Wrath (MC Almas sin nombre nº 2) Capítulo veinticinco
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Capítulo veinticinco

Kate

Wrath me ayudó a subir al tanque de agua; lo único que se oía era el roce de mis pies contra el lateral y el aleteo de las banderas desgastadas en la fría brisa.

Me observó mientras me colocaba en posición, con el rostro serio.

Le dediqué una sonrisa y levanté el pulgar, luego me preparé: me tumbé boca abajo y coloqué el rifle de francotirador que me había dado.

Hacía mucho que Ava se había convertido en la vocecita de mi cabeza que me recordaba hacer todas las comprobaciones finales.

Los francotiradores del ejército entrenaban durante años para alcanzar la perfección. Podían quedarse tumbados durante días, observando y esperando ese momento perfecto.

Yo era una tiradora del montón que solo necesitaba tener la suerte suficiente para ayudar a mis amigos. Mi función no era abatir objetivos, sino dar a mi equipo el tiempo suficiente para ponerse a salvo; cualquier cosa más era un extra.

Me vino a la cabeza la conversación que había tenido con Audrey sobre el asesinato.

Referirse a matar o herir a alguien como un extra me parecía mal, vergonzoso, criminal.

Pero necesitaba dejar eso de lado y aceptar que en el Después esto era una guerra y que la gente mala, los individuos verdaderamente malvados, tenían que morir.

Wrath me apretó la pierna y miré hacia abajo para lanzarle un beso.

Puso los ojos en blanco, pero sonrió, y sus dientes destellaron en la tenue luz de la luna. Con ese último intercambio, se desvaneció entre las sombras.

Inspiré hondo, contuve el aire un momento y luego exhalé lentamente.

Mente clara, corazón tranquilo, manos firmes.

Repetí el mantra que Ava nos había inculcado a Jo y a mí durante muchos largos meses. Nos había obligado a practicar a todas horas del día y de la noche, manteniéndonos despiertas durante días para entrenar nuestros cuerpos a responder al estrés.

Una luz se encendió en una de las ventanas y me preparé, atenta a cualquier movimiento.

Un hombre apareció un momento después, con el rostro en sombras. Estaba hablando con alguien a quien no podía ver.

Audrey salió de las sombras con el rostro sereno y se dirigió hacia la puerta del hospital.

Allá vamos.

La observé mientras se movía y entraba en la luz. El hombre de la ventana la vio, se puso rígido y desapareció.

Por favor, Dios, sé que no tenemos una relación muy cercana, pero si pudieras proteger a Audrey, te estaría muy agradecida.

Observé a través de la mira cómo la puerta se abría de golpe y dos hombres salían a trompicones con las armas apuntando a Audrey.

—¡Manos arriba! —ladró uno de ellos. La luz del hospital se derramaba hacia fuera y proyectaba largas sombras por el patio.

—¡Lo siento mucho! Vi su luz y esperaba que fueran un refugio seguro. Mi familia fue devorada por zombis a las afueras del pueblo. Logré escapar, pero…

Audrey levantó las manos, con un temblor en la voz.

Rompió a sollozar con fuerza, sin control, mientras los hombres intercambiaban miradas.

—Bueno, pasa entonces. Seguro que podemos encontrarte un lugarcito donde acurrucarte.

—¡Oh, gracias! —Audrey corrió hacia el tipo y lo abrazó con efusividad—. ¡Muchas gracias! ¡Mis héroes!

—Sí, bueno… no nos des las gracias todavía —oí murmurar al segundo tipo mientras la escoltaban al interior.

La puerta se cerró tras ellos y nos dejó a la espera.

La noche se alargó, sin sonidos inusuales procedentes del interior del hospital.

Los mosquitos zumbaban alrededor de mis oídos, los insectos se arrastraban sobre mi cuerpo mientras yo miraba fijamente a través de la mira, completamente concentrada en el patio.

Vamos, Texas. Cuando quieras.

Como si respondiera a mi orden silenciosa, un destello iluminó el patio y me cegó.

Parpadeé, con la imagen del destello bailando ante mis ojos, mientras una nube en forma de hongo se elevaba, iluminada por la explosión furiosa de abajo.

Un latido después, una onda expansiva me golpeó como un puñetazo en la cara y me hizo resbalar hacia atrás sobre el tanque de agua.

Las ventanas se hicieron añicos; tierra, hojas, rocas y otros escombros llovían mientras todo el equipo abandonado que había estado tirado por el patio salía volando.

Tras la explosión, me arrastré de vuelta a mi posición mientras sacudía la cabeza y parpadeaba rápidamente para aclararme la vista. Oí una alarma de coche aullando a lo lejos, gritos y chillidos procedentes del interior del hospital, ahora sin ventanas.

Jesús, Texas. ¿Qué has hecho?

Los hombres salieron en tropel del hospital, armas en mano. Observé cómo las mujeres intentaban seguirlos; una llevaba un niño en la cadera que gritaba, con sangre goteándole por la carita.

—¡Meted a esas perras dentro! —ladró un hombre con camuflaje descolorido.

Lo marqué, a la espera de mi oportunidad.

Dos hombres se volvieron hacia las mujeres, les apuntaron a la cabeza con las armas y las arrearon al interior.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó un hombre mientras todos miraban fijamente la nube en forma de hongo.

—Viene del lago —dijo otro, pellizcándose el puente de la nariz, que le sangraba—. ¿Creéis que ha explotado?

El tipo del uniforme militar descolorido se encogió de hombros.

—Puede ser. A lo mejor algún animal se atrevió a ir por allí y activó algo.

—Te dije que no deberíamos haberlos matado en la plataforma. Ese combustible nos habría dado para semanas.

Se quedaron en silencio un momento, todos con la mirada fija en el resplandor naranja que venía del lago.

—De cualquier manera, una explosión así va a atraer a todos los cabrones en kilómetros a la redonda.

—¿Órdenes?

Esperé, atenta.

—Id a buscar a los esclavos. Tenemos que movernos.

Un reflejo brilló en mi dirección desde el otro extremo del patio, seguido inmediatamente por otro. No me moví, solo esperé, sabiendo que la señal llegaría.

Los hombres empezaron a salir en tropel del hospital cargando cajas y bolsas, con los brazos llenos de armas, comida y equipo médico. Una mujer con vaqueros sucios y una camisa blanca inmunda los siguió, intentando detener a uno de ellos.

—Por favor, dejadnos aquí. Solo os retrasaremos.

Él la apartó de un empujón y siguió caminando hacia el aparcamiento, donde los hombres abrían los camiones y los preparaban para cargar los suministros.

Y a los humanos.

Conté veintitrés hombres, más el jefe, que estaba de pie en medio del patio dirigiendo la operación.

Veinticuatro no son muy buenas probabilidades.

No me moví; simplemente calculé trayectorias potenciales que me permitieran alcanzar a tantos como fuera posible en el menor tiempo.

Mientras observaba, un hombre sacó a la fuerza a dos mujeres de la casa. Ambas llevaban niños, y él las empujó por el camino hacia los camiones que esperaban. Una tropezó; el hombre la agarró de inmediato para ponerla de pie y le dio una bofetada en la cara.

Me moría de ganas de apretar el gatillo y eliminarlo.

Mente clara, corazón tranquilo, manos firmes... y luego, mata a los cabrones.

Habían recorrido la mitad del patio cuando la luz reflejada volvió a destellar.

Uno. Dos. Tres.

Apreté el gatillo y eliminé al jefe. Cayó al suelo; parte de su cabeza no era más que una nube roja y fragmentos de hueso que ahora cubrían el patio de tierra.

Cambié de posición de inmediato, aprovechando la conmoción y la confusión para eliminar a otros dos: uno era el hombre que había abofeteado a la mujer, y otro que había echado mano a su arma.

Mente clara, corazón tranquilo, manos firmes. Dispara para matar.

Todas las instrucciones de Ava me vinieron a la mente mientras abría fuego y eliminaba a suficientes hombres en medio de la confusión para mejorar nuestras probabilidades.

Las mujeres corrían de vuelta al hospital en busca de refugio. Intenté despejarles el camino con Jo cubriéndome. Pope, Wrath y Butcher irrumpieron en escena. En una danza de sangre y furia, cargaron contra los hombres: disparaban y apuñalaban, golpeaban y pateaban, pura violencia y venganza fría.

Vi cómo Wrath barría con la pierna y hacía tropezar a un hombre que huía.

En el mismo instante en que el tipo cayó, otro intentó golpear a Wrath.

Se agachó y le clavó el cuchillo en la garganta al agresor; la sangre salpicó cuando arrancó la hoja.

Luego giró y disparó: el hombre en el suelo se sacudió una vez antes de desplomarse boca abajo, con la sangre manando de su pecho.

Wrath personificado.

La tormenta de balas amainó. Wrath, Butcher y Pope, meticulosos y coordinados. Sus movimientos, una danza casi hipnótica de determinación sombría y brutalidad desatada.

La bala de Jo alcanzó al último del patio cuando este se giraba para huir.

Un vistazo rápido: solo cuerpos.

—Cubridnos —gritó Wrath a Jo y a mí mientras los hombres se dirigían a la puerta—. Estad atentas por si aparecen más cabrones.

Texas apareció en la esquina más alejada del edificio.

—Menos de tres minutos para que vengan hacia aquí. La explosión reventó la verja que los retenía en el recinto ferial.

Wrath asintió mientras cambiaba el cargador de su arma.

—Cambio de planes. Texas, Pope, preparad los camiones. Nos vamos, y nos vamos ya.

Los dos hombres se separaron y fueron hacia el aparcamiento y los camiones en marcha, dejándonos a Jo y a mí vigilando el patio.

—A la de tres —indicó Wrath.

—Uno.

Su bota golpeó la puerta y la mandó hacia atrás con un estruendo. Me había dicho antes que lo hacía así porque pillaba por sorpresa a cualquiera que estuviera escuchando.

Los hombres entraron en tromba por la puerta; desde dentro del hospital llegaban gritos y llantos. Vi destellos en la ventana, figuras iluminadas un instante antes de desaparecer.

Mente clara, corazón tranquilo, manos firmes.

Un hombre salió volando por la ventana rota y se llevó el cristal que quedaba. Le metí uno en el pecho. Un tipo intentó huir por la puerta lateral; Jo disparó antes de que yo pudiera acertarle y lo derribó con uno en la pierna y otro en el cuello.

A lo lejos se oían gruñidos y gritos. Butcher y Pope llevaban frenéticamente los suministros del patio al camión, sin dejar nada de valor atrás.