X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

L a mañana empezó a colarse a través de las rendijas de la ventana, los primeros rayos de sol arañaban la persiana de la habitación quedando dibujados sobre el suelo y la cama de ésta, uno de tantos empezó a ascender lentamente por el rostro de Tan hasta llegar a importunar sus ojos.

Con los primeros parpadeos, empezó a notar una serie de pinchazos clavándose como alfileres en sus globos oculares y cráneo fruto de la juerga despachada la noche anterior.

La resaca había empezado a hacer mella, y la deshidratación exigía a gritos un buen trago de agua para mitigar aquel desasosiego.

Mientras bebía, recordó la cita que hubo acordado con el inesperado y misterioso mentalista. Ni siquiera la hubo anotado por el reto de encontrarse con Xavier en el sitio y hora pensados, sin comunicación previa. Y no quedaba demasiado tiempo para que esa inusual cita tuviera que dar lugar.

A pesar de lo mucho que llegó a sorprenderle el día anterior donde el cajero automático, todavía mantenía sus reservas a encontrarse con él por si, en realidad, estuviera siendo espiado de nuevo.

Tan ya había tenido experiencias previas en este sentido, por lo que trató de jugar con el mentalista a algo que se le daba francamente bien, a otra de sus performances para jugar al despiste.

Echó mano del compartimento de la parte superior del enorme armario empotrado que cubría casi por completo la pared de su habitación, allí escondía prendas que había ido acumulando para distintas fiestas como carnavales, Halloween y otras situaciones a las que acudir con alguna original customización.

Había todo tipo de objetos: pelucas, fulares, caretas… e incluso algunas capas.

Consiguió encontrar una de esas máscaras realistas de abuelo calvo con bigote canoso, de las que cubren cuello y hombros, a lo que le añadió unos pantalones de pana marrón, una camisa a cuadros, un bombín, unas alpargatas a rejillas y algo de relleno para acabar de distorsionar su perfilado físico. Algo sencillo pero efectivo.

Todo aquel atuendo se lo encajó sobre la ropa casual que solía llevar, que quedó escondida bajo una apariencia muy demodé.

Al menos, a primera hora de la mañana no iba a hacer demasiado calor según la previsión meteorológica, por lo que podría aguantar toda aquella pila de algodón que llevaba encima.

Una vez dispuesto, le faltaba un último detalle para hacer creíble su «desfiguración», un pedazo de madera maciza acompañaría sus pasos… un bastón de anciano.

Para acabar de evitar ser controlado, y sin haber salido de su vivienda todavía, desconectó, primero, todas las funciones de geolocalización de las aplicaciones instaladas en su móvil, y seguidamente lo apagó.

Era un auténtico reto tratar de confirmar si tenía ante él a una persona con facultades sobrenaturales o, por lo contrario, un farsante charlatán que se limitaba a impresionar a los ilusos desprevenidos...

como quizás él lo hubo podido haber sido ante el cajero automático.

A la sazón, cogió una bolsa de tela en la que guardó su chaqueta, posteriormente le serviría para guardar también todo ese urdido equipo de distracción, salió de su apartamento, cerró de la forma más silenciosa posible la puerta, alineó el felpudo a la puerta con su pie izquierdo —era una excentricidad que había adquirido recientemente— y bajó, también, sin hacer ruido por las escaleras del edificio para evitar el ascensor.

Ya desde el principio, trató de actuar como un octogenario artrósico.

Marcaba pasos cortos y apuntalados, cada uno de ellos, por el bastón de madera.

Ni la frutera de abajo consiguió reconocerlo, una mujer que sabía de todos los cuchicheos y chismes del barrio, y que quedó extrañada al tropezarse con ese desconocido señor mayor que acababa de salir por el portal del edificio, y al que no recordaba haber visto jamás antes.

No pudo evitar hurgar en su curiosidad al verlo procesionar por delante de su establecimiento a paso de cofrade de Semana Santa.

—Buenos días señor —dijo la frutera tratando de reconocer su cara.

—Bu… bu… buenos días joven —impostó Tan rasgando su voz en tal de emular la edad impostada.

—¿Qué sale?, ¿de ver algún nieto? —huroneó.

En aquel instante, Tan quedó bloqueado, ya que, en el edificio, que era sólo de apartamentos residenciales, no había ningún negocio al que pudiera hacer mención, tal como un dentista, abogado, etc. No tuvo más remedio que inventarse algo creíble.

—He lla… lla… llamado a ver si estaba mi amigo Rodolfo, pero no había nadie. —Rodolfo era el vecino de debajo del piso de Tan, que no solía estar nunca porque solía viajar a menudo con el Imserso.

—Ah, sí, pues igual se ha ido a Benidorm —bromeó la frutera.

—Váyase usted a saber —completó Tan—. Ale, que tenga un buen día.

Sin más ganas de seguir aquella conversación, se despidió de ella de forma cortante y prosiguió su parsimonioso camino ante el gesto atónito de la frutera, que había quedado con la boca abierta por la brusquedad de la despedida, propia de un abuelo cascarrabias y pasado de vueltas por la vida.

En fin, Tan había conseguido elaborar un buen personaje.

Estaban a punto de dar ya las nueve de la mañana, la hora que había apuntado mentalmente frente a Xavier para ese día, y el agreste anciano bajo el que se ocultaba el protagonista ya estaba próximo al presumible punto de encuentro, también imaginado.

Había decidido que el encuentro se diera en un lugar de lo más peculiar y pintoresco, una plaza céntrica pero interior, con una modesta fuente de piedra en medio de ésta y cercada por una plétora de tiendas de suvenires, donde apenas llegaba el sol durante unas pocas horas del día cuando éste se situaba en vertical, por lo que a esa hora de la mañana todavía no era el caso, y donde para acceder había que moverse por un conjunto de callejuelas irregulares que sirvieron, siglos atrás, de defensa mudéjar por su laberíntico entramado.

Y tras una bocacalle arrebujada por los edificios que la envolvían, ahí se encontraba el lugar en el que deberían hallarse: la Plaza Redonda.

Discretamente, el «anciano Tan» se puso a curiosear, encorvado, entre aquellas tiendas llenas de abanicos, tazas, postales y otros objetos de recuerdo, pero a través del reflejo de sus cristales trataba de vigilar si alguien se aproximaba a él y, como era de esperar, con esa puesta en escena no conseguía ver a nadie acercándose, «lógico» pensó.

Le habría puesto las cosas complicadas incluso al mejor de los detectives, por mucho que éste se hubiese decidido a regentar una frutería a las puertas de su casa.

Así, mientras contemplaba en una de las tiendas una de las tazas con la figura de la catedral impresa en ella, la persona que estaba atendiendo en el local le dijo:

—Señor, ¿quiere esa taza que está viendo?

—Sólo es… es… estoy echando una ojeada —titubeó intencionadamente Tan.

—Llévesela, es un regalo de una promoción. —El dependiente le entregó una que iba debidamente protegida en su caja.

—Ah, gracias, joven. —Sorprendido, cogió el detalle mientras miraba de reojo a la amable dependienta.

—Asegúrese de que no tenga nada roto.

Entonces, tras una despedida también breve, al estilo de la primera de la mañana, se separó de aquel lugar mientras abría la caja para comprobar su correcto estado, y justo al destaparla vio en el fondo de ella una misteriosa «X» dibujada, lo que matemáticamente podría ser traducido como una incógnita a despejar…

—Espero que, de esa forma, te acuerdes de mi nombre cuando te tomes el café —dijo una voz a su espalda mientras sostenía la taza con las dos manos .

—¿Cómo? —Se giró, perplejo, para comprobar quién le hablaba.

Aquella «X» lo había capturado abstrayéndolo de toda realidad, y la sátrapa voz que lo acababa de asaltar lo había pillado desprevenido. Allí estaba, tras él, el ínclito personaje de siniestra apariencia y poderes mentales: Xavier.

Había aparecido en el lugar y hora señalados en el pensamiento de Tan, sin anotaciones ni pistas, una cita en la que, aun caracterizado con todo aquel artificioso atuendo, no pudo despistar al personaje que había irrumpido con una sutileza etérea.

—Enhorabuena, no te habría reconocido si no hubieras estado pensando en mí —aseguró Xavier.

—No entiendo cómo lo haces —titubeó Tan y, defraudado, se arrancó la máscara.

—Ya te digo que sé lo que piensa la gente, no necesito verte la cara para saber que me tenías en mente, de ahí que te haya localizado.

—Clavó su mirada desafiante sobre Tan y afirmó—: Ningún disfraz te escondería de mí, aunque si te hubieras puesto tacones y peluca… igual no me habría acercado —bromeó.

Era un personaje polar, pasaba en un parpadeo de extremo a extremo; cuando parecía que estaba lanzando un reto amenazador, de repente saltaba con algún ingenioso comentario de humor mordaz que descargaba toda la tensión de su chocante entrada.

—Bueno, ¿a qué esperas a quitarte toda esa ridícula pantomima? Destrozarás mi buena reputación, por muy favorecido que te veas así —ironizó Xavier.

Tras la mirada que Tan lanzó de soslayo al mentalista, empezó a despojarse de todas aquellas prendas que lo recubrían como el premio de consolación cubre el fracaso .

Con la frente sudada, y su ropa de calle también empapada por el calor de todas las capas de las que se acababa de desprender como si hubiera pelado una cebolla, suspiró con gran alivio al empezar a notar el suave aire del ambiente transpirar.

Toda la caracterización quedaba ya sumida en lo más fondo de la bolsa de la que había sacado su chaqueta americana.