CAPÍTULO 1
A hí estaba Tan, sentado, disfrutando de una tarde excepcional bajo el sol del Mediterráneo.
Apenas unas pocas nubes deambulaban disipándose en la lejanía del firmamento.
Pero, la placidez de aquel momento quedó trastabillada por algo a lo que otra persona no le habría prestado la más mínima atención ni preocupación; una de las pocas nubes que sobrevolaban la bóveda celeste captó su atención, casualmente dibujaba una cara siniestra que hipnotizó al periodista durante unos instantes, hasta que, de un escalofrío, la perdió de vista.
Aquella nube había dibujado en el cielo un rostro de cejas, barbilla y nariz puntiagudas que orbitaban una boca que parecía lanzar una risa maligna.
No le había supuesto muy buen augurio aquella forma diabólica; recordaba de ella unos ojos desquiciados que desde arriba le estuvieran avisando de algo de lo que no tenía noticia alguna… todavía. O, tal vez, no tendría más importancia y era una mera «pareidolia» .
El periodista había decidido tomarse unas vacaciones después de un intenso período de trabajo, tras completarse la restructuración del FDP.
Necesitaba vaciar su mente de problemas y responsabilidades, para dejar paso a cualquier inesperada inspiración, la cual le condujese hacia algún interesante trabajo de investigación que impactara a sus seguidores de la revista del periódico.
Había pedido un refresco en una de las más vistosas terrazas de la ciudad de Valencia, frente a la Basílica y la Catedral, de la cual estaba enamorado, la contemplaba impresionado por su osada y bellísima conjunción de dispares estilos arquitectónicos, en la que, de una parte, al igual que veía brotar de sus piedras piezas de elegante y suave románico, de otra, un estilo gótico más espigado embriagaba su visión.
Archer percibía aquel rimbombante edificio como un recorrido histórico artístico, en sí mismo, que atrapaba su consciencia.
Al cabo de unos minutos de contemplar su pórtico donde se estaba celebrando una peculiar reunión, en la que unos pintorescos magistrados vestidos de época dirigían el tribunal más antiguo de Europa —el de «las aguas»—, un sol, que perpendicularmente ajusticiaba a los más curiosos del lugar, invitó a Tan a levantarse y romper con la solemnidad de la reunión para dar un leve paseo por el corredor peatonal que lo conduciría a otra entrada de la sede catedralicia, a la par que un grupo de turistas liderados por un guía parlanchín se entrecruzaba.
Archer no pretendía nada más que disfrutar de su placentera flânerie , sin rumbo ni objetivo, abierto a cualquier sorpresa o maravilla que el destino le deparase.
El lugar estaba lleno de visitantes acompañados de sus tutores, lo que le hacía recordar con melancolía a su colega Thomas, el guía que trágicamente feneció en Saint Paul’s.
Pero, aquel efímero pasaje de tristeza se quebró al recibir una impertinente llamada de teléfono de un número desconocido.
Lo descolgó, y al responder «¿diga?», nadie contestó más que con un prolongado silencio, a lo que segundos después de insistir si había alguien al otro lado de la línea, decidió colgar bastante molesto. Quizás «algún bromista» pensó.
Aunque las sensaciones extrañas no cesaban, en cuanto colgó, a lo lejos le pareció escuchar una voz que gritó «¡Archer!
», pero, aun dando varias vueltas sobre sí, no consiguió saber de dónde provino aquel grito que supuestamente lo llamaba.
Quizás no se dirigían a él y fue un simple y confuso voceo de un grupo de niños que andaban por la zona de excursión.
Su mente regresó al instante anterior de la llamada, y después de un suspiro de añoranza, no pudo evitar prestar atención a las palabras de uno de los líderes que dirigía, a voz viva, su grupo de turistas hacia el interior de la catedral…
Éste había asegurado que entre las paredes de tal fastuoso edificio se custodiaba el verdadero Santo Grial con el que Jesucristo habría bendecido «la última cena».
Aquellas palabras fueron las que realmente atrajeron a Tan a escuchar algo más sobre aquella historia hacia donde, tal vez, podría encaminar su próximo artículo de investigación.
Archer se hacía ligeramente el despistado mientras seguía la estela de aquel grupo que atravesaba la puerta —puntal de la esbelta torre del Miguelete— y, entonces, escuchó vociferar al guía para animar al grupo a moverse hacia la parte derecha del interior del edificio, hacia el fondo, donde la girola del templo :
«Aquí estamos a punto de entrar en la Sacristía Mayor, la cual fue una auténtica fortaleza dedicada a proteger el Santo Cáliz y las otras reliquias que se albergan en esta sede.
Tal fue su compromiso con todo el relicario —elevó más la intensidad—, que ingeniaron un sistema de protección ferozmente seguro.
Sobre nuestras cabezas —señaló hacia arriba sin apartar la mirada del grupo—, justo antes de acceder a la Sacristía Mayor, podemos comprobar que hay unos espacios entre los labrados bloques de piedra; por una parte, uno de los huecos era de donde caía en vertical la puerta de madera maciza para asegurar la estanquidad de la estancia ante cualquier ataque y, por otra, el anterior hueco arriba en el arco —seguía señalándolo con su mano derecha levantada—, que a modo de matacán, servía para derramar aceite hirviendo sobre las cabezas de los que lideraban las hordas contra el prelado, la sagrada copa en la que se supone se vertió la sangre de Cristo, o el resto de objetos de altísimo valor espiritual como la sagrada espina».
Tras una suave corriente de aire que le provocó un inquietante escalofrío, Tan desvió su mirada hacia el lado derecho de la entrada de la sacristía, donde vio cerrarse, tras un menguante chirriar, la puerta del ala derecha del templo.
Percibió una celosa silueta oscura y alargada desplazarse a un ritmo más rápido de lo habitual en lugar santo.
Quedó pensativo y turbado al ver la estela de aquel movimiento tan extraño, al son de un excitado y furtivo repiqueteo de suelas, cuyo sonido se fue agravando conforme se alejaba por el peculiar efecto Doppler .
Por otra parte, el guía aún no había terminado de pronunciar aquel épico pasaje, ante la mirada perdida de Tan, cuando uno de los miembros del grupo bromeó:
—¿Esta qué es?, ¿una visita interactiva ?
—¿Cómo? —preguntó el guía.
—Sí, en cuanto has dicho lo de la «sangre de Cristo»…, mira. —Señaló con su dedo sobre el polo blanco del guía.
Por lo visto, sobre éste habían empezado a deslizarse unas gotas de un líquido que empapaba de rojo su prenda blanco nuclear, tras lo que, después de que una curiosa del grupo dirigiese su mirada hacia el oscuro matacán, gritó horrorizada: «¡¡¡Aaaaaaah!!!».
Nadie sabía qué pasaba, sólo aquella chica que no era capaz de articular palabra, tan sólo un asfixiado alarido tras el que empezó a convulsionar con arcadas de náuseas, y antes de que nadie levantase la cabeza, al estar pendientes de la enajenada joven, un cuerpo se precipitó muerto desde aquel agujero hasta caer en seco sobre el suelo de la catedral valenciana, rozando los pies del guía, frente al grupo.
El joven cicerón quedó paradójicamente sin voz y sin aliento ante el cadáver de un desconocido… degollado.
Sólo se escuchó, hasta ese momento, el desgarrador e incesante grito de aquella chica que había permanecido todo el tiempo en primera fila ante el guía, pero fue inevitable que acto seguido resonase un murmullo de espanto entre el grupo.