X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

E l camino hasta el edificio donde residía Tan era corto, pero se hizo extraordinariamente largo por el zigzaguear de sus pasos durante el trayecto.

Aquel «trípode» consiguió llegar al apartamento de Tan en el fragor del bamboleo, y una vez dentro, con no demasiada pericia, sacó otra botella de vino blanco, la abrió después aun con el pulso trémulo de la mano que blandía el descorchador.

El alcohol volvió a correr sobre la mesa del salón, y la amiga que acompañaba a Lisa decidió descolgarse antes del resto tras un cuchicheo que ambas habían sostenido segundos atrás. Amina se fue al baño primero, y al poco se despidió de ambos.

Entonces, la partida quedó en un mano a mano entre Lisa y Tan, como en viejos tiempos que él quiso evitar a toda costa…

pero, al salir y cerrar la puerta su amiga, todo fue diferente, Lisa cambió de semblante, su mirada adquirió un cariz leonino, se levantó ávida por devorar al gacel que tenía frente a frente, tan indefenso y sin escapatoria .

Sin dejar más espacio tiempo entre ambos que el que separa dos átomos de una misma molécula, Lisa se inclinó sobre la atractiva figura de Tan, empezó a pasarle la mano con suavidad por el antebrazo izquierdo, lo puso más y más nervioso, el vello que cubría los brazos del varón se erizó, una embriagadora fragancia dulce se hacía paso a través del excitado sentido del olfato del periodista hasta calarse en lo más profundo de su conciencia conforme se iban uniendo, más y más, en aquel acercamiento.

Los cuerpos de ambos quedaban fusionados, cada uno podía notar el palpitar del corazón del otro sobre su pecho, la excitación incrementaba.

Lisa empezaba a sentir debajo de su cintura un ardiente y húmedo calor al tacto con un cuerpo extraño que se endurecía y crecía en Tan en aquella zona baja…

Y Lisa, excitada por aquella pornográfica sensación, se agarró con más fuerza a Tan, apretó con más intensidad su pelvis contra la del hombre que tenía acorralado en un rincón del salón, aproximó su aliento sobre el cuello de él, su abrasadora exhalación se elevó hasta situarse a la altura de sus labios, punto en el que ambos sentían la fogosa respiración del otro entre tórridos susurros de ella casi imperceptibles…

—Espera, no puedo. —Tan se apartó ligeramente y puso sus manos en los brazos de Lisa a modo de seguro.

—¿No puedes qué? —preguntó ella con la mirada chispeante por la todavía elevada graduación de alcohol en sangre.

—No puedo hacer esto. Aunque me apetezca y Sarah esté en Singapur trabajando debo parar esto aquí.

—¿Singapur? A partir de sesenta kilómetros de distancia a la redonda no se cuenta como infidelidad —dijo Lisa sin vergüenza por las anteriores relaciones que llegaron a mantener tiempo atrás, y con una sonrisa picarona insistiendo en acercarse.

—No puedo —insistió con seriedad pese al humeante deseo que lo removía por dentro.

Al parecer, aquel bloqueo del periodista no sentó nada bien a la joven arrastrada por un intenso deseo carnal.

—¡Lo que me faltaba! Todo son problemas en mi vida — aireó Lisa de repente.

—Pero ¿sucede algo? —preguntó descolocado.

Después de aquellas palabras y algunos gestos de frustradas intentonas, finalmente se puso tierra de por medio entre tanta voracidad, algo que ella no se tomó nada bien y a lo que respondió con un arrebato felino dando media vuelta y un portazo de despedida, sin más.

Tan se quedó resoplando, « guiándose por los cauces geométricos de la razón» como diría Gregorio Marañón, sentado en la primera silla que tenía a mano y mirando al suelo mientras se rascaba la cabeza, nervioso, sin saber si había obrado bien o mal, sin saber si aquello habría implicado un refuerzo, a nivel personal, de su distanciada relación con Sarah, o si, por lo contrario, habría perdido un valioso cartucho ante una «muy apreciada amiga».

Mantener una relación con la persona perfecta, pero con la distancia errónea, le empezaba a causar un auténtico quebradero emocional.

Y desde su, en ese momento, potro de tortura en que se había convertido la soledad de estar sentado en el centro del salón de su apartamento, sin más compañía que aquella melancolía y una botella de vino a medio terminar, lamentó: «maldito vino, no vuelvo a beber más».

Toda aquella jarcia que enmarañaba sus pensamientos fue lo último que recordaría en el día porque, ya siendo tarde, y sin el más mínimo ánimo que lo levantara de la silla, quedó allí, cabezada tras cabezada, dormido en una posición de habilidoso equilibrista.

Durante su noche empezaron a acudir sueños de lo más variopinto, imágenes de situaciones que jamás había vivido, pero, entre todas ellas, una que sí yacía entre sus experiencias.

Y es que, hacía ya unos cuantos años de la revolución que estalló en Londres a raíz del desbaratado cierre del FDP y del fallecimiento de su compañero de «aventura» Thomas, pero, como flashback , volvió a revivir la situación en que estuvo a punto de ser disparado por los «gorilas» que los persiguieron en las inmediaciones del British Museum, una imagen extraña que, como cualquier sueño, se abstraía de su exactitud y añadía elementos fruto de su creatividad onírica; en el sueño aparecía ante los cadáveres muertos de aquellos dos «sicarios» y, de repente, el señor Jackson surgía a su lado para mandarle, diciendo «remátalos», mientras llegaba Taylor en su taxi con una carcajada diabólica, la cual era tal el pavor que provocaba que hizo despertar a Tan con el corazón palpitando a un alarmante ritmo.

La luz del salón había quedado encendida, y eran poco más de las 4 de la madrugada cuando abrió los ojos y vio la hora en la pantalla de su móvil.

Alterado y angustiado por la mala noche que estaba teniendo, se levantó de la silla y se dirigió a la cocina para beber algo de agua.

A la postre, se marchó a acostar emocionalmente desahuciado y confuso.