X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

D ecidieron abandonar aquel escénico punto de encuentro y tomar el camino dirección a la iglesia del Temple, había quedado corroborado que no estaba ante un impostor, al menos en lo que concernía a sus capacidades mentales…

«¿Y si aún iban a ser verdad sus habilidades?

» pensó resignado y con cierto temor al no saber cómo reaccionar ni en silencio, ya que, de ser así, hasta el menor de los prejuicios que, sobre él, acudiese a su pensamiento lo podría percibir el propio Xavier de inmediato.

Fue una reflexión espontánea que le hizo sentir desnudo e indefenso, con pánico a no poder esconder secreto alguno, a perder toda intimidad, lo cual se enroscaba en una espiral de desconcierto que se acentuaba, más y más, a cada paso.

De repente, Tan se fue poniendo más tenso que una tirolina, trataba de atraer a su mente pensamientos banales como canciones y otras cosas que desviasen su foco mental de la profundidad de su cerebro .

—Pero ¿cómo lo consigues? —preguntó espontáneamente Tan.

—¿Lo de leer la mente? o ¿mantenerme así de bien? —preguntó con guasa.

—Lo de la mente. Lo otro… es mejorable—bromeó el periodista entrando al trapo en su juego.

—Es una cuestión de empatía, más que leer tus pensamientos, consigo sentir todo aquello que tú sientes, y así es como puedo traducirlo.

—Como… ¿ponerte en mi piel?

—Sí, algo así. —Hizo un gesto de asentimiento y le explicó—: ¿Alguna vez has entrado en algún lugar cerrado donde estuviesen reunidas varias personas y, aun no sabiendo de qué estaban hablando, has notado que había mal ambiente?

—En alguna ocasión, sí.

—Pues más o menos eso es lo que percibo.

—Y, de mí… ¿qué percibes? —preguntó Tan con interés.

—Ya te lo he dicho, mal ambiente —bromeó y seguidamente le quitó hierro al asunto—. Nada en especial, no te preocupes, unas veces unas cosas y luego otras, como con todos. No veo que estés escondiendo un cadáver.

Al escuchar aquella afirmación, suspiró ligeramente, ya que, entre broma y broma, aquel humanoide superdotado había conseguido tranquilizarlo, aunque quizás podría haberse tratado de algún tipo de inducción mental para provocar una maniobra de distracción a fin de que Tan bajase la guardia, y así profundizar más fácilmente en la información que pudiera almacenar su mundanal memoria.

Pero, antes de revelarle más información sobre su poder sobrenatural, iban a bordear la catedral por la plaza de la Almoina y, cerca de allí, divisaron desayunando en una de las terrazas, con otro clérigo y con cara de preocupación, al mismo obispo con el que Tan estuvo conversando el día anterior y, como era previsible, Xavier había presentido aquello, o quizás también sabía quién era el canónigo.

—Veo que estás pensando en aquel cura —dijo Xavier y señaló con disimulo hacia el obispo.

—Efectivamente —contestó Tan sin poder esconder su cara de sorpresa.

—Podemos ir a verle ya —sugirió el mentalista.

—Mejor abordarlo cuando esté solo.

—Con que… ¿eres de esos? —bromeó y continuó sus pasos.

Pero daba la sensación de que el obispo estaba pergeñando algo. Pudo haberse percatado de la presencia de Tan, ya que en un momento dado desvió su atención hacia ellos dos y, seguidamente, cuchicheó alguna cosa a su compañero de mesa, aunque a pesar de ello no se levantaron, tal vez por prudencia.

Para evitar suspicacias, siguieron andando hacia la plaza de la Almoina. Bordearon la catedral por la parte derecha hacia los jardines del Turia, no muy lejos de la iglesia que andaban buscando, y donde no sabían ni con quién iban a encontrarse.

Pero pocos minutos tardaron en enfrentar aquel edificio centenario que mantenía en su exterior una inscripción grabada en honor a la Orden de Montesa donde, al atravesar su discreta y geométrica entrada, el altar aguardaba en el fondo con una peculiar disposición que dejó a Tan deslumbrado por su distinguido templete; les vigilaba una hermosa cúpula circular sostenida por ocho columnas de mármol verde y con una reluciente estrella de bronce coronándola; eran detalles que señalaban aquel templo como un lugar con una personalidad peculiar y distinto al resto, ya que su sagrario gozaba de un encanto verdaderamente único.

Todavía no era momento de culto, y Tan, que ya había adquirido experiencia en interpelar, sin pudor alguno, a clérigos en sus respectivos templos, después de husmear por los rincones de la iglesia forzó el encuentro con un sacerdote que estaba hablando con una aparente feligresa que no le soltaba el brazo a éste.

Xavier y Tan interrumpieron con perspicacia aquella conversación.

—Padre, disculpe, cuando tenga un momento —dijo Tan en tono sumiso mientras que Xavier le lanzó a éste una mirada insolente y arrogante al escuchar aquella «vocecita».

—Por favor —imploró Xavier entre dientes, casi con exasperación.

El sacerdote se despidió rápidamente de la señora que abrazaría la setentena de edad, y que, por la forma en cómo lo miraba y tocaba, parecía enamorada de aquel cincuentón con alzacuello.

Todavía algo tenso el cura, en cuanto ella se marchó, dio un profundo resoplido que dejó claro su estado de ánimo, y se dirigió a ellos dos:

—Sí, ¿en qué puedo ayudarles? —dijo algo más relajado.

—Pues…, tengo una pregunta que agradecería profundamente si me pudiese ayudar con ella, padre.

En ese momento, Xavier, contra todo pronóstico, se mantuvo expectante, aun siendo una persona altamente curiosa e impertinente. Se puso a analizar, de pies a cabeza, a aquel sacerdote durante la conversación.

—Supongo que se habrá enterado de lo sucedido ayer en la catedral.

—Por supuesto, una tragedia —contestó el sacerdote .

—Absolutamente —añadió en tono condescendiente Tan—.

Pues bien, hay algo que me causa cierto desconcierto…

Y es que, ayer estuve conversando con el prelado de la catedral y no sé si bromeó o habló en serio cuando lanzó la posibilidad de que la Orden de Montesa pudiera haber estado protegiendo el Santo Cáliz y, cómo no, siendo ésta la sede de dicha orden Templaria, quizás pudiera usted colaborar conmigo e informarme si conoce de algo al respecto.

—Sacó una tarjeta de visita, algo doblada, del bolsillo interior de la chaqueta y se la entregó al cura.

—Ah, conozco su periódico, he estado en Londres —dijo en tono amable al reconocer la tarjeta que Tan le había entregado—. Cierto es que es algo insólito, pero perdóneme si le decepciono, hijo, porque la Orden de Montesa se disolvió hace siglos.

—¿Cómo? —preguntó Tan con aires de decepción.

—Sí, desde la sodomía de los Borja con el hermano de San Francisco, Pedro Luís, el último Maestre, condenado por la Santa Inquisición junto a su amante, el proxeneta ejecutado Martín de Castro, «vendió» la independencia de la Orden de Montesa a la corona en 1587 a cambio de un virreinato.

—Menuda pieza —murmuró Xavier.

—Cosas de la época. Su suerte se resolvió justo al lado de donde quedan hoy las Cortes Valencianas, donde antiguamente había un palacio conocido como Palacio de las 300 llaves.

—¿Trescientas llaves?

—Sí, por su número de habitaciones, aunque también se le llamaba Palacio de la Inquisición, donde caprichosamente hoy hay un edificio en el que se ubica la Agencia de Prevención y Lucha contra el Fraude y la Corrupción de la Comunidad Valenciana —destacó el cura .

—Apropiado —bromeó el mentalista.

—Bueno, a fin de cuentas, y para que entiendan lo que sucedió, cuando se suprimieron los fueros al Reino de Valencia en 1707, se fue disolviendo la Orden de Montesa, que era la que reunió tanto a los templarios como a los hospitalarios.

Los bienes de la orden pasaron a manos de particulares en 1837 al extinguirse los señoríos jurisdiccionales, y a día de hoy, de forma simbólica, el obispo de Ciudad Real es quien ostenta el priorato eclesiástico.

Y el militar, como Maestre Administrador Perpetuo, Su Majestad el Rey de España, aunque todavía quedan 52 caballeros… con carácter honorífico.

—Y ¿no queda nadie de ella aquí? —preguntó Tan.

—Nada. Aquella Orden de Montesa, tan independiente, que tuvo inicio a principios del siglo XIV para proteger de posibles nuevas incursiones musulmanas los territorios cristianos reconquistados, hoy ya queda diluida dentro de la organización militar del estado y de la propia Iglesia, por lo que desde aquí ya no tomamos más competencia que la de divulgar la palabra de Dios, hijo —dijo dirigiéndose a Tan destilando decepción.

—Entiendo —añadió Tan con gesto de desorientación y emitió un leve gruñido.

El periodista había quedado completamente perdido, en ese momento no sabía cómo organizarse ni qué añadir para dar un paso más hacia la indagación del móvil y autoría del tan inaudito crimen del día anterior.

Toda la magia que pensaba que podría haber resurgido con la posible vuelta de aquellos caballeros a la orden del Santo Cáliz parecía descomponerse y haber sido nada más que parte de un comentario extrañamente confuso de mano del obispo de la catedral, de quien no sabía si pensar que lo había dirigido en busca de la información de la Orden de Montesa para enriquecer sus conocimientos al respecto o, por lo contrario, simplemente para mantenerlo distraído.

—Pues entonces, supongo que poco sabrá usted al respecto de lo de la muerte de ayer —concluyó Tan.

—Lamentablemente, no puedo ayudarles, hijo —indicó el cura con condescendencia—.

Pero como veo que su cara ha cambiado con la historia de la Inquisición, pueden ir a la puerta de la «Fruta» de la catedral, allí verán unos vestigios a modo de marcas en la piedra de la pared, las cuales, según una leyenda, se cree que son debido a que ahí se afilaban las cuchillas para ajusticiar con más facilidad a personas como Martín Castro —añadió el religioso en tono jocoso.

—¿En la Plaza de la Almoina? —preguntó Tan sorprendido.

—Exactamente, ahí hay buena piedra para ello.

Se despidieron sin más éxito que el de haber conocido un poco más la historia de la que habría podido convertirse en una esperanzadora orden militar y religiosa que les habría conducido, en su caso, hacia un camino más sencillo para la comprensión del pábulo que diera sentido al crimen, y del presunto acecho que podría estar sufriendo la sagrada copa, pero, desafortunadamente, volvían a necesitar hablar con el advertido prelado que ocupaba la alta dignidad de la catedral.

El cura del Temple hubo dejado claro que la autonomía de la diluida orden había sido segada, y que cualquier posible acción que ésta debiera de emprender vendría dirigida desde instancias superiores, lo que ralentizaría un proceso de investigación debido a la burocracia interna superpuesta y, así, no sería nada sencillo que el mayor de los Maestres, hoy Su Majestad, debiera disponer en sus manos información muy certera y detallada como para poner en marcha todo un contingente legendario.