CAPÍTULO 3
L a calma volvía a supurar a través de los poros de las pétreas columnas y paredes del templo, y tras una alentadora y profunda respiración, Tan avistó a lo lejos, bajo la fúlgida luz que manchaba un lateral de su interior desde el sello de Salomón ubicado sobre la puerta de los Apóstoles, una figura humana que se alejaba casi deslizándose por el efecto de la vaporosa y negra indumentaria que envainaba.
—¡Disculpe! —exclamó Tan dirigiéndose a aquel hombre.
—¿Es a mí? —respondió al tiempo que frenaba sus pasos y se giraba.
El periodista aceleró sus pasos a un trote ligero, pero sin acabar de moverse demasiado rápido por el respeto que le infundía la solemnidad del entorno. Una vez frente a frente, le interpeló:
—Perdone por mi oportunismo, padre, estaba justo delante del cuerpo cuando se ha precipitado por el hueco de la arcada —dijo Tan algo acelerado .
—Siento mucho que haya tenido que suceder esto, es la casa de Dios. Y que además lo hayan tenido que presenciar visitantes y feligreses… es un horror —lamentó el obispo.
—Por cierto, ¿ya no está el señor Cañizares? —preguntó Tan con cierta sorpresa.
—Ah, no. Monseñor ya hace tiempo que no está aquí con nosotros.
—Entiendo… —Cambió inmediatamente de gesto y preguntó—: ¿Se sabe por qué ha sucedido?, ¿acaso han intentado robar el Santo Grial?
—Sólo Dios puede saberlo, este…
—Tan.
—Como le decía, Tan, es algo que no sabemos por qué ha sucedido, de hecho, el Santo Grial está intacto porque nos pusieron en preaviso de que en estos días podría suceder algo y hemos sustituido el original por una réplica por si las moscas, y el fallecido lo estaría buscando por cualquier rincón…
Quizás la Orden de Montesa ha actuado —bromeó el obispo aunque con cara de preocupación.
—¿Cómo que la Orden de Montesa? —preguntó Tan intrigado.
—Nada, tan sólo bromeaba… La Orden de Montesa son antiguos Templarios, y se encargaban de proteger el Santo Grial aquí en Valencia. Le aconsejo que visite la iglesia y palacio del Temple, frente al río, justo antes del puente del Real. Allí es donde se ubica su sede; es una maravilla.
—¿Cree usted que habrán tenido algo que ver?
—Lo dudo, ya hace siglos que el hacha está enterrada. No necesariamente quien quiere robar algo así pertenece a alguna orden. —Paró de hablar unos segundos y le preguntó a Tan—: ¿Es usted periodista? Le gusta preguntar. —Achinó los ojos .
—Sinceramente… sí, Monseñor —resaltó con respeto—, aunque estoy de vacaciones, por lo que me mueve no la noticia sino la curiosidad por saber cuál ha sido la razón de lo que ha sucedido ante mis ojos.
—Ya… —El obispo se quedó mirando fijamente a Tan mordiéndose el labio, se notaba que estaba meditando algo que decirle.
Archer se sentía ligeramente intimidado por aquella penetrante mirada, la cual había sentenciado un perturbador, aunque reverberado silencio, amplificado por la colosal arquitectura de la sede, pero, tras unos segundos, el obispo le preguntó:
—¿Cree usted en Dios?
—Uf, menuda pregunta. —Tan se puso más nervioso aún por si su respuesta pudiera incomodar a su interlocutor, y cortar, por tanto, la conversación que había conseguido entablar.
Pero, pese a su voz entrecortada, decidió ser sincero y no pretender aparentar ser lo que no era ante la desafiante mirada del clérigo—: La verdad que no quiero pronunciar algo que pueda resultar espurio por el mero fin de quedar bien con usted, pero antes de responder a una cuestión tan trascendental, lo diligente sería primero definir qué es Dios, y luego responder si se cree en ello o no.
—Y entonces… ¿qué es Dios para usted? —preguntó arqueando una ceja el obispo.
Al parecer, Tan había conseguido captar su atención con esa respuesta tornada pregunta, tal vez el obispo estaba acostumbrado a contestaciones mucho más sumisas por la autoridad que emanaba de su alzacuellos.
—Ejem, Monseñor, yo no creo en un Dios que muestra una imagen de un señor con barba blanca y poblada sentado en un trono desde las alturas y con un mazo sentenciador .
—Cada uno alimenta la fe de la manera más adecuada para mantenerla.
—Absolutamente, pero veo de toda lógica pensar que, si Dios se supone que es el creador de todo lo que vemos y tocamos, y es omnipotente, por tanto, y omnipresente, no es más que el mismo universo.
¿Acaso el universo no es el creador, directa o indirectamente, de todo lo que éste compone?
Al fin y al cabo, lo que tocamos, lo que vemos, lo que olemos y respiramos es universo o parte de él. ¿Qué diferencia hay entre eso y Dios?
—¿Y quién creó todo eso?
—Pues el mismo universo se creó a sí mismo, ya que al igual que un ser humano no es igual con 30 años que con uno, no deja de ser un ser humano en cada momento de su vida.
Las cosas que vemos hoy son consecuencia de sí mismas desde el pasado, simplemente que con el paso del tiempo cambian de apariencia.
—Tan paró un momento su exposición, agachó la mirada un instante, apretó los labios y volvió a dirigirse al obispo—: Mire, padre, hace un tiempo conocí a un hombre que falleció cayendo de lo alto del interior de la catedral de San Pablo de Londres, su nombre era Thomas y tenía un conocimiento extraordinario acerca de la historia de nuestros orígenes como civilización.
Gracias a él descubrí una parte de la historia que, durante todo este tiempo, desde que se fue, he ido investigando, y uno se da cuenta de que lo que se pronunciaba hace más de cinco mil años, más de dos mil años después lo acabaron torpedeando otros a su manera.
Y, a fin de cuentas, perdóneme esta vulgaridad, quien ha trabajado mejor el marketing se ha llevado el gato al agua.
—Y ¿qué me dice de las enseñanzas de Cristo? ¿Las conoce ?
—Padre, respeto profundamente las enseñanzas de Jesús, me parecen muy adecuadas, pero también creo que están adulteradas.
Simplemente hay que comparar relatos entre evangelistas, ya que ellos mismos ofrecen versiones distintas de los mismos acontecimientos.
Sin ir más lejos, ¿cree usted que es objetivo hablar de forma tan absoluta sobre Cristo cuando apenas se relatan seis años de su vida?
Monseñor, Jesús se supone que vivió treinta y tres años, algunos dicen que hasta los treinta y seis, y la Biblia omite veintisiete años de su vida que nos ayudarían a entender de forma más objetiva su palabra.
Seis años alternos de treinta y tres en total son demasiado poco tiempo como para dar por sentado cómo era una persona y qué pensaba.
—Seis años fueron más que suficientes para conocer su palabra y su sacrificio por nosotros. Él nos enseñó la Fe.
—¿Está usted seguro de ello? —Tan arqueó las cejas con gesto displicente.
El obispo se encogió de hombros y con los ojos como el rosetón de la puerta exclamó de forma vehemente:
—¡Por supuesto!
—Monseñor, desde mi profundo respeto a la figura de Cristo y a la conciencia de cada uno, insisto que durante este tiempo he estado investigando sobre el origen y otras cuestiones relacionadas con Dios… Con lo que dígame, ¿cuándo mencionó Jesús la palabra «Fe»?
—En Marcos 10:52, por ejemplo: « Puedes irte —le dijo Jesús— tu fe te ha sanado… » —respondió el obispo con cierto imperio.
—No me refiero a eso, Monseñor —dijo Tan con ligero desdén.
La conversación en ese momento se estaba convirtiendo en un vis à vis que parecía incomodar al clérigo de mediana edad —afeitado a contrapelo—, que ocupaba la cabeza de la sede tras la marcha del anterior semejante, que ya no estaba por motivos que Tan prefirió no indagar en la conversación para no acabarlo de incomodar en exceso.
En aquel instante, Monseñor, empezó a mirar con recelo por encima de sus gafas sin montura y le preguntó:
—¿Entonces a qué se refiere? —Sacó el teléfono móvil y cotejó la hora con algo de inquietud.
—Pues sencillamente que la palabra «Fe» no deja de ser una traducción de la original « Pistis » que no se corresponde con exactitud a su verdadera etimología.
—« Pistis » significa Fe.
—No exactamente. Significa «crédito». Si no, ¿por qué la expresión griega Trapeza tes Pisteos significa Banco de Crédito?
—Es una palabra con polisemia, hijo. Significa tanto crédito como Fe o confianza. —Volvió a mirar la hora del móvil.
—Hasta donde sé, la polisemia se adquiere con el paso del tiempo, pero las palabras y las expresiones en su origen se crean con un significado.
Especialmente cuando hablamos de lenguas tan ricas y precisas como el griego.
—Tan inspiró profundamente y prosiguió—: Podría hablarle de expresiones como una que viene como anillo al dedo en el día de hoy, el cual podríamos catalogar por lo sucedido justo en la entrada de la sacristía como «día nefasto», ya que la que entendemos como una expresión que evoca fatalidad, en realidad, en su origen se refería a los « dies nefasti », en los que forzosamente no se podían llevar a cabo actividades profanas ni de índole jurídica, simplemente eran días dedicados al culto religioso; vamos, casi que como los domingos en la actualidad.
El significado que evoca mal agüero fue muy posterior .
—Piense usted lo que quiera, Dios siempre le recibirá en su Iglesia como el padre recibió al hijo pródigo en Lucas 15:11-32 cuando, pese a los razonables celos del hermano correcto que había sido siempre responsable, el padre le dijo al ver regresar a su otro hijo que se había fundido la herencia en prostitutas y mala vida: « convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado ».
Recuerde que el amor de Dios es infinito, hijo.
Él fue capaz de sacrificar a su hijo en la cruz para hacernos llegar su palabra a pesar de nuestros pecados —contestó el clérigo que había perdido las ganas de entrar en aquel cuerpo a cuerpo.
—Se lo agradezco profundamente, pero cuando se habla de fe, en realidad es: crédito.
—En ese momento Tan cambió a un tono más amable y afirmó—: Pero no quiero que me malinterprete, Monseñor, en mi casa ponemos muy en valor la obra de la Iglesia y la cristiandad, a pesar de las diferencias de criterio que le acabo de mostrar.
Seguimos marcando la «x» en la casilla de la Iglesia en la declaración de la Renta —bromeó.
—Es todo un detalle… —ironizó el cura.
—Para que ese dinero vaya a incrementar el gasto político con más ministerios florero y asesores a dedo, preferimos que, al menos ese pequeño pellizco, vaya a obras caritativas. Como dijo un antiguo conocido magistrado: «los políticos, cuantas menos cosas lleven entre manos… mejor para todos».
Al parecer, su última frase le cayó en gracia al obispo, que arqueando las cejas arrogó un semblante de sorpresa al no esperarse aquella remota afinidad después de tanta contradicción.
Lo que, por su actitud, demostraba que no podía seguir más tiempo sumergido en aquel debate de un cariz tan apasionante.
—Me tendrá que disculpar, Tan, pero se me hace tarde, tengo que ponerme en contacto con el arzobispo que se encuentra de viaje, y Caterina está a punto de llamarme.
Espero verle de nuevo aquí en la casa de Dios, y que descubra si el desafortunado incidente de hoy ha tenido algo que ver con el Santo Grial o no.
—Le guiñó el ojo, dio media vuelta para irse mientras volvía a mirar la pantalla del móvil, paró y volvió a dirigirse a Tan desconcertado—: No entiendo cómo es posible, es justo nombrar «viaje» y nada más que me aparecen anuncios de agencias de viajes en el móvil.
Nos tienen vigilados. —Hizo ademán de apartarse de Tan para retomar sus labores.
—Antes de marcharse… ¿Con quién he tenido el placer de conversar? —inquirió Tan.
—Teódulo, hijo…, Teódulo Astete. —Y se marchó con el «claqueteo» de la sólida suela de sus mocasines.
Pese a su inicial gesto de preocupación por el posible intento de robo del Santo Cáliz, al final se le vio más relajado al prelado, que desapareció entre las esbeltas columnas de la catedral, acompañado del oscuro y vaporoso flamear de su hábito que sobrevolaba las baldosas de Santa María.
El trazado de aquella figura quedó marcado en la retina de Tan, la cual le recordó a la que, instantes antes de irrumpir el cuerpo degollado ante el grupo de turistas, se había fugado en dirección opuesta al presunto lugar del crimen.
¿Acaso aquellas últimas palabras, «nos tienen vigilados», que el prelado había pronunciado llevarían alguna amenaza intrínseca?
¿Quién más que él habría podido acceder al punto desde donde se precipitó el cuerpo degollado?