X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

E l periodista decidió acabar de sacar el efectivo que aquel encuentro había interrumpido, y marchó hacia su apartamento.

Pero, un exceso de ruido y movimiento de una turbada multitud captó su atención a la altura de la delegación de gobierno, frente a las ruinas de una antigua puerta medieval amurallada, a las puertas de la actual estación de metro de Colón.

Entre tanta algarabía no conseguía entender qué proclamas se reivindicaban tan vehementemente en aquel lugar, por lo que, como siempre, su curiosidad lo arrastró hasta el núcleo del griterío.

Habría unas tres mil personas entre todo aquel bullicio, y se pudo deducir que aquella concentración que acababa de cortar la calle frente al edificio de la delegación de gobierno no había sido convocada debidamente, porque la policía se iba acercando por la misma avenida con varios furgones, sobre los cuales sus balizas se iluminaban ferozmente, y las sirenas de éstos rugían hasta ensordecer.

Nada tardó en armarse una contienda en mitad del asfalto, a lo que, entre irritantes empujones, Tan prefirió sortear aquel arsenal de paranoicos para apartarse y dirigirse al otro lado de la calle, donde diferenciarse de los alborotadores, no fuera que recibiese algún tipo de calmante policial.

Y así fue, ante su expectante mirada, dio inicio el «Pan y Circo»; la policía arrancó a repartir su dosis de menú para grupos, lo que supuso haber picado del anzuelo que la organización de aquella crispada muchedumbre hubo urdido, estratégicamente, para captar imágenes de violencia policial que les catapultaran por medio de dolorosos vídeos virales en redes sociales; de esa forma conseguirían aparecer en los informativos de medio mundo.

Entonces, Tan rumió que «la fotografía de una porra, fundiéndose con pasión sobre el lomo de un polizón, siempre goza de gran audiencia desencadenando eslóganes irónicos del corte: “ Mad lives matter ”»; por lo que arrancó a tomar fotos desde su teléfono móvil con todo aquel dislate que estaba en plena ebullición.

Poco tiempo más tardó la turba en disiparse, así que después de la terapia de choque a la que algunos fueron sometidos entre todo aquel jaleo, Tan decidió emprender de nuevo su camino y marchó en dirección a la calle Jorge Juan, donde, en su chaflán, siempre desviaba su mirada hacia una llamativa vivienda que daba la bienvenida a la calle con unas columnas helicoidales y siniestras figuras draconianas en su fachada que inducían respeto y algo de espanto por su bizarría.

Con la quimera de lo vivido con el mentalista, todavía clavada en sus huesos, y pese al espectáculo callejero al que acababa de asistir, sus pasos continuaron hasta atravesar el exquisito edificio del basilical Mercado de Colón, donde, flanqueado por atractivas zonas de café, horchata y vinos, desvió en un momento dado su visión hacia una de aquellas zonas de terraza, como si algún tipo de magnetismo le hubiera inducido a tornar su cabeza hacia la derecha en un giro de, prácticamente, noventa grados…

De nuevo, el día le deparaba otra casualidad o…

causalidad —eso todavía requeriría de un profundo debate—, ya que como si de una atracción orbital se hubiese tratado, sus ojos se quedaron atrapados por los de una persona que se distinguía entre todas las que ocupaban una de las terrazas, tan extraño por ni siquiera haber llegado previo a un barrido visual, sino directamente apresado por las fauces de una mirada como si algo hubiera tirado de él.

Ahí estaba ella, a quien le había regalado un buen rato antes unas delicadas pero reconocibles evasivas… Acababa de encontrarse frente a frente con una chica de aspecto jovial, fa z resplandeciente y con ese peculiar fondo en la mirada que poseen aquellos que han visto mundo… Ella era Lisa.

La reacción de Tan fue casi en diferido, una vez capturados por aquel magnetismo, tardó unos segundos en sobreactuar una expresión que tratara de mostrar alegría, y no la incomodidad de no saber cómo decir cara a cara que estaba ocupado para dedicarle un café.

Sin más excusa pues, con los ojos como platos y la sonrisa apócrifa, intentó simular interés en aquel tropiezo fortuito.

—¡Qué sorpresa, oye! —dijo Tan sin más opciones.

—¡Y tanto! —exclamó ella con sinceridad.

Tan se había quedado sin saber cómo reaccionar, pero antes de que se le pusiera la situación más complicada, Lisa, que se había levantado para acercarse a él, dejó ligeramente atrás a la amiga que la acompañaba en la mesa de la terraza, y le dio dos besos al periodista para formalizar el saludo.

Entonces, tocándole suavemente el brazo a Tan para mantener el contacto, le dijo:

—Qué casualidad, justo hace un rato que pensé en ti y te escribí. Y dicho y hecho. No teniendo tiempo para verme y aquí estamos, frente a frente —apuntó ella con dignidad.

—Ya ves, al final da igual lo que lleve uno entre manos, que si tiene que ser… es —rubricó Tan.

—Bueno, ¿vas a algún sitio?

—Justo iba de vuelta a casa. —Señaló con su mano la dirección donde quedaba su piso.

—Siéntate con nosotras y te tomas un vino, anda —dijo Lisa con actitud ladina—. Mira, te presento a mi amiga, ella es Amina.

El periodista devolvió el saludo cortésmente. No podía rechazar esa oferta, ya que tampoco quería afear a su amiga la invitación. Lo único que le preocupaba era que se repitiera la atracción que una vez hubo entre ellos, cosa que zarandearía su, hasta ese momento, estabilidad emocional.

Así pues, al aceptar la propuesta, pidió a la camarera del local que le sirviera una copa de vino blanco afrutado, como a él le gustaba, pero antes de que la camarera diera media vuelta para prepararle la orden, Lisa interpeló:

—Disculpa, mejor una botella entera, que, entre los tres, seguro la terminamos.

—Menudo descontrol… —murmuró Tan bromeando y, mirando al brazo de la amiga de Lisa, se fijó que ésta llevaba un vendaje en la muñeca y le preguntó—: ¿Y esa venda? ¿Te has quemado?

—Ah, no —titubeó—. Nada, una tontería.

—Se ha tatuado hace poco y tiene la tinta demasiado reciente—respondió Lisa por Amina—. Bueno, guapo, así me gusta, que no seas un sosaina.

Lisa era una chica echada para adelante, sin miedo a nada, tomaba decisiones de una y, con ese gesto tan directo, marcó su autoridad sin lugar a oposición de nadie, y menos de Tan, quien se había quedado en shock y sin encontrar resquicio alguno en el que rebajar las revoluciones de Lisa, que iba una o dos marchas por arriba.

Tan empezó a fijarse en cómo iba vestida, con ese toque desenfadado y hippie , sin dejar de ser posh , lo más próximo a un estilo «Coachella», con sus botines de piel girada con vetas colgando, y combinando blancos y marrones, un outfit que, a ojos de él, amplificaba su cautivadora vivacidad.

Lo que había arrancado como una simple y casual copa de vino se fue alargando durante el imperceptible tiempo que iba corriendo entre tema y tema, recordando divertidos momentos que habían vivido cada uno de los tres de aquella mesa, sin más importancia que la de pasar una tarde desenfadada.

Cada vez que la copa de Tan se presentaba medio vacía, Lisa agarraba con decisión la botella y le rellenaba la dosis entre carcajadas.

Pero, llegado el punto en el que la botella que pivotaba sobre la mesa había quedado completamente escurrida —sin más gotas que las de la condensación que recubría su verdoso vidrio—, Tan, tras un ligero vaivén que vino a advertir del estado de inestabilidad en el que se encontraba, se sintió como si andase sobre la superficie de un bote en alta y picada mar al levantarse, con una sensación de oleaje que le vino a recordar que había llegado casi a un punto de no retorno…

Una copa más y la noche lo atraparía sin piedad a la deriva.

Así, Tan decidió poner punto y final a la improvisada juerga.

—Creo que va siendo hora de irse a casa —dijo él con cierta dificultad al trabársele la lengua.

—¿Ya? Eres un flojo —respondió Lisa entre risas.

—¿Flojo yo?

—Sí. Ya se nota lo duro que eres… tres copas y tumbas.

—Anda, anda…

—Flojo —insistió Lisa—. Al menos invítanos a tu casa.

—Vale, vamos a casa y si queréis tomamos la última allí y ya me acuesto, que tengo minibar, porque no me apetece nada que me vean tan temprano —paró un segundo por la sensación de que el mundo se movía con cierta lentitud y concluyó— dando vuelcos.

—¡Venga! —respondieron las dos al unísono.

Lo que parecía haber estado a punto de llegar a su punto y final dio inicio al tiempo de prolongación.