Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Ira

Las sombras de la tarde se alargaron mientras el día se desangraba en la noche.

Un atardecer de fuego pintó el cielo primaveral de rojos, naranjas y púrpuras brillantes.

Esta tierra era territorio de cielos inmensos, y aunque yo no creía mucho en las señales, parecía que el cielo nos pedía que quemáramos a esos cabrones hasta los cimientos.

O tal vez era solo yo, que buscaba señales que me dieran permiso para desatar la rabia tóxica y amarga que me corroía las entrañas.

Kate me pasó una barrita de proteínas e hizo una mueca al morder la suya.

—¿No está buena? —pregunté mientras la miraba con una sonrisa.

—Mira, no es que esté mal, es solo que…

Se interrumpió y siguió masticando el trozo duro.

—Es una puta mierda —terminé por ella mientras mordía un extremo—. Siempre lo son.

Comimos en silencio, con las piernas pegadas mientras observábamos la puesta de sol.

—Audrey ha adoptado al perro.

Kate dobló el plástico y lo metió en la bolsa de basura que habíamos traído. Nos desharíamos de ella cuando encontráramos el siguiente vertedero.

Oye, puede que el mundo se hubiera acabado, pero eso no significaba que no pudiéramos ser ordenados.

—El cachorro nos salvó la vida —dije, e hice una mueca al dar otro mordisco a la asquerosa barrita.

—Y por eso recibirá carne de canguro cuando volvamos.

Esbozó una media sonrisa.

—Me cae bien, pero no pienso meterlo en el coche con nosotros. Huele fatal.

Me reí, me giré para atraerla hacia mí y hundí la cara en su cuello.

—Mm, tú, en cambio, hueles increíble.

Ella se rio y se retorció para escapar.

—Y tú hueles a agua de pantano.

La solté, me senté de nuevo y me resigné a los últimos bocados de nuestra cena.

—¿Te acuerdas del plan?

Puso los ojos en blanco, pero asintió.

—Jo y yo nos colocamos como francotiradoras. Tú, Butcher, Audrey y Pope entráis. Texas cubre el perímetro y se encarga de los bastardos.

Asentí mientras intentaba controlar mi rabia.

—Si te descubren, dispara hasta que puedas ponerte a salvo. No me vengas con gilipolleces, Kate. Necesito que me prometas que dispararás primero y preguntarás después.

Asintió, con toda la dulce diversión borrada de su rostro.

—Lo prometo. Sin correr riesgos. Eso va p-para ti también.

El ligero temblor de su voz, el desliz de su tartamudeo, revelaban lo estresada y ansiosa que estaba por lo de esta noche.

La atraje hacia mi pecho y la envolví con fuerza entre mis brazos mientras el sol desaparecía tras el horizonte y bañaba la tierra en una oscuridad repentina.

Un millón de insectos comenzaron su serenata mientras la sostenía, deseando poder mantenerla a salvo en este momento para siempre.

Pero al Después le importaba una mierda lo que quisiéramos.

—Cuando volvamos a la granja, voy a lavarte la suciedad de la piel —le dije mientras nos mecía suavemente—. Luego encontraré un rincón privado donde podamos escaparnos.

Kate se echó un poco hacia atrás y se apartó el pelo de la cara.

—Solo quieres aprovecharte de mi cuerpo.

—Joder, ya lo creo —admití mientras la movía hasta poder agarrarle el culo—. Pero también soy egoísta de cojones y te quiero para mí solo. Sin distracciones. Sin Audrey. Sin bastardos.

Suspiró y se recostó de nuevo contra mí.

—Suena maravilloso.

La noche se volvió fría; el calor del día dio paso a un aire gélido. La oscuridad llegó rápido, sin más luz que la de la luna menguante y el punteo de las estrellas.

Eso era algo que no echaba de menos del Antes.

La quietud y el brillo absoluto de una noche sin interrupciones no tenían comparación.

Sabía que a algunos les costaba, que el miedo a la oscuridad y a lo desconocido los abrumaba.

Pero yo era una criatura de la noche. Había vivido demasiado tiempo en rincones sombríos; moverme en la oscuridad se había convertido en algo natural.

La oscuridad no me asustaba. La luz del sol sí. Era bajo la luz donde todos tus defectos quedaban al descubierto.

Butcher se acercó con una mochila al hombro.

—Estamos listos.

Asentí y me desenredé de Kate.

—Vamos allá.

Armados hasta los dientes con armas, munición y cuchillos, nos arrastramos por el pueblo esquivando guaridas de bastardos y algún que otro canguro.

Texas se separó del grupo y se dirigió hacia el lago para preparar el señuelo.

Al acercarnos al hospital, ordené al equipo que se detuviera mientras evaluaba las opciones.

El hospital era típico de la Australia rural.

Parecía más bien una casa de una planta reconvertida.

Los terrenos estaban rodeados de arbustos y matorrales, los caminos desgastados.

Había pocas opciones de cobertura si lo atacábamos de frente.

Tendríamos que dividir al equipo, movernos por la parte trasera de la propiedad y rodear los laterales para colocar a Jo y Kate, y luego encontrar un punto de entrada decente para los demás.

—Bien —susurré asintiendo—. Hay luces encendidas en el lado izquierdo del hospital. Kate, tú y yo iremos por ese lado. El resto, id por la derecha y colocaos. Cuando oigamos la explosión, será la señal para entrar.

Hubo asentimientos, rostros serios pero decididos.

—La prioridad es Zero y los antibióticos. Disparad primero, preguntad después. Nada de haceros los héroes. Entramos y salimos. Si os perdéis, volved a los coches y quedaos allí. Si alguien no ha vuelto en una hora, largaos sin más. ¿Alguna pregunta?

Negaron con la cabeza.

—Bien, en marcha.