraron el paso hacia la «Seu» dejando de lado el ruidoso tráfico de vehículos que bordeaban el marginal del antiguo cauce del Turia, cuyo sutil aroma a combustible se impregnaba desde el asfalto hasta las paredes oscurecidas de los aledaños edificios por el humo de los incesantes tubos de escape.
Tras volver sobre los mismos pasos que los habían conducido hasta el Temple, de nuevo se personaron en el destino al que se dirigían con la sensación de haber estado errando hacia ninguna parte, algo que podría desanimar a cualquiera, pero aún era temprano para tirar la toalla, Tan presentía que había algo más allá de las palabras que el día anterior le dedicó el obispo.
Cerca de la puerta vieron a don Teódulo adentrarse en la catedral; seguro que ya habría acabado su ágape matinal que había estado disfrutando momentos antes de que Xavier y Tan llegasen a la iglesia del Temple.
Obviamente, siguieron su estela hasta encontrarse con la inexpugnable taquilla de la entrada, en la que tuvieron que abonar otra vez el precio de visita a la misma, como dos turistas más, para evitar poner en preaviso a nadie respecto de su espontánea visita.
De tal forma, accedieron a su interior y tuvieron suerte al ver, a lo largo de la oblonga nave, alejarse el obispo dirección al crucero y a paso imperturbable. Pero antes de que se desvaneciese entre algún recodo del templo, Tan se apresuró empujando a Xavier para alcanzarlo.
—¡Don Teódulo! —exclamó Tan para evitar que se encerrase y se desmoronara toda indagación al verlo a punto de atravesar la puerta de la Sacristía Mayor.
—¿Quién llama? —preguntó sin haberse dado todavía la vuelta por completo.
Al cruzar su mirada con la de Tan, quedó en una postura inmediatamente rígida, visiblemente incómodo.
—Ah, es usted… De nuevo —dijo el obispo sin demasiada simpatía.
—Sí, disculpe de nuevo mi atropello, pero necesitaba consultarle una última cuestión —añadió Tan con el pulso acelerado.
—No tengo mucho tiempo, Caterina está a punto de llamarme de nuevo —dijo mientras se adentraba en la Sacristía.
—Seré breve… ¿sabe ya algo de lo de ayer? He ido a consultar a la iglesia del Temple y, al parecer, desconocen si tiene que ver con el Grial —dijo Tan con seriedad e invadiendo el lugar donde se suponía que estaba el vestidor del obispo, acababan de atravesar la puerta «caladissa».
Allí dentro había una monja algo gibosa, no alzaba más de metro sesenta, sostenía con recelo una antigua Biblia con el borde de sus páginas de color dorado, estaba vigilándolos a media distancia desde la puerta que quedaba al fondo a la izquierda, la cual conectaba esa estancia con otra más íntima; daba la sensación de que estaba cuidando del lugar y del obispo, aunque el parche que llevaba en un ojo le restase campo de visión a su arrastrada y profunda mirada.
El obispo no parecía haber recibido con cara de demasiados amigos la inesperada visita de ambos, se le notaba contenido y sin ganas de responder a más preguntas.
—Mire, hijo, no sé qué ha podido pasar. —Con aspecto hostigado se acercó a la monja mientras les hablaba y le dijo—: Por favor, páseme aquel crucifijo —indicó señalando uno que se veía brillar en el interior oscuro del armario donde guardaba su vestimenta.
Miró con displicencia a Xavier y se impuso la cruz.
Xavier le había devuelto la misma mirada, no parecía que ambos tuviesen ganas de tender puente alguno, del modo contrario a Tan, cuyo interés se hacía excesivamente cargante. La situación no aventuraba que surgiese una grata amistad de aquel encuentro.
—Por favor, no tengo más tiempo —dijo el padre Astete a Tan al tiempo que, escaneándolos a los dos con su visión, los invitaba a apartarse de la zona de paso hacia la salida de la Sacristía.
—Sí, disculpe —respondió Tan y se apartó.
El padre Teódulo evitó el más mínimo contacto y, ante la aferrada presencia de las pinturas renacentistas que coloreaban la tosca piedra del lugar, se alejó de ellos, de nuevo con el «claqueteo» de los zapatos.
Xavier y Tan entendieron que ya no tenían nada más que hacer allí, aunque se apartaron de aquella estadía como víctimas de un naufragio, desposeídos de algo que los hubiera podido dejar en una situación muy distinta de la que estaban: de una respuesta.
—Menuda pérdida de tiempo —dijo Tan .
—Bueno, he sentido algo extraño —apostilló Xavier.
—¿A qué te refieres? —preguntó sorprendido.
—No sé, una sensación mía. Así como el cura del Temple me pareció sincero, este obispo me da que esconde algo.
—Ah, lo había casi olvidado, que leías la mente. —Se echó su mano derecha a la frente con gesto de reconocimiento de su despiste.
—Sí, bueno, lo que te digo —continuó en voz baja—.
He notado dos momentos distintos en el poco tiempo que hemos estado con él y, aparte de que no le he caído nada bien sin haber llegado a cruzar palabra conmigo, cosa que no entiendo debido a mi agraciada figura —bromeó y continuó rigurosamente—, he percibido como que esconde o pretende esconder algo.
—Como ¿qué? —Tan quedó expectante con la boca abierta, con apariencia de estar a punto de recibir la respuesta que buscaba.
—He percibido algo de un viaje. —Cerró los ojos con fuerza tratando de recordar o descifrar las sensaciones vividas frente al obispo y relató—: Justo cuando estaba pensando en un viaje como secreto —apoyó su puño sobre sus labios con gesto de preocupación—, se ha puesto el crucifijo y me ha cortado, de repente… , toda percepción.
—¿Te ha generado interferencias? —preguntó Tan descolocado.
—Se podría decir que sí.
Esa respuesta no hubo dejado a Tan en una muy alentadora situación, especialmente al pensar que una cruz podía proteger a alguien del mentalista que lo había abordado por la espalda el día anterior, y que estaba expugnando sus pensamientos, a cada paso, desde el primer momento .
El escenario, tal y como se estaba dando, dejaba al mentalista con menos puntos de confianza a los ojos de Tan, que, aunque no fuese excesivamente creyente, se había quedado sin saber por qué una cruz le afectaba en sentido negativo a Xavier, como si este fuera… un ser demoniaco.