X Control mental (Código Once 2) CAPÍTULO 2
4%

CAPÍTULO 2

A l poco tiempo de parálisis, la zona se hubo llenado de policías, las puertas de la catedral fueron acordonadas y los turistas que deambulaban se agolparon en los exteriores de aquella puerta barroca de los Hierros que hubo visto, cómo no, cerrada la reja que aguardaba el atrio de la entrada.

El murmullo en el exterior era superior a lo normal, lo cual catapultaba la preocupación por la impactante repercusión que podría alcanzar aquel cuerpo indiscreto.

A Tan no le hubo dado ni tiempo de poder inspeccionar el lugar, pero al menos había podido tomar con su móvil unas fotografías del escenario, algo que podría convertirse en una auténtica primicia internacional por el cargado significado del punto justo donde se hubo precipitado aquel cuerpo.

Aunque, si había un cuerpo ensangrentado, tenía que haber o haber habido alguien que lo hubiera conducido a desplomarse en esa situación; difícilmente sería un suicidio por la enrevesada escena, pero todavía le quedaba repasar las imágenes tomadas, ya que los agentes hubieron apartado a los testigos a otro rincón de la, en ese momento, mancillada casa de Dios.

Entre el cálido olor a incienso del interior y las múltiples preguntas que la policía iba a arrancar a formular, no podía dejar de sentir cierto mareo por el tiempo que estaba a punto de perder en lo que debía de ser… una mañana de recreo.

Ya se hubieron tomado reseñas de los miembros del grupo de turistas, pero la que más le llamó la atención a la policía era, obviamente, la de Tan, porque se hubo adherido a aquella pequeña nube de turistas acompañada por el traumado guía.

—Por favor, ¿puede responder a unas preguntas? Será breve —le dijo a Tan una policía que portaba libreta y bolígrafo en mano.

—Sí, claro, nada me hace más ilusión —ironizó el periodista.

—Perfecto. ¿Ha visto a alguien sospechoso entrar o salir del lugar? —preguntó la agente mirando a Tan por encima de la montura de las gafas de pasta que lucía.

—Soy periodista, si hubiese visto a alguien sospechoso no estaría aquí, habría arrancado a correr tras él con la cámara. —Lanzó una mirada de confianza a la policía y expiró sonadamente por la nariz, lo cual destiló cierto desaire.

Al parecer, a la policía no le generó demasiada simpatía su actitud displicente, por lo que le pidió sus datos con brusquedad. Aunque no lo retuvo mucho más tiempo, le indicó que se mantuviera localizable y, acto seguido, le forzó a abandonar el lugar del crimen.

Obviamente, no iba a dejar correr una noticia de tal calibre sin mandar toda la información lo más rápidamente posible al periódico, pese a estar de vacaciones. Por su cabeza ya pasaban titulares impactantes y sensacionalistas como: Intenta robar el Santo Grial y es asesinado .

Aunque las fuerzas de seguridad impermeabilizaron la zona para evitar filtraciones, las fotografías que Tan hubo tomado podrían ayudar a completar la redacción de la noticia de forma que podría causar un mayor morbo en el lector.

Una vez se puso a revisarlas, tuvo suerte de comprobar que, tras el velo de sangre que cubría la cara y el cuello del cadáver, se escondía un abominable desgarro horizontal desde la yugular.

¿Serían algún tipo de mensaje o aviso de venganza dirigidos al periodista?

Raramente iba a ser esta segunda cuestión resuelta de forma afirmativa —y tan a la ligera—, ya que, desde lo sucedido en Londres, no se había entrometido en los planes de ninguna organización criminal, así que, para mayor tranquilidad, prefería autocomplacerse pensando que lo sucedido esa mañana habría sido una mera casualidad, un desencuentro fortuito, que no por ello implicaba que perdiera el interés de indagar hasta lo más profundo del diabólico asesinato, debido a lo controvertido del ultraje o desafío que éste suponía al haber alterado la habitual paz del templo.

Pero, de repente, algo frenó los pasos de Tan hacia el exterior, y no fue otra cosa que el hecho de reflexionar sobre la rápida intervención del lugar por parte de la policía.

¿Quién los habría llamado con tanta inmediatez?

No habían pasado ni dos minutos desde la aparición del cadáver hasta el acordonamiento, y no recordaba haber visto a nadie de los del grupo haber sacado su teléfono para ello en ese lapso de tiempo.

—¡Disculpe, agente! —alzó la voz Tan mientras trataba de acercarse de nuevo a quien lo había estado interrogando .

—No puede permanecer aquí más tiempo —respondió de forma contundente la agente.

—Simplemente una pregunta, ya que han sido muy rápidos. ¿Quién les ha puesto bajo el aviso de este suceso? —Apretó los labios y frunció el ceño.

—¿Por qué quiere saberlo? —contestó a la defensiva con una pregunta.

—Simplemente porque nadie de los que estábamos rodeando el cuerpo… recuerdo que les haya llamado. —Fijó su mirada sobre la agente.

—No se preocupe, ha sido el obispo, que según nos ha informado lo había visto también caer y, como sabrá, esta zona está siempre plagada de seguridad.

—Ah, gracias. Entonces ha resuelto mi duda.

Se despidió definitivamente de la agente y salió a dar una vuelta por la zona, pero sin alejarse demasiado, ya que quería tratar de localizar al obispo; más que nada para intercambiar impresiones del porqué de ese fatal cuadro.

La salida del edificio contrastaba sobremanera respecto del tenue interior del templo. El exterior «sorollesco» cegaba sus ojos por su radiante cielo azul y el colorido áureo y carmesí de la florida plaza.

A lo lejos, desde casi la esquina de la augusta calle La Paz, con la superstición de aquella nube premonitoria todavía dando vueltas en su cabeza, divisó cómo la policía empezaba a abandonar el área, por lo que no tardó un segundo en bucear de regreso hasta el lugar del crimen entre las olas de turistas que entorpecían sus pasos por la plaza.

La policía había dejado la zona impecable, ya que al parecer habría incluso acudido el juez con celeridad a dar orden de levantar el cadáver.

Esta vez, el periodista tuvo que depositar dos euros en la entrada para poder acceder al templo, ya que no había podido mimetizarse entre ningún grupo de turistas como en la anterior ocasión.