CAPÍTULO 4
A l salir de la catedral, el sol ya no cegaba con tanta intensidad como al principio del día, y el repicar de las campanas de ésta se imponía en el exterior.
Las horas habían pasado como si fueran minutos, y el empecinamiento de Tan por sonsacar información de algo que tenía apariencia de casualidad le empezaba a generar recuerdos que parecían ya enterrados.
En su ADN llevaba grabado el gen del hurón, por lo que seguro no iba a mantenerse pusilánime ante algo que olía a misterio y, por ello, empezaría a rumiar cómo poder escarbar a la caza de respuestas.
«Un cuerpo no aparece, así como así, asesinado de la forma en que ha caído» pensaba.
Frenó su camino ante unas floridas plantas de la plaza, sacó el móvil para revisar los mensajes, y entre ello aparecieron los de Lisa, una vieja amiga, con la que tuvo una aventura años atrás, y entre los cuales le decía: «¡Hola!
¡He visto en Instagram que estás en Valencia!
Justo anoche llegué también para unos días, ¡haber si te veo! » .
Le causó una grata sorpresa su mensaje, aunque también le chirrió aquel «haber si te veo».
Como buen redactor, no soportaba aquel error ortográfico, le ponía de los nervios la típica confusión entre «a ver» y «haber».
Por otra parte, le daba cierto reparo encontrarse con alguien con quien había tenido algo más allá de un inocente «colegueo», por lo que le contestó con alguna ligera evasiva, ya que aún mantenía una relación con Sarah, no muy estrecha por la movilidad de ambos, ella estaba haciendo unas prácticas en una empresa en Singapur.
Bastante a menudo se intercambiaban imágenes subidas de tono a través de «bombas» de Instagram, de esos mensajes furtivos que se borraban automáticamente a los segundos de abrirse para evitar dejar huella en el dispositivo; un bullicioso y fugaz disfrute, eso sí, cuando los husos horarios lo permitían, sobre todo en fin de semana era cuando ambos intercambiaban esas fotografías y vídeos de sus cuerpos desnudos practicando todo lo que la imaginación les daba de sí, como dos jóvenes fogosos, para mantener la llama de la pasión encendida.
Era una relación, al fin y al cabo, que no quería mandar al traste, así que le contestó a Lisa: «Qué sorpresa saber de ti.
Muchas gracias, pues…, si eso, a ver —remarcó intencionadamente— si quedamos estos días antes de que te vayas y tomamos algo.
Hoy lo tengo complicado porque justo tengo varias cosas que hacer, y no sé a qué hora acabaré».
En realidad, tenía todo el tiempo del mundo, aunque no iba a contestar abruptamente a su proposición, y prefirió ser algo más asertivo con aquella respuesta, así que de esa forma trató de no perder una amiga, pero al mismo tiempo mantener cierta distancia física para evitar cualquier situación, en ese momento, comprometedora .
Continuó su camino hacia el piso que tenía en una zona céntrica de la ciudad, una noble y conocida calle, llamada Cirilo Amorós.
Cuando volvía de Londres, no necesitaba alquilar ninguna habitación, y solía ser a menudo.
El portal daba justo casi con la esquina de Grabador Esteve, arriba de donde había una popular frutería, cuya fachada modernista, de color beige, lucía un conjunto de pequeños balcones coquetos.
Antes decidió buscar un cajero automático para disponer de algo de efectivo en su cartera, así que paró justo en uno no cualquiera, el que encontró en el emblemático edificio del antiguo Banco de Valencia.
Le apetecía visitar aquella esquinada construcción custodiada por sus destacadísimas columnas de la entrada.
El cajero que encontró estaba situado donde el lateral derecho, en la calle peatonal que lo flanqueaba.
Una vez allí, sacó su pequeña cartera de la americana sport que vestía, era un tarjetero de piel marrón que no ocupaba casi espacio en sus bolsillos, y del que sacó su tarjeta bancaria para, acto seguido, introducirla en el cajero.
Antes de acabar de marcar los cuatro números del código pin —llevaba dos pulsados—, le sobrevino una sensación de que alguien le estaba vigilando, acababa de percibir una presencia extraña, a lo que se giró un momento y, sin haber acabado de introducir el código, vio un enigmático sujeto vestido completamente de negro con una gabardina de piel hasta los pies y gafas de sol, también, completamente oscuras.
Cuanto menos su semblante era impactante.
Tan desvió su mirada hacia el cuello de la camisa negra que aquel individuo mostraba bajo la gabardina, pero no lucía alzacuellos alguno pese a la semejanza que podía causar su atuendo con la del obispo.
Ante tal situación, Tan quedó bloqueado sin saber si marcar el resto de la numeración por las sospechosas pintas de aquel espécimen, pero al instante la voz rasgada y atrevida del inquietante sujeto se clavó en la nuca de Tan:
—Noventa y tres.
—¿Có… cómo? ¿Es a mí? —titubeó Tan alterado.
—Que marques el nueve y el tres. Yo también quiero sacar dinero y no tengo todo el tiempo del mundo para estar aquí esperando, que parece que hayas sufrido amnesia antes de completar el pin.
Archer se quedó paralizado, aquellas palabras provocaron que sus manos se pusieran a temblar sin saber cómo reaccionar.
Las cifras que aquel extraño individuo le había apuntado eran las que, justo, le faltaban por marcar de su código secreto en el cajero automático.
¿Por qué aquel siniestro sujeto conocía algo tan privado como el pin de su tarjeta de crédito?
Esa situación empezó a producirle una intensa zozobra que apuntaba, de nuevo, a la sobreexposición a la que fue sometido en Londres después de la muerte del señor Jackson. ¿Tendría a sus espaldas algún miembro de la organización que se suponía desaparecida?